Exposición “El camino”. Manuel Barbero

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Por  María J. Pérez

 

Galería Blanca Soto.

c/ Almadén, 18. Madrid

Del 25 de octubre al 29 de noviembre de 2017.

“La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero”.   Hermann Hesse

Manuel Barbero presenta su último trabajo en la Galería Blanca Soto titulado “El camino”, quizás el más introspectivo de todos los que ha realizado a lo largo de más de tres décadas. De este modo, el artista establece un itinerario íntimo y personal en el que recurre a lo simbólico, entre otros medios. El espectador puede sumergirse, a través de la literatura como hilo conductor, en un mundo fascinante donde título y texto sugieren un recorrido abierto. Una senda para perderse y encontrarse en un periplo constante de acontecimientos inciertos en que los incendios, precipicios infranqueables y mil y un que otros vericuetos acechan a nuestro paso.

Entrar en el universo creativo de Barbero es implicarse en su curiosidad vital por todo y cada cosa que se pone en su camino. Y es precisamente éste el tema central de la muestra como idea principal de la que subyacen muchas otras. “Porque inevitablemente no sólo estamos en el camino sino que no vamos a salir nunca de él, es decir, que al final, el camino es principio y fin de nuestra propia existencia, todos estamos y acabaremos en él” señala el autor para Culturamas. Una noción, como punto de partida, para dar forma a realidades intrínsecas, para adentrarse en la esencia más que en la figura claramente definida. Con una gran carga conceptual, el visitante puede ver que detrás de cada una de las obras hay una historia, la intención es que pueda implicarse con un grado de identificación que permita acoplar sus vivencias a las mismas.

El objeto y su significado.

A partir de un elemento, que adquiere su valor y significado en su interacción con otros, la elaboración de las piezas no solo se orientan a la contemplación a un arte visual para puro deleite, sino también hacia otra finalidad más compleja como es la de conferirlas cualidades polisémicas. Ser algo más de lo que representan. Y es así como Barbero objetualiza un torrente de ideas y sensaciones acompañadas de un lenguaje literario donde objeto y texto se nutren entre sí, o se independizan al antojo de la mirada personal.  

“Desde una lectura que puede ser más oscura o más triste puede percibirse en la exposición una cierta melancolía, la sensación de épocas vividas; del camino más que por andar, andado; de una mirada hacia atrás, es lo que puede hacernos sentir implicados con las piezas. No son historias que van a suceder sino que parecen que ya han sucedido. El apartado El incendio, hace referencia no a un incendio físico y real, sino a incendios emocionales, momentos en nuestras vidas en las que de una forma u otra hay algo que se quema, y a partir de esa quemazón, de ese incendio, suceden nuevas cosas. Cambios o puntos de inflexión. Casas que se queman, historias que desaparecen, porque al final, cuando una casa se quema, desaparece todo lo asociado a ella, los objetos, las imágenes, hasta los recuerdos relacionados con esa casa pueden llegar a difuminarse como el humo”, explica su autor quien juega con el elemento fuego, como principio redentor u otra premisa que nos acerque a ese hecho desde un prisma particular.

En este sentido, es importante tener presente que los conceptos y los contenidos en la exposición obedecen claramente a los intereses del artista en este punto de su ciclo vital.  Valga el ejemplo de El renacer, argumentada con la cartela: “Sobre muerte vida”. En este capítulo, dos pequeños cráneos cubiertos de vegetación, ligados en cierto modo con la espiritualidad, representan la idea de tránsito y no de final. “Porque el camino no es un punto final, es parte del recorrido”, nos aclara Barbero.

En estas obras juega un papel muy importante la doble lectura de las imágenes y sus títulos. El parque de las atracciones o La huida son ejemplo de ello. “En El parque juego con la capacidad evocadora que tiene la palabra de trasladarnos a un recinto de infancia, a una zona de fantasía, un espacio sintético donde se trata de reconstruir la atmósfera de la mágica que tanto nos seduce a niños y adultos. Imaginemos, sin embargo, un parque de atracciones abandonado, la fuerza que tiene esa imagen para nosotros es muy perturbadora y simbólica. Los elementos han perdido su sentido de atracción, sin embargo a mí me fascina esa decadencia, ese sentido de lugar o tiempo que ha perdido su uso, que ha dejado de ser. Si lo trasladamos a las relaciones humanas, es lo mismo.

O en La huida, la propia palabra evoca la necesidad de escapar de algo, liberarnos de algo que no nos gusta o presiona (como si fuésemos incapaces de enfrentarnos a ello), sin embargo, también habla de libertad, de ruptura con eso que nos presiona o encierra. Es un punto medio en uno de nuestros caminos, el momento de la acción, de la obligatoriedad de tomar una decisión: yo huyo, yo decido huir. Pero no es una frase cobarde, al contrario, para mí es un acto de valentía, un reto, porque, normalmente, en toda huida el horizonte está por descubrir y eso convierte al que huye en un aventurero, en alguien valeroso”.

Es así como Manuel Barbero nos introduce en esta exposición, con un peculiar eclecticismo, donde lo orgánico, lo telúrico y, por supuesto, la sutileza de su humor anegan las piezas. Razón ésta para recrearnos con una obra de gran profundidad.

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