Librerías, lugares vividos y amenazados

© MANUEL RICO

En mi catálogo intimo de lugares vividos se encuentran, en un lugar muy destacado, las librerías. El verso de Margarit “La libertad es un librería” es una metáfora perfecta de lo que para mí representan. Pertenezco a una generación que creció con ellas, que soñó no solo con que algún día sus estantes acogieran algún libro propio (éramos adolescentes y escritores a la espera) sino con la posibilidad extraña de suplir posibles fracasos académicos o frustradas ambiciones profesionales convirtiéndonos en libreros. Era el mal menor, pero también el pequeño paraíso en el que refugiarnos y cumplir con la vida y sus demandas.

Soñamos con la librería de barrio, con vivir modestamente entre libros, con escribir en los ratos libres en una trastienda donde se celebrarían restringidas tertulias de amigos y con ser consejeros privilegiados de lectores, a ser posible lectoras, en busca de orientación.

Manuel Rico con Manuel Martínez Forega. Presentación de Escritor  laa espera en la Librería Cálamo

Todos tenemos recuerdos de grandes librerías. A mí me viene a la mente ahora la que quizá fue mi primera experiencia con una librería literaria. Y grande, y apabullante. Me refiero a la Casa del Libro de Gran Via, entonces avenida de José Antonio, de mis años preuniversitarios y de mis largas estancias en su sección de poesía: allí me fumaba las clases de las asignaturas de ciencias (yo estudiaba en el Cardenal Cisneros) buscando las últimas novedades de la colección El Bardo (recuerdo sobre todo la hermosa edición de Poeta de guardia, de Gloria Fuertes), los primeros libros de Visor o de Hiperion, entonces con un complemento de marca, Peralta Ediciones o viceversa, las portadas entre rústicas y anaranjadas de Endymion y los poemarios de algunas pequeñas editoriales que venían de lugares lejanos de provincias deshabitándose como aquellos libritos de El toro de barro, la colección nacida en Carboneras de Guadazahón bajo la batuta del infortunado poeta y cura Carlos de la Rica. Esas librerías grandes, de estantes interminables, nunca fueron objeto de deseo, destino imaginable de cada uno de nosotros ante un eventual –y bastante previsible– fracaso literario. Más bien al contrario: en aquellos años, en los que las aspiraciones literarias se mezclaban con una firme vocación de proselitismo cultural , con la voluntad de ayudar a que en el barrio la cultura y el libro tuvieran su lugar de peregrinación, su necesario foco de libertad, de complicidades, de sueños y de lecturas imposibles, amé con pasión otras librerías: aquellas que llegaban, a veces combinando los libros con una oferta diversa de objetos de papelería, a la ciudad fronteriza. Me vienen a la memoria Rayuela, aquella librería resistente en la Ciudad Lineal, o la todavía sobreviviente (si la pandemia lo permite) El buscón, en el barrio de Prosperidad,  y recuerdo otras muchas sin nombre a las que vi nacer en la periferia (con su sección de papelería y casi siempre abiertas a la sombre del instituto recién nacido), fuente de negocio basada en libros y plumieres.

La crisis que inició la caída de Lehman Brothers en el verano de 2008 convirtió a la cultura y, por ende a los libros, en los primeros bienes prescindibles a la hora de apretarnos el cinturón.

Alí estaba la vida incluso bajo la dictadura. Después, las librerías llenaron una buena parte de mis experiencias más felices en la transición y en los años posteriores, mis paseos en soledad y en silencio, mis horas de gozo y, también, de decepción cuando buscaba algún libro propio mal distribuido o mal colocado en mostradores o estanterías. Librerías de la ciudad consolidada como Fuentetaja, Cervantes y Cia, Antonio Machado, La Central del Raval en Barcelona, Sin Tarima, Enclave de Libros, Rafael Alberti, tan clavada en la historia democrática de Madrid, la librería Aguilar, allá donde la Castellana se convertía en antesala del Bernabéu, y que pasó no hace muchos años a llamarse Lé, la zaragozana Cálamo….

Librería Carturesti Carusel. Bucarest.

En todas o en casi todas he presentado libros, han presentado los míos y he vivido horas de conversación, de polémica o de puro gozo escuchando poemas. Es verdad que no todo en ese tiempo fue peregrinar por librerías pequeñas. Tuve durante años a la FNAC, que llegó a Madrid en los albores de los años noventa, como estación recurrente de mis visitas al centro, hice de la red de librerías Crisol un espacio a pasear no pocos domingos por la tarde, y encontré en la sección de librería de los VIPS una suerte de complemento de algunas comidas y desayunos del mismo modo que mucho antes los “drugstore” fueron lugares frecuentados por escritores noctámbulos de los años 70 a los que dedicó un hermoso poema Manuel Vázquez Montalbán.

Pero la crisis que inició la caída de Lehman Brothers en el verano de 2008 convirtió a la cultura y, por ende a los libros, en los primeros bienes prescindibles a la hora de apretarnos el cinturón. Demolió sueños y trituró expectativas de libreros, editores y escritores.  A ello se añadió la “revolución digital” y la irrupción del libro electrónico… y, cómo no, la piratería. Así, en 2009 Crisol dejó de ofrecerme domingos por la tarde, los VIPS fueron limitando su oferta de libros a los best-sellers y no en todos sus establecimientos, y de los «drugstore» para qué hablar: ya les habíamos perdido la pista en los albores de los ochenta. Incluso en los grandes centros comerciales de la periferia, donde habían proliferado, en los años noventa, librerías de barrio vinculadas a franquicias de venta de periódicos y revistas, éstas comenzaron a ser cerradas hasta el punto de desaparecer de la casi totalidad del mapa. Devastadora crisis para obreros, clases medias y libros.

Ante una crisis general, ven llegar la tormenta en la primera línea. Llevan casi dos meses con sus dueños y empleados confinados, sin apenas ingresos y en una espera marcada por el vértigo.

Tengo, sin embargo, que reconocer que por encima de la atracción que en mí despertó ese tejido de librerías de grandes cadenas, he sentido (lo decía al principio), desde la adolescencia, una mezcla de compasión y amor profundo por las de barrio, tal vez el eslabón más débil de la cadena. Durante mucho tiempo vi nacer y morir muchas tiendas de libros en la periferia de Madrid, más o menos cerca de casa. Librerías-papelerías nacidas al calor de una población que cumplía la edad escolar, que se mantendrían gracias a la campaña del libro de texto, que les daba aliento para todo el año, en las que entre fotocopias, encuadernaciones y venta de bolígrafos, láminas, cartulinas y rotuladores, podía encontrar algunos libros de referencia y a cuyos libreros podías encargarles cualquier título que te interesara.

Una sesión de «Cine de barrio». Librería Muga. Madrid

Pero la crisis se cebó también, quizá con más virulencia, con ellas.  Muy pocas sobrevivieron como librerías. Y las pocas que lo hicieron tuvieron que competir con los hipermercados, metidos en faena, también, con el libro de texto, expropiando una fuente de ingresos vital para ellas. Pero ahì siguen. Como un faro de dignidad cultural en esas zonas olvidadas, sobreviviendo y sobremuriendo, jugando un papel básico en la defensa de la cultura del libro, de la literatura, de la Ilustración y el pensamiento en definitiva.

De todas ellas, hay una con la que desde su nacimiento, a principios de siglo, mantengo una relación muy especial. Es la librería Muga, en el barrio de Vallecas, a la que sus propietarios han convertido en un pequeño centro cultural que se bate contra la indiferencia de las administraciones y contra las crisis. Barrio de parte de mi infancia y de mis mejores momentos del comienzo de siglo. Vallecas y Muga, Muga y Vallecas. Dos metáforas de una resistencia civil y cultural.

Hasta ayer, como todas las librerías, ha estado cerrada. De nuevo, ante una crisis general, sus propietarios y responsables ven llegar la tormenta en la primera línea. Llevan casi dos meses con sus dueños y empleados confinados, sin apenas ingresos y en una espera marcada por el vértigo. Por fortuna, empiezan a abrir aunque con limitaciones. Pero se enfrentan a un futuro tan o más difícil que el que tenían en la crisis de 2008. De nosotros depende que sea diferente. Escritores, lectores, amantes de los libros…  deberemos volcarnos con ellas porque son nuestra casa. Porque somos una sola voz defendiendo ese objeto al que Gómez de la Serna llamó un día «pájaro con más de cien alas para volar»: el libro. Un ser vivo, maravilloso, que sin librerías no es imaginable.

2 thoughts on “Librerías, lugares vividos y amenazados

  • el 3 mayo, 2020 a las 2:02 pm
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    Excelente artículo. Lo paso a un grupo de profesores con los que paseaba, los peripatéticos. Sin librerías sólo nos quedaría la pandemia. Los libros nos llevan al sillón Voltaire, el viaje sin fin.

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    • el 11 mayo, 2020 a las 2:16 am
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      Muchas gracias, Luis. Un abrazo.

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