Por Mare Cabrera.

Nuria escribe durante una estancia en Lanzarote: “Cada mañana salgo a pasear a robarle poemas al paisaje”, lo que no esperaba, como mantiene la autora, es que el paisaje fuera el poema.

Durante el tiempo que vive en la isla, la autora se convierte en una suerte de Olivia Stone, una suerte de Eliza de Myriam Ybot, liberada esta vez de los corsés victorianos. Se empapa de la isla y crea sirviéndose del entorno. El paisaje se convierte en elemento inspirador. Tal y como publica Pepe Betancor en su trabajo “Lanzarote, territorio literario” el paisaje es entendido como motor literario para un racimo de autores que han nacido, vivido o pasado por esta isla: la mencionada Olivia Stone, Ángel Guerra, Benito Pérez Armas, Agustín Espinosa, Rafael Arozarena, Macarena Gómez Cáceres, Inocencia Aldana, Lola Suárez…

Las abuelas ciegas nos habla sobre la incapacidad para recordar una palabra, y en ese requiebro que nos presenta su autora, surgen estrofas desconcertantes y atropelladas, el lenguaje se desdibuja, o se redibuja, se hace otro, nos queda la vida suspendida en la punta de la lengua, y es en este punto donde plasma justo eso, y escribe: “Todo empieza donde todo acaba, en la punta de la lengua”. Es la letológica, la incapacidad para recordar una determinada palabra. Esa sensación frustrante se despliega avasalladora, todo el tiempo, a todas horas, hasta que ya no queden palabras: “Qué oscuro es ahora todo”. En medio de esa maraña, de vez en cuando aparece una luz “ciega” al fondo (ya que en la oscuridad es donde más luz hay), una luz chiquita, graciosa y veloz, como estas abuelas: “De rescoldo y flor / emergen las abuelas ciegas / con sus balanceos de navío”.

El viento está en el libro, desde ese lenguaje esquivo pero certero que despeina las melenas de las muchachas, hasta ese desorden de las palabras que trae consigo la descomposición de la memoria. El viento de la isla está en sus páginas, ese Alisio que desechamos por molesto y anhelamos cuando desaparece y la canícula ofende las miradas, encandilándolas. Está con el pasar de las hojas veloces, con el recuerdo de un paisaje acuchillado por los olvidos. Las abuelas ciegas es de Lanzarote, la autora pasa a engrosar la larga lista de artistas que vienen y se remueven por este paisaje que no deja indiferente, pariendo obras significativas, generosas y certeras. Obras que aportan un lenguaje que nos ayuda a definirnos y nos coloca frente al espejo, mostrando una imagen a veces esquiva, quizás condescendiente, muchas otras, incómoda.  

La isla como elemento perturbador, como misterio, como agente telúrico. Acabamos con un anhelo: “Que nadie pervierta su viento”.

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