Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). Su poesía hasta 2019 se reunió bajo el título Este otro orden (Ed. Dilema). Posteriormente han aparecido La belleza de lo pequeño (Eolas, 2022) y El que menos sabe (Eolas, 2024), libro al que se le otorgó el Premio Nacional de la Crítica. En 2025 se ha editado la antología El esmero (Ed. Castilla).
Es también autor de las narraciones Calle Feria (Premio Ciudad de Salamanca, 2006) y Años de mayor cuantía (Premio Tigre Juan y Premio de la Crítica de Castilla y León, 2018). Sus diarios se reunieron en El murmullo del mundo (Trea, 2019) y sus artículos periodísticos en dos volúmenes: Salvo error u omisión y Cerezas en el escondite. Es autor de Delicada Delhy (Los Papeles de Brighton, 2020), en torno a la pintora Delhy Tejero, y de ediciones críticas y estudios de diversa índole sobre autores de su interés, como Bécquer, Julio Verne, Antonio Gamoneda, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Carlos Barral, Jesús Hilario Tundidor o Aníbal Núñez, entre otros.
Haber experimentado siempre un gusto, una excitación exagerada, casi física, por las palabras
En el poema «Almanaque desconcertado IV», del libro El que menos sabe (2024), recuerdas ratos perdidos y vacíos en tu infancia, en los cuales te salías de lo impuesto a «unas afueras sin patria ni consignas / ni firmezas» y allá «abrazar tan solo la alegre extrañeza / de estar vivo, derogar planes previstos para mí… a favor del poema». Comprobamos que, al final de la infancia, ya te atraían las palabras. ¿Cuándo empezaste a escribir y cómo fueron tus inicios? ¿Qué destino te tenían asignado y tú desbarataste?
Es difícil acertar a hablar de unos inicios concretos. Aun así, tengo muy viva en mí la sensación de haber experimentado siempre un gusto, una excitación exagerada, casi física, por las palabras: por oírlas y por leerlas. Escuchaba ciertas palabras o bien las veía escritas y, para mí, eso era una experiencia casi hirviente, que enardecía mis sentidos. Me sigue ocurriendo así, en mayor o menor medida. En cuanto al poema que mencionas, trata de eso mismo: aquellos «ratos perdidos» en los que necesitaba alejarme del mundo de mis mayores, porque tenía la impresión de que ya no pisábamos el mismo terreno.
Podría hacer una crónica de mis fracasos
En cuanto a la publicación, tarea ardua para un poeta que empieza, ¿cómo fueron tus inicios? Aunque creo que sueles publicar con la misma editorial.
Para mí nunca ha sido fácil publicar, te lo aseguro. Podría hacer una crónica de mis fracasos en este sentido, y ello hasta muy recientemente (precisamente El que menos sabe sufrió también ese revolcón: una editorial que me había pedido publicar el libro lo envió de improviso a los corrales). Los editores saben que publicar poesía acarrea pérdidas y son muy cautos a la hora de aceptar editarnos a los poetas. Por eso agradeceré siempre a la editorial Eolas que confiase en este libro y me abriese de nuevo sus puertas (yo había publicado ahí anteriormente, aunque no poesía). Me temo que ya para siempre será así, siempre que Eolas me deje. Me suelo definir, medio en broma, como un autor «eólico».
Escribir poesía es un hacer y un dejarse hacer
Este poemario recoge varios temas —en los que luego profundizaremos— y, entre ellos, abundan los poemas metapoéticos, como «Ante unas palabras sobrevenidas», en el que manifiestas que los vocablos vienen a ti: «Las palabras vienen y ellas se colocan esperando el latido. / Y todas / se colocan por su cuenta, / como las aves en los cables del amanecer». ¿Cómo es tu proceso creativo normalmente? Quizá cada libro tenga un modo particular de ir haciéndose y escribiéndose.
Sí, claro, cada libro tiene su latido, y hay que aguardarlo; no queda más remedio. En mi caso, puedo pasar grandes periodos sin escribir poesía, sin saber hacerlo, lo que no quiere decir que no esté cerca de la poesía como lector. En cuanto al proceso de creación poética, tiene algo de activo y de pasivo a la vez. Uno entra con irremediable fervor en las palabras y, a la vez, siente que son ellas las que lo están ocupando. Algo así. No sé llegar a explicarlo mejor. Escribir poesía es un hacer y un dejarse hacer, como si el poeta fuese a la vez el criminal y la víctima. Esa sensación no la he vivido con tanta intensidad en la prosa.
El poeta es quien anda buscando algo a tientas, sin excesiva seguridad, por los bordes del lenguaje
En otro poema, «La canción del zahorí», comparas al poeta con un zahorí que encuentra lo roto y disperso, que huye del brillo de la facilidad, de exhibiciones de oficio y excesos; alguien que espera que vengan los nombres, que su trato sea extraño y dé una música sin sombra. ¿Puedes explicar esta poética?
Pues es justamente eso. El poeta es quien anda buscando algo a tientas, sin excesiva seguridad, por los bordes del lenguaje. No sabe adónde lo llevarán las palabras mientras está con ellas, pero sigue y sigue detrás, imantado como los niños en aquella fábula del flautista. Procura no conformarse con una labor de simple preciosismo profesional ni tenerse demasiado en cuenta a sí mismo. Un poema es una aventura viviente, es decir, incierta, mientras se está haciendo; y algo más: a menudo, cuando se termina —o se abandona, como decía Valéry—, uno cae en la cuenta de que lo que ha dicho es otra cosa distinta de lo que pensaba que estaba surgiendo. En un poema ha de haber extrañeza; los falsos poetas son aquellos que dicen «qué bien me está quedando», mientras que el poeta verdadero solo acierta a preguntarse, mientras urde el poema, «adónde iré a parar».
las mismas palabras con las que se compra en el supermercado, pero de tal manera que se impliquen en el discurso otros agentes
¿Decir en el poema lo innombrable, como manifiestas en «A toda costa», donde cabe lo incorrecto, lo inútil, lo impropio o lo inconfesable?
Naturalmente. Hay que nombrar en el poema con las mismas palabras con las que se compra en el supermercado, pero de tal manera que se impliquen en el discurso otros agentes: música, temblor, incertidumbre… Esos ingredientes son los que acaban por alcanzar la verdad, la verdad interior del poema, y con eso basta.
creer en lo inadvertido
Tanto en El que menos sabe como en La belleza de lo pequeño encontramos esa atención —incluso amor— a lo cercano, lo inadvertido, lo pequeño, lo cotidiano. En una entrevista con Vicente Duque dices al respecto: «Lo inmediato, tan cerca de nosotros, suele perderse en la inadvertencia…». ¿Es una mirada y una actitud —una filosofía— que ha cruzado toda tu escritura o ha surgido en estos dos textos?
Es uno de los ejes de mi vida: creer en lo inadvertido, en aquello que es desahuciado por el ruido del mundo al no pesar o no brillar lo suficiente. No he sido demasiado consciente de haber llevado eso reiteradamente al poema. Solo me he dado cuenta, después de unos cuantos libros, de que está en el programa de mi vida. Aún recuerdo un poema, «Aprendizajes», de un libro de 1985, en el que aparecía explícitamente esa resolución de no buscar el lado brillante o previsible de las cosas para dar con lo esencial.
el poeta no es un productor: es más bien un contratado a tiempo parcial
¿Cuáles son tus próximos proyectos?
No he vuelto a escribir poesía desde el último verso de El que menos sabe, hace ya un par de años o más. A veces lo lamento en secreto, pero el poeta no es un productor: es más bien un contratado a tiempo parcial, y a eso hay que atenerse, amiga. Ahora llevo tiempo escribiendo un libro de relatos que acompañará —si soy capaz de terminarlos decentemente— una reedición de Calle Feria en 2027.
¿Saldrá en Eolas?
Naturalmente.
Entrevista realizada por Ana Isabel Alvea Sánchez (Sevilla, 1969). Licenciada en Derecho y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada, posgrado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la misma universidad. Ha publicado los siguientes poemarios: Interiores (2010), Hallarme yo en el mundo (2013), Púrpura de Cristal (2017), La pared del caracol (2020), Las ventanas del tiempo (2022), Cuando susurran los cipreses (2024).

