Por Jorge de Arco.

Publicar en vida la obra completa supone una relectura del propio trayecto desde una conciencia ya transformada por el tiempo. El yo lírico se reconoce en sus variaciones y en la persistencia de una voz que ha sabido cambiar sin perderse. Cada libro se ofrece como una etapa necesaria de ese aprendizaje de la mirada. Ya escribió Borges que «el tiempo es la sustancia de la que estoy hecho»: al cabo, una manera de asumir y ordenar esa sustancia, no para fijarla, sino para comprenderla como impulso y continuidad de la escritura.

La aparición de Poesía incompleta I (1972–1988), de Jesús Munárriz, es un volumen fundamental para entender la evolución de un autor que, como pocos, ha sabido combinar en su escritura las profundas tensiones de su tiempo con una experimentación constante de formas y lenguajes.

Esta recopilación abarca desde su inicial Viajes y estancias (1972) hasta Camino de la voz (1988), y se ve complementada por Emblemas (1975–1976) —del que solo se conocía parte— y dos libros inéditos: Código de señales y Alfa.

El conjunto abre una ventana privilegiada al proceso de maduración de su estilo, a la vez que ilumina las diversas tendencias y estéticas que Jesús Munárriz ha manejado al par de su quehacer.

Desde su título, esta poesía incompleta es, en sí misma, un reflejo de la naturaleza fragmentaria y en constante construcción del discurso que ha ido pergeñando el poeta. Su decir no ofrece respuestas definitivas ni soluciones fáciles. Cada poema es una instantánea fugaz que invita a completar el sentido, a buscar entre las grietas de lo dicho aquello que permanece sin decir. En este sentido, muchos de los textos aquí reunidos remiten al espacio íntimo del escritor y, al mismo tiempo, al contexto sociopolítico español de la posguerra. Claro que también se adivina una meditación sobre la imposibilidad de captar la totalidad de la experiencia humana a través de las palabras.

En este camino hacia lo inalcanzable, Jesús Munárriz nos ofrece un cántico lleno de fragmentos, de luces y sombras, que se resiste a la definición y que invita, como un viaje, a ser vivido y no simplemente entendido. Su narrativa lírica es, por tanto, un retrato de la incertidumbre y de la pluralidad, un mapa solidario sobre una realidad abierta e incompleta, donde conviven la honestidad del ser con la incertidumbre orteguiana de su circunstancia:

Estos breves instantes en que alzamos
la vida hasta sus límites más altos
no serán ni el recuerdo del recuerdo
de una felicidad que tuvo dueños.

Dueños, nombres y cuerpos: nuestros cuerpos
que al hilo de la noche se entrelazan
en los más dulces juegos, en los sueños
hechos sangre, revuelo, maravilla.

Nuestros cuerpos que intentan cada día
una revolución contra la nada.

La edición, al cuidado de Pedro López Lara, incita a trazar una lectura y relectura cronológicas que ayudan a descubrir un sujeto poético que optó desde sus inicios por un camino de hibridación entre lo formal y lo conceptual, combinando influencias que van desde la poesía oriental hasta la denuncia social, y cultivando un modo versal que jamás deja de sorprender.

La variedad estrófica y las precisas tonalidades rítmicas resultan, a su vez, virtudes que el vate donostiarra ha sostenido y sostiene como señal indeleble en su obra. No en vano, él mismo declaraba tiempo atrás, en una entrevista, que «el ritmo está en la base de todo. No hay auténtica poesía sin un ritmo específico, distinguible, que no debe confundirse con el de la prosa. Hoy en día hay mucha supuesta poesía que no es otra cosa que prosa cortada en rebanadas».

El segundo y el tercer volumen reunirán los poemarios editados entre 1992 y 2009, y entre 2009 y 2023, respectivamente, y complementarán esta primera entrega, en la que puede disfrutarse de un espacio lírico de desplazamiento y contemplación que, en ocasiones, surge como vehículo de resistencia y denuncia y, en otros, como incesante afán de desentrañar la relación entre el individuo y el universo, sin renunciar ni a la belleza sensorial ni a la densidad temporal del misterio:

Hasta que se parta el alma
rasgada por un gran viento,
hasta que ya no resista
los embates del silencio,
hasta ese límite exacto
con las fronteras del sueño
en la desembocadura
del torrente de lo hecho,
hasta que suene la hora,
hasta que llegue el momento,
no desmayes, corazón,
¡hay que darle tiempo al tiempo!