Notas para comprender la muerte

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“La muerte es algo que no debemos temer, porque mientras somos,

la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos.”

Antonio Machado

 

Nuestro mundo occidental tiene un claro y difícil problema con la muerte, su comprensión y reflexión es prácticamente nulo, ella, es para nuestra sociedad un tema oculto y se trata de evadir de cualquier  forma, por lo que podríamos decir que no hay  o no existe una cultura sobre la muerte a diferencia de oriente, donde la pérdida de un ser querido, no es tan dolorosa.

Elisabeth Kübler Ross es quizá la única mujer que dedicó su vida al estudio de la muerte. Nacida en Zúrich  el 8 de julio de 1926, comenzó  como residente a dialogar con los pacientes  que estaban a punto de morir, descubriendo que conforme se va acercando el fin, los enfermos pasan por diferentes fases que van desde la negación, la ira, la negociación con el principio divino, posteriormente la depresión y al final la aceptación o resignación ante lo inevitable.

TIME la consideró como una de las cien personas más destacadas del pasado siglo XX y fue galardonada como la mujer de la década para las ciencias en los años setentas.  Sin duda, cambio la visión mundo hacia la muerte, enseñando  que morir no era tan trágico y que el final de la vida, es el hecho más importante de la vida  y que debemos tener compasión y ayudar a quien se encuentra en ese proceso  final. 

En su primer libro,  Sobre la muerte y el morir (1969) expone sus ideas principales ideas y cómo nace su interés por estudiar el fenómeno de la muerte:

Un día de otoño de 1965 golpearon a la puerta de mi despacho. Cuatro alumnos del Seminario Teológico de Chicago se presentaron y me dijeron que estaban haciendo investigaciones para una tesis en que proponían que la muerte es la crisis definitiva que la gente tiene que enfrentar. No sé cómo habían encontrado una trascripción de mi primera charla en Denver, pero alguien les dijo que yo también había escrito un artículo; no lograban encontrarlo y por eso acudían a mí.

 

Se llevaron una desilusión cuando les dije que ese artículo no existía, pero los invité a sentarse y charlar. No me sorprendió que los alumnos del seminario estuvieran interesados en el tema de la muerte y la forma de morir. Tenían tantos motivos para estudiar la muerte como cualquier médico; también trataban con moribundos. Ciertamente se planteaban preguntas sobre la muerte y el morir que no se podían contestar leyendo la Biblia. 

 

Durante la conversación reconocieron que se sentían impotentes y confusos cuando la gente les hacía preguntas acerca de la muerte. Ninguno de ellos había hablado jamás con moribundos ni había visto un cadáver. Me preguntaron si se me ocurría de qué modo podrían tener esa experiencia práctica. Incluso sugirieron observarme cuando yo visitaba a un moribundo. En esos momentos yo no sabía lo que me ofrecían con esa propuesta: un acicate para mi trabajo con la muerte y la forma de morir.

 

Durante la semana siguiente pensé en que mi trabajo como enlace psiquiátrico me brindaba la oportunidad de comunicarme con pacientes de los departamentos de oncología, medicina interna y ginecología. Algunos padecían enfermedades terminales, otros tenían que esperar sentados, solos y angustiados, los tratamientos de radio y quimioterapia, o simplemente que les hicieran una radiografía. Pero todos se sentían asustados y solos, y ansiaban angustiosamente poder hablar con alguien de sus preocupaciones. Yo hacía eso de modo natural. Les hacía una pregunta y era como abrir una compuerta.

Así pues, durante mis rondas visité las salas en busca de algún moribundo que estuviera dispuesto a hablar con los estudiantes de teología. Les pregunté a varios médicos si tenían algún paciente moribundo, pero reaccionaron disgustados. El médico que supervisaba las habitaciones donde se concentraba la mayor parte de los enfermos terminales no sólo me negó el permiso para hablar con ellos sino que me reprendió por “explotarlos”. En aquel tiempo pocos médicos reconocían siquiera que sus pacientes se estaban muriendo, de modo que lo que yo pedía era muy revolucionario. Probablemente debería haber sido más delicada y hábil.

 

Finalmente un médico me señaló un anciano de su sector, que se estaba muriendo de enfisema; me dijo algo así como “Pruebe con ése, no le puede hacer daño”. Inmediatamente entré en la habitación y me acerqué a la cama del enfermo. Tenía insertados tubos para respirar y era evidente que estaba muy débil. Pero me pareció perfecto. Le pregunté si le molestaría que al día siguiente trajera a unos alumnos para que le hicieran preguntas sobre cómo se sentía en ese momento de su vida. Me pareció que comprendía mi misión. Pero me dijo que los trajera inmediatamente.

– No, los traeré mañana —le dije.

Mi primer error fue no hacerle caso. Quiso advertirme que le quedaba muy poco tiempo, pero no lo escuché. Al día siguiente llevé a los cuatro seminaristas a su habitación, pero se había debilitado muchísimo más, de modo que apenas pudo pronunciar una o dos palabras. Pero me reconoció y agradeció nuestra presencia apretándome la mano con la suya. Una lágrima le corrió por la mejilla.

– Gracias por intentarlo —le susurré.

Estuvimos acompañándolo un rato y después llevé a los estudiantes de vuelta a mi despacho, donde al cabo de un momento recibí el mensaje de que el anciano acababa de morir.

Me sentí fatal por haber antepuesto las exigencias de mi horario a la petición del paciente. Ese anciano había muerto sin poder decirle a otro ser humano lo que tanto había deseado decir. Más adelante yo encontraría a otro enfermo dispuesto a hablar con mis seminaristas. Pero esa primera lección fue muy dura, y no la olvidaría jamás.

 

Tal vez el principal obstáculo que nos impide comprender la muerte es que nuestro inconsciente es incapaz de aceptar que nuestra existencia deba terminar. Sólo ve la interrupción de la vida bajo el aspecto de un final trágico, un asesinato, un accidente mortal o una enfermedad repentina e incurable. Es decir, un dolor terrible. Para la mente del médico la muerte significaba otra cosa: un fracaso. Yo no podía dejar de observar que todo el mundo en el hospital evitaba el tema de la muerte.

 

En ese moderno hospital, morir era un acontecimiento triste, solitario e impersonal. A los enfermos terminales se los llevaba a las habitaciones de la parte de atrás. En la sala de urgencias se dejaba a los pacientes absolutamente solos mientras los médicos y los familiares discutían sobre si había que decirles o no lo que tenían. Para mí, la única pregunta que era necesario plantearse era “¿Cómo se lo decimos?”. Si alguien me hubiera preguntado cuál era la situación ideal para un moribundo yo habría retrocedido hasta mi infancia y contado la muerte del granjero que se fue a su casa para estar con sus familiares y amigos. La verdad siempre es lo mejor.

 

Los grandes adelantos de la medicina habían convencido a la gente de que la vida debe transcurrir sin dolor. Puesto que la muerte iba asociada con el dolor, la evitaban. Los adultos rara vez hablaban de algo que tuviera que ver con ella. Si era forzoso hablar, se enviaba a los niños a otra habitación. Pero los hechos son incontrovertibles. La muerte forma parte de la vida, es la parte más importante de la vida. Los médicos, que eran muy duchos en prolongar la vida, no entendían que la muerte forma parte de ella. Si no se tiene una buena vida, incluso en los momentos finales, entonces no se puede tener una buena muerte.

Elisabeth Kübler Ross  ayudó a muchas familias a comprender la pérdida de un ser querido, enseñándoles cómo debían apoyar a la persona en agonía y que hacer en esos momentos, gracias a ella, crearon muchas fundaciones para reclamar los derechos a una muerte digna. Dejó más de 20 libros sobre el tema para que las familias se prepararan para lo que ella era el momento más importante, la muerte. 

En 1995 debido a su edad, sufrió varios ataques de apoplejía, que le paralizaron parte de su lado izquierdo, en una entrevista comentó que ya estaba preparada para morir…

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Por @daniesans

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