La casa del tejado rojo

Por Àngels S. Amorós

Mónica Rodríguez (texto) y Eva Carot (ilustraciones). La casa del tejado rojo. Madrid: Anaya (Sopa de libros), marzo de 2021. pp. A partir de los 10 años.

Me quedé en silencio, notando la enormidad del sillón negro donde me hundía. Me sentía tan bien por haberlo contado todo, sin una sola mentira, que me entró mucho sueño. 

Amelia Tresárboles echó el cuerpo hacia delante.

-Daniela, tú no eres mentirosa, eres escritora.

La escritora asturiana Mónica Rodríguez lo ha vuelto a hacer. De nuevo nos ofrece una historia ambientada en un entorno rural y con un sabor de «antiguo», de imperecedero, que se vuelve atemporal y muy agradable de leer. Todas las historias de Mónica parecen evocar algo tan simple y cotidiano como pelar una mandarina con las manos. No es  necesario tener las uñas largas, ni tampoco hay que preocuparse por las posibles salpicaduras. Sin embargo, poco a poco vamos despojando esa esfera de su piel suave mientras nos dejamos atrapar por su aroma. Luego, no nos queda más que descubrir un puñado de gajos lustrosos y barrigones para comérnoslos. Eso sí, tal vez no podamos evitar los pequeños huesos que nos recuerdan que el mundo infantil no escatima en fantasía, pero tampoco en negros nubarrones.

Y, ¿qué es lo que vamos a encontrar en La casa del tejado rojo? Como todas las buenas historias, nos resulta todo tan familiar que nos sumergemos entre las páginas con la convicción de que ya hemos estado allí. Descubriremos la historia de Daniela o, mejor dicho, Daniela Peces Fortunati, una niña que tal vez no tiene más que ocho años  vital, alegre y con mucha imaginación que sus padres, sus hermanas mayores, la abuela y la maestra se empeñan en censurar. La llegada al pueblo de Amelia Tresárboles con su máquina de escribir lo cambiará todo. En primer lugar, Daniela la verá de una forma muy distinta al resto de su familia y amigos. Para ella, esta mujer a quien su abuelo alquila una casa y que ella ayuda con las maletas es algo así como un hada maravillosa que vive en un mundo especial. Y, en segundo lugar, la niña se verá obligada a enfrentarse a todo ella sola porque sus únicos cómplices, que son su abuelo y su hermanito Tobías, no pueden ayudarla. El abuelo ha marchado lejos para encargarse de las abejas como cada año y Tobías es demasiado pequeño para acompañarla en sus correrías nocturnas.

Lejos de amilanarse, Daniela se crece en la adversidad y se refugia en su mundo de fantasía donde ella es la principal protagonista que convierte lo cotidiano en una maravillosa aventura y los elementos que al resto les pasa desapercibidos ella los concibe como auténticos tesoros. Su mundo es tan intenso que incluso el hecho de perder un zapato se traduce en un signo de buena suerte, pero no todos la comprenden y la tachan de mentirosa. En realidad, Daniela no hace más que dar rienda suelta a su imaginación y crear un mundo que le ayude a escapar de un entorno que siente que no está hecho para ella.

La llegada al pueblo de una escritora con máquina de escribir incluida la colmará de dicha. Por una parte porque el aura de misterio que envuelve a esta mujer que es distinta a todo lo que ha conocido hasta ahora Daniela alimenta su imaginación. Pero por otra parte, porque la mujer le asegura que ella no es una mentirosa sino una escritora.

Esta es una historia que todos deberíamos leer y releer porque supone una ventana para mostrarnos otras posibilidades, como que los sueños se hacen realidad. No hay nada que aliente más a los pequeños que hacer partícipes a los otros de sus historias fantásticas que ellos disfrazan de aventuras protagonizadas por ellos mismos y que al contárnoslas nos invitan a participar. Un privilegio que no podemos dejar pasar.

Otra cuestión son los paralelismos que se establece esta protagonista con la Gabriela de la maravillosa obra Un pie descalzo, de Ana María Matute. En este caso, Gabriela se siente rechazada por los niños que conoce y siente que no encaja ni en la escuela ni en su casa, donde es sometida a burlas y discriminaciones que ella no sabe gestionar. Una de las peculiaridades de esta niña es que a menudo pierde uno de sus zapatos. Este objeto la acerca más a la Daniela de Mónica Rodríguez. En cambio, la personalidad de las dos niñas es muy diferente.

Daniela tiene un carácter muy fuerte y verbaliza todo lo que siente y Gabriela se muestra más débil de carácter, aunque todo sería diferente si contara con un hada madrina, como es el caso de Amelia Tresárboles. Sin embargo, Gabriela recurre a todos los libros que hay en su casa. Desde la biblioteca infantil de sus hermanas, hasta la biblioteca de su padre, un lugar prohibido para los niños como ella. Ella se arma de valor y se adentra en este paraíso donde encontrará un libro que le dará a conocer un universo que le permitirá vivir experiencias inolvidables protagonizadas por personajes y objetos que sufren alguna ausencia: el asa de una taza o muñecos con un miembro roto.

Ambas historias pues, la de Mónica Rodríguez y la de Ana María Matute, tiene muchas afinidades, sin olvidar que el germen de La casa del tejado rojo fue un cuento de una de las hijas de Mónica. Una muestra más que deberíamos hacer más caso a la infancia porque es entonces donde anidan todas las historias que merece la pena tener en cuenta.

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