Reírse de la propia sombra

Por Jorge Camón Pascual.

Fotograma de la película “Monsters, Inc” (“Monstruos, S.A.”)

Pregunta: ¿Qué tienen en común dos películas tan dispares como la mítica “El nombre de la rosa” y la infantil “Monstruos, S.A.”?

Decía Spinoza que hay dos pasiones que son utilizadas por la política y las religiones para someter a los sujetos. Estas dos pasiones son el miedo y la esperanza. La religión amenaza con un infierno y promete un cielo de eterna bienaventuranza para aquellos fieles que, según su conducta en la tierra, han merecido uno u otro. Del mismo modo, la política, el Estado, utiliza ambos para inducir a sus ciudadanos determinados comportamientos colectivos bajo los cuales se identifican, de forma invariable, diversos grados de sumisión. La manipulación de la opinión pública, la publicidad comercial, las formas de ocio, en íntima comunión con las directrices marcadas por la economía, promueven estados de ánimo colectivos que conducen a los ciudadanos por las sendas programadas.

De este modo, significantes tan actuales como “crisis” o “hundimiento/recuperación de los mercados” funcionan con una eficacia asombrosa para inocular estados depresivos o eufóricos en las poblaciones. Las amenazas del terrorismo radical, de los cambios climáticos, de las pandemias, de las guerras mundiales por venir, tienen mucho de apocalipsis bíblico, y habría que preguntarse si estas mitologías (aunque se correspondan con realidades), tan bien asumidas por las sociedades occidentales, pero inexistentes en las orientales, no tienen algo que ver con la imparable expansión económica de éstas últimas: allí donde no hay miedo, no hay por qué pararse. El miedo paraliza, todos lo sabemos.

La idea de que la economía es cíclica se traduce, en los términos en los que estamos hablando, en que funciona de forma ciclotímica, con fases de depresión y euforia. Y del mismo modo que un psiquiatra buscará el equilibrio de su paciente maníaco/depresivo con una adecuada combinación de psicofármacos antidepresivos, ansiolíticos y/o euforizantes (recordemos el boom del Prozac), así los poderes político/económicos y espirituales hacen lo propio con los mecanismos culturales e ideológicos.

Hace unos años se estrenó un documental, basado en el best seller de la respetada Naomi Klein, titulado “La doctrina del shock”. En él, y a través de ejemplos minuciosamente analizados de sucesos acaecidos en el siglo XX, se nos muestra cómo el estado de shock en que queda la población después de una catástrofe medioambiental (como el tsunami que asoló Indonesia) o sociopolítica (atentados del 11 de septiembre), es el mejor momento para introducir cambios políticos o económicos que recorten las libertades o derechos de los individuos. El shock es equiparable a un estado de aturdimiento, de anonadamiento, producido después de un ataque intenso de pánico, es decir, de miedo extremo.

En la educación de los niños, ¿no utilizamos acaso las mismas estrategias? Para inculcarles los valores y conductas necesarios para su desarrollo y su futura inserción en la sociedad de sus semejantes, padres y demás educadores utilizamos premios y castigos que responden a promesas (esperanza) y amenazas (miedo). Pero, ¡¡ay!! Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones, y correspondientemente, aunque nadie lo dice, el cielo lo está de inconsciente mala fe… Si seguimos el símil de los fármacos, tan oportuno y pertinente en nuestra sociedad cada vez más medicalizada, podemos comprobar que existen multitud de efectos secundarios e indeseables, aparte de un margen grande de incertidumbre respecto a los efectos posibles a largo plazo, o casos en los que no se da la esperada respuesta del organismo, sino un efecto de rebote, o el desplazamiento del “mal” hacia algún otro lugar del cuerpo. Del mismo modo, desconocemos los efectos a largo plazo, o la trascendencia de los efectos secundarios (daños colaterales los llaman en términos bélicos) en la introducción de miedos y esperanzas (premios y castigos) en la educación de los niños.

Todos sabemos, además, lo fácil que es desplazar las propias frustraciones, miedos, inseguridades, nuestra neurosis, en fin, hacia (o contra) aquellos seres más desvalidos, aquellos que menos pueden defenderse. Todos, y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra, hemos tenido experiencia de ello, como pacientes y como agentes. Quién no ha llegado a casa, agotado por la jornada de trabajo y/o abatido por las preocupaciones o las propias frustraciones y, ante la demanda de juego del hijo, no ha hecho explotar toda su violencia con un grito.

En fin, ya ven que el tema nos dirige directamente a “Monstruos, S.A.”. En esta obra maestra de Pixar, descubrimos un mundo paralelo en el que habitan los monstruos encargados de aterrorizar a los niños por la noche. Hay toda una eficacísima gestión en la producción de las pesadillas, es decir, una planificación a escala global de la industria del miedo. En un libro famoso, “El miedo y Occidente”, Jean Delumeau revisa los grandes miedos que han aterrorizado a la Europa cristiana, desde la peste o la conspiración judía hasta el fin del mundo. Parece ser que los miedos son como el biopoder, que analizó Foucault, o en fin, como cualquier especie viva, como los virus, o los hombres mismos: los miedos nacen, crecen, se propagan, se reproducen. A veces, como los microorganismos, desaparecen de un entorno para volver a aparecer con mayor virulencia (la palabra virulencia –violencia- viene, por cierto, de virus).

Hay miedos atávicos, ancestrales; miedos primordiales. Tienen su origen en un proceso de larga decantación filogenética, corresponden a peligros reales a los que tuvo que enfrentarse el hombre primitivo: a la noche, a las fieras, a las tribus hostiles, etc. Son miedos adaptativos, responden a peligros reales o posibles. En algún momento de nuestra historia como especie, la noche era peligrosa, porque podían sorprenderte tus enemigos y acabar con tu vida.

Sin embargo, desde sus mismos albores, la humanidad ha inventado demonios y monstruos que no proceden del mundo exterior, que no tienen correspondencia con objetos “reales”. Como su mismo nombre indica, las fuerzas representadas por estos monstruos, producto de la delirante imaginación humana, son fuerzas “sobrenaturales”. Literalmente, de fuera de la naturaleza.

Porque, digámoslo de una vez: sí, el mundo es inhóspito para el hombre que, desprovisto de instintos que lo guían como al resto de especies animales, tiene que crear su propio hábitat para sobrevivir. Sí, el mundo, la Naturaleza, es el primer enemigo del hombre: el rayo, las aguas desbordadas, las fieras, etc. Pero el gran enemigo del hombre es el propio hombre. El Otro. ¿Por qué? Porque nacemos en el más absoluto desamparo, y somos dependientes, hasta que podemos valernos por nosotros mismos, un tiempo cronológico excesivo, en comparación con el resto del Reino Animal. Somos dependientes, para sobrevivir, del Otro. Y si ese Otro no acude para alimentarnos, para acunarnos, para hablarnos y enseñarnos su lenguaje, morimos. Es por eso que el Otro queda investido con la facultad de darnos la vida (y de quitárnosla). Imaginen que esto ocurre a una edad, recién nacidos, en que no disponemos del lenguaje para expresarlo, para darle forma. Ese miedo o, más que miedo, terror primordial a la Ausencia del Otro o a su Presencia mortal, es, pues, “in-forme”. Es nuestra imaginación la que le da forma, creando así todos los monstruos que en el mundo ha habido y hay. Del mismo modo que la Presencia salvadora, benéfica, del Otro, proporciona la imagen de todos los dioses y espíritus protectores. Todos los cuentos tradicionales infantiles y todas las historias modernas de terror se nutren de este principio.

El miedo y la esperanza, como instrumentos al servicio del poder, por lo tanto, no se dirigen al yo consciente, dotado de lenguaje para racionalizar, para conjurar, para rezar y para inventar paraísos futuros donde refugiarse eternamente. No. El miedo y la esperanza como instrumentos se dirigen a esas regiones profundas, primigenias, inconscientes donde se forjaron las primeras vivencias de desamparo, aquellas a las que no podemos poner nombre y de las cuales, por lo tanto, no podemos defendernos.

Sin embargo, hay una facultad humana capaz de destruir los miedos, de neutralizarlos, de hacer inofensivos los peligros imaginarios. Esa facultad es la risa.

En “Monsters, Inc.” (Monstruos, S.A., Pete Docter, Lee Unkrich, David Silverman, 2001), los gritos de los niños al ser asustados proveen la energía que sostiene Monstruópolis, la ciudad de los monstruos. Esto es muy interesante, porque el miedo alimenta el miedo en una cadena energética infinita. Sólo al final del film, después de mil peripecias, se revela que la risa produce 10 veces más energía que el grito. Se impone en Monstruópolis una severa reconversión industrial.

Fotograma de la película “Der Name der Rose” (“El nombre de la rosa”)

Tal vez, evolutivamente, la risa proceda del grito. Es curioso que en situaciones extremas, un pánico extremo produce en el sujeto la paradójica reacción de una risa loca. Puede ser que el grito de guerra cuyo objetivo es aterrorizar al enemigo, o el grito procedente de ese mismo terror se convierta en el estallido eufórico de la risa al vencer al enemigo o conjurar el peligro. Puede incluso que la figura jocosa del payaso sea una derivación evolutiva del monstruo: aquel ser que infunde miedo se convierte, se transforma en el ser que hace reír. Sin embargo, qué cercano a menudo lo cómico de lo macabro; los payasos de las películas de terror, que invierten, en una siniestra regresión, su vocación de risa catártica. A menudo, los niños pequeños tienen miedo de los payasos. ¿No será esa la razón profunda?

Por su parte, “El nombre de la rosa” (Jean Jacques Annaud, 1986) propone una parábola ambientada en la Edad Media en torno a un libro perdido de Aristóteles sobre la risa. Es un libro peligroso, “un libro que mata o por el cual los hombres matan”. ¿Por qué habría de ser peligroso? Porque la risa es subversiva. En un diálogo del film, se dice lo siguiente:

Guillermo de Baskerville: ¿Qué tiene de malo la risa?

Jorge de Burgos: La risa acaba con el miedo. Sin miedo no hay fe. Porque sin miedo al diablo, no se necesita a Dios.

Los dioses (de las alturas o de las profundidades) se harían innecesarios, y por tanto los Amos. Este es el gran secreto. Un secreto que hay que preservar. La risa, representante físico de la alegría, como estado anímico, espiritual, podemos decir, es tal vez la máxima expresión de la libertad. La libertad es perder el miedo, incluso a la muerte. Ambas películas confluyen en ello: la risa como energía liberadora.

Incluso la propia Iglesia conoce ese poder. En un momento del film, recuerda Guillermo de Baskerville lo siguiente:

“Si hasta se sabe que los santos se servían del humor para ridiculizar a los enemigos de la fe. Por ejemplo, cuando los paganos sumergieron a San Mauricio en agua hirviendo, él se quejó que el agua estaba fría, el sultán metió la mano y se escaldó”

De igual modo, es pertinente recordar el “risus paschalis”, el extraño rito medieval que consistía en que el sacerdote representaba la homilía con actos obscenos y jocosos, supuestamente para que los fieles entendieran mejor el mensaje de las Escrituras. Sin embargo, es un hecho de compleja interpretación, tal vez emparentado con antiguos ritos orgiásticos que derivaron en los famosos carnavales y, como vestigio, en el “risus”.

En cualquier caso, la risa es el acto humano que enfrenta el “carpe diem” al “memento mori”. Ríanse pues, con ganas, hasta de su sombra.

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Una respuesta a Reírse de la propia sombra

  1. Muy simpática la manera de hilar estas dos películas populares, para hacernos reflexionar sobre nuestras reacciones ante los acontecimiento que vivimos y cómo se perciben de forma colectiva en nuestra sociedad.

    Librería Llera Pacios
    12 abril 2018 at 10:45 am

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