Braulio Ortiz Poole (Sevilla, 1974) estudió Periodismo y trabaja en la sección de Cultura del Diario de Sevilla. Como escritor ha publicado entre otros libros las novelas Francis Bacon se hace un río salvaje –Premio Andalucía Joven de Narrativa– y La fórmula Miralbes, pero se siente más identificado con su poesía, una faceta en la que destacan obras como Hombre sin descendencia, Cuarentena o Gente que busca su bandera, que recibió el premio del blog Estado Crítico al mejor libro de poesía editado en 2020. Recientemente ha vuelto con Hombres que dicen Aleluya (Maclein y Parker), un poemario protagonizado por una compañía de danza y que dedica a los que bailan.
En todos los procesos de escritura he sentido que sanaba
Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?
Braulio Ortiz Poole: Hacía cinco años ya de Gente que busca su bandera, mi anterior poemario, y necesitaba volver a escribir una obra literaria más allá de ese periodismo al que me dedico todos los días y que es mi oficio, donde por cierto -internet ha dinamitado el tempo en el que trabajábamos- cada vez hay menos hueco para la reflexión. A mí la creación literaria, y no sé si esta expresión sonará un tanto solemne, me ordena la cabeza y me reconcilia con el mundo. En todos los procesos de escritura he sentido que sanaba, incluso partiendo de episodios oscuros. En mis primeros libros traté cuestiones como la inadaptación y la rabia por no ser comprendido (Defensa del pirómano), la muerte del padre (Hombre sin descendencia) y la sensación al alcanzar cierta edad de no haber cumplido los sueños (Cuarentena), y en todos ellos a medida que avanzaba iba abrazando la esperanza, entendía quién era y me aceptaba. Estás aquí, vivo, no hay nada de lo que debas avergonzarte, me acababa diciendo. La poesía siempre era un espejo que me devolvía un rostro amable. Escribo para saber quién soy, para recordarlo, por eso siento, cuando paso un tiempo de barbecho, la necesidad de regresar.
El libro es en realidad una carta de amor a los que bailan
¿En qué momento nace Hombres que dicen Aleluya y qué detonante –vital, estético, político– abrió realmente la puerta a este proyecto?
El detonante fue mi fascinación por la danza contemporánea, y en esa definición entraría lo que hacen también muchos creadores en el flamenco actual, un ámbito que he disfrutado a lo largo de los años como espectador y como periodista cultural, y cuya belleza aún me impacta y no termino de explicarme en esa conmoción. ¿Cómo puede ser que algo tan físico y carnal como el movimiento de los cuerpos desprenda sin embargo semejante espiritualidad? Bailamos en las bodas para celebrar el amor de las parejas, bailamos para recordar a los muertos, para invocar a los dioses, para enamorar a quien tenemos frente a nosotros. Alguien que baila ante ti está desnudando sus emociones y mostrándote su alma. Todas las funciones de danza que he visto me inspiraron, el libro es en realidad una carta de amor a los que bailan, pero esa inspiración también suponía un desafío. ¿Puede un poeta trazar con la palabra una coreografía? Hice la prueba: Hombres que dicen Aleluya transcurre en una función de una compañía de danza, y sus protagonistas son tres intérpretes y un espectador.
Quise experimentar con otras voces en este poemario
¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Ha cambiado tu forma de trabajar con respecto a tus libros anteriores, tanto en el tono como en la construcción de la voz poética?
Aunque creo que todos los poetas, lo quieran o no, poseen una forma de expresarse reconocible, un sello propio del que resulta difícil
escapar, quise experimentar con otras voces en este poemario, al mezclar el pensamiento y las emociones de los personajes, la intimidad de estos bailarines, con una voz externa más neutra que ocasionalmente hace una acotación (al fin y al cabo, estamos en un teatro) o explica lo que ocurre. El último fragmento, en el que nos encontramos a un espectador arrebatado ante lo que ve, tiene una escritura diferente, más caudalosa, se plantea como un salmo, un sentimiento que se acerca a lo sublime y en el que aprecio la huella de Luis Rosales. El libro emprende un viaje que va de lo terrenal (las circunstancias particulares de cada bailarín) a algo más esencial y trascendente (la sed de eternidad de ese espectador) y el estilo va decantándose en el camino.
Necesitamos volver a creer en los demás
¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores? ¿Qué efecto esperas que tenga en ellos?
Me gustaría pensar que Hombres que dicen Aleluya no es un poemario sobre la danza: es un poemario sobre la vida. Sobre lo humano, sobre nuestras carencias y nuestros anhelos. Trata de gente herida que encontró consuelo en el arte. De hombres y mujeres que soñaban demasiado y parecían no tener cabida en el mundo, pero que descubrieron en la cola de un teatro, o sobre un escenario, que había muchos otros ilusos como ellos. Los miembros de esa compañía proceden de distintos lugares: uno es italiano, otro es español y otro francés, pero comparten un lenguaje común, algo que nos mueve a todos, el afán de ser queridos. Es un libro que reivindica la unión, la comunidad: ellos bailan mejor cuando otro les acompaña. Hoy que somos tan individualistas, que hemos olvidado lo que significa amar al prójimo, esa compañía de danza representaba para mí la importancia de sostenernos los unos a los otros para no caernos, para poder levantarnos. Necesitamos volver a creer en los demás, recuperar la confianza en quien tenemos al lado. El espectador sucumbe a la armonía del baile, pero siente que no es una belleza sin más, hay una cualidad moral en ella: le habla de lo que somos, le sugiere que no todo está perdido. Querría que los lectores se contagiaran de esa fe.
A medida que los escribes, los poemas van hablando
¿Qué papel desempeña la estructura o la disposición de los poemas en el volumen? ¿Fue algo deliberado o más intuitivo durante el proceso de creación?
Aquí fue el material humano el que condicionó la estructura. Quería que cada bloque ofreciera pinceladas de cada personaje, que los lectores conocieran las vivencias de Gennaro, Mateo y Théo, que sintieran lo que ellos sienten mientras bailan. Dispuse el orden de una manera intuitiva: creía que debía presentar antes a Gennaro, el veterano de la compañía, pero no sabría explicar el motivo de esta decisión. Fue más bien un pálpito. A medida que los escribes, los poemas van hablando, el conjunto va revelando cómo respira, igual que a un pintor un cuadro le dice cuándo está terminado.
En libros anteriores has explorado biografías ajenas y figuras de disidencia, como en Gente que busca su bandera, el libro que precede al que hoy nos ocupa. En Hombres que dicen aleluya, ¿quiénes son esos hombres y qué tipo de aleluya –de euforia, de resistencia, de redención– te interesaba capturar?
Según la RAE, aleluya es una expresión de júbilo o un canto de alegría, y al final mis danzantes terminan celebrando la vida, aunque han sufrido antes de llegar a esa liturgia. Gennaro es un bailarín maduro que asume con desconcierto que su cuerpo empieza a fallar, que ya ha perdido la energía y el encanto de la juventud que sí observa en sus compañeros. Pero hay un momento en la obra, en que Gennaro cae y Théo le ofrece su mano, en que percibe en la mirada del otro que aún tiene mucho que aportar, que la edad puede ser un patrimonio. Mateo es un soñador que voló del nido y que dejó atrás a una madre que no aceptaba su modo de vida. En esta función, que se representa en su ciudad natal, se reconciliará con el fantasma de esa madre muerta y le hará saber que él ha encontrado al Dios al que ella veneraba en el baile, en el arte, que bailar es en cierto modo decir Aleluya. Théo, por su parte, es un chico tartamudo que arrastra las burlas que sufrió en la infancia, y que encontró en la danza su alfabeto, y en esta compañía el calor de la comunidad. Preguntabas qué tipo de aleluya encarnaban estos hombres: de euforia, de resistencia, de redención, y estos bailarines resisten, se redimen, alcanzan el éxtasis.
Como periodista cultural, has criticado la “burbuja literaria” y la cultura como mero producto instagramable. ¿Hasta qué punto esa mirada condiciona tu apuesta por un poemario que grita “aleluya” en un mundo saturado de ruido?
En la novela La fórmula Miralbes utilizaba la trama de una escritora de éxito acusada de plagio para preguntarme a través de sus personajes qué estamos haciendo con la cultura, para denunciar cómo la codicia y el afán por ganar dinero están imponiendo productos fáciles y superficiales que puedan generar merchandising, y arrinconamos el pensamiento crítico, el cuestionamiento que brinda al público la mejor creación. Y en este poemario vuelvo a la misma pregunta: uno de los bailarines, Mateo, empezó a ilusionarse porque de niño iba con su madre a cines y a teatros que hoy han desaparecido y sobre los que levantaron supermercados. A veces, Mateo ha paseado por los pasillos de uno de esos comercios y ha pensado en su madre y él acudiendo a una película como figuras anacrónicas, como fantasmas. ¿Qué dice de nosotros como sociedad que hayamos elegido el ocio, irreflexivo y consumista, de los centros comerciales? Uno de los detalles que me emociona de la danza es que continúa siendo un misterio.
La herida que yo arrastraba era compartida
Has defendido que la verdadera valentía radica en enfrentar las emociones propias más que en épicas externas. ¿Es este libro un manifiesto poético sobre la vulnerabilidad masculina y la dificultad de nombrar heridas colectivas e íntimas?
Con Gente que busca su bandera, mi anterior poemario, descubrí que hablar de los otros, de sus heridas, me permitía también hablar de lo que yo sentía, de mis propias heridas. Ese libro planteaba un homenaje a distintas personas que desafiaron las convenciones mientras fantaseaban con un mundo más justo, como un soldado homosexual que salió del armario en la portada de una revista o una sufragista que murió tras ser atropellada por un caballo en una protesta que reclamaba el voto para las mujeres. Ese conjunto de rebeldes e inadaptados me venía a decir que la herida que yo arrastraba era compartida, que esa incomprensión y ese dolor que yo había creído un patrimonio único no era más que el eco de lo que sintió mucha otra gente antes que yo. Con Hombres que dicen Aleluya quería seguir ahondando en el grupo, en las vivencias comunes, en la certeza de que es en el diálogo con los otros donde alcanzamos la plenitud.
Y volvía también a los que no responden a las convenciones. A menudo, el baile ha sido la expresión de los rebeldes y los oprimidos, una manifestación de libertad y una protesta contra lo establecido, y en esto conecta con Gente que busca... En un poema se habla de los indígenas que invocan a sus dioses prohibidos por los conquistadores, las mujeres cansadas de las labores del campo que inventan la bulería, los trabajadores explotados que encuentran la paz en una rave, la comunidad LGTB que empezó los disturbios de Stonewall, las jóvenes de Irán que hoy se graban bailando. Aquí de nuevo tenemos un linaje, un árbol genealógico, de disidentes que pese a la adversidad abrazan la vida.
Los títulos Gente que busca su bandera y Hombres que dicen Aleluya establecen un paralelismo fascinante: de la búsqueda colectiva a la exclamación masculina. ¿Qué evolución vital o estética marca este paso de “gente” a “hombres”, y qué une ambos proyectos?
Es curioso, los títulos son muy similares, pero no se debe a una decisión plenamente consciente. Presenté un esbozo de Hombres que dicen Aleluya a una ayuda a la creación del Ministerio de Cultura y me la concedieron, así que ese título en principio provisional se quedó. El nexo en común de ambos libros es el interés por lo colectivo, la certeza de que en las historias de los otros encontramos lecciones para nuestras vidas. Mis tres primeros libros de poesía, Defensa del pirómano, Hombre sin descendencia y Cuarentena, abordaban sentimientos autobiográficos y giraban alrededor del yo. Tenía que ampliar el horizonte.
La vulnerabilidad, para mí, es el modo en que eres más afín a la vida
Vivimos un momento de retorno a ciertas masculinidades tradicionales en cultura y política. ¿Cómo insertas las nuevas masculinidades que defiendes en tu obra dentro de este contexto reactivo, y qué rol juega la poesía en esa resistencia?
Cuando escribí Gente… y ahora Hombres… no imaginaba, por desgracia, hasta qué punto iban a dialogar con su momento. Una de las consecuencias de ese título con el que no me identificaba en un principio del todo, como he dicho, es que me permitía revisar el concepto heredado de lo masculino: lo hemos hablado antes, hay valentía en estos hombres que se enfrentan al abismo de sus emociones. En mi generación crecimos oyendo que los niños no lloran y considerábamos nenaza como un insulto, y por esa herencia siempre me atrajeron los personajes que derriban ese muro, que entienden que sólo sabe estar en el mundo quien afronta sus sentimientos. Frente a lo que nos hicieron creer, que la bondad es falta de inteligencia y la sensibilidad es blandura, la vulnerabilidad, para mí, es el modo en que eres más afín a la vida. El espectador del final del libro alcanza el éxtasis, vuelve a creer, porque acude a ese espectáculo con un ánimo receptivo. Si se hubiese dejado puesta la coraza no habría vivido ese deslumbramiento.
Has reflexionado sobre la degradación cultural como evasión rápida. ¿Crees que la poesía, con su “aleluya” –exultante pero exigente–, puede proponer una estética más lenta y resistente al consumismo inmediato?
Sí, la poesía -como la danza, y toda expresión humana que intente descifrar el mundo- es un refugio en el que cobijarse frente al ruido y la insustancialidad del mundo moderno. Porque la poesía, frente al cliché que la retrata así, nunca fue un ornamento, sino un campo fértil para la reflexión y las ideas. En este sentido para mí fue una sacudida leer a Chantal Maillard, que en Matar a Platón (2004) planteaba en su libro la escena de un hombre que había sido aplastado por un camión y reconstruía las impresiones de los testigos que habían asistido a ese accidente. Ese cruce de la poesía con el pensamiento me pareció entonces poderosísima. Yo era bastante más joven, aún no había publicado ningún poemario, pero ya intuí entonces que algún día querría transitar por esa senda.
Por último, como lector, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?
La sevillana Paula Melchor ha publicado recientemente con Letraversal Un conjuro, un librito muy emocionante sobre una juglarilla encandilada con un cervatillo que le canta al amor. Paula pertenece a una generación de poetas que pese a su juventud está proponiendo una renovación interesantísima de la poesía actual, hay en este grupo un buen puñado de nombres a los que admiro. Tengo curiosidad por saber si mi obra dialoga con ellos o, quizás con razón, me perciben ya como un dinosaurio que habla un lenguaje anticuado…
***
Tres poemas de Hombres que dicen Aleluya
Gennaro. Bailarín 1. Fragmento 1.
Soy ese cómico que cuelga del reloj
pero en esta ocasión nadie se ríe.
(El tipo inspira lástima).
Soy el muerto de barba extravagante
que acapara las bromas
en una foto antigua.
Ahora sé
qué ocurre si te pica una tarántula,
en qué consiste el tiempo.
De todas las verdades,
se ha impuesto
la corpórea:
esta carne en tensión
al borde de la quiebra,
este hueso hermano del cristal.
El dolor es un colono
que avanza en sus conquistas:
el tobillo,
la espalda,
la cadera.
(Bailar queda tan lejos del tutú:
un bosque de tendones y cartílagos,
de uñas que se rompen y heridas que sangran,
la piel con cardenales).
Soy el miembro mayor de esta compañía:
me exhiben como pieza de anticuario.
Ayer mismo era un ángel,
pero cerré los ojos
y alguien cambió el atrezo
del patio y el naranjo
a un pesado telón de terciopelo.
Y sólo se oían palabras
herederas del frío:
osteoporosis,
diabetes,
cataratas.
El contrato firmado con la vida
y su letra minúscula y perversa,
obstrucción o rotura de algún vaso sanguíneo.
Qué pequeño es un hombre
envuelto en un pijama
esperando un diagnóstico.
Antes,
¿me conocíais?,
yo vestía
la coraza de un general romano
y no esta débil venda que recuerda a las momias.
Ahora ya sé
qué hacer si te muerde un alacrán,
en qué consiste el tiempo.
Me arrodillo
-soy madera que cruje-
y añoro
la liviandad sagrada
de los ciervos,
el vuelo de la abeja.
Ahora soy del óxido,
el vecino del miedo y de la noche.
He olvidado los trucos para que no rechine
esta bisagra que tengo en las costillas.
Me levanto
-clac-
y ya no estoy en la cumbre.
Soy un canto rodado,
un alud,
aquello que desciende,
la manzana madura
que el árbol ya desprecia:
el cómico de manos sudorosas
que se ha soltado y cae por el abismo.
Un pedestal volcado por la rabia,
como todos los viejos.
Mateo. Bailarín 2. Fragmento 4.
En el cine al que íbamos,
madre,
han abierto ahora un supermercado.
Nosotros somos ya viejas películas,
celuloide arrasado por un incendio.
Historias de fantasmas,
figuras anacrónicas
a la luz de un quinqué,
trajes almidonados.
Dicen que nos aparecemos por los pasillos,
un niño y una madre,
nuestros rostros silentes y en blanco y negro.
Los espectros tienen
prohibida la comedia:
la vida sólo imita
al realismo sucio.
En la báscula dispuesta para la fruta
podemos pesar nuestra derrota.
Allá donde reímos,
en nuestro viejo cine,
alguien compra hoy un pan que sabe a plástico.
Ganó la mercancía.
Ganaron los hombres que aman el dinero.
Siempre gana la banca.
No hay espacio aquí para los fantasiosos.
Théo. Bailarín 3. Fragmento 7.
Bailamos en las bodas
por los novios que lo apuestan todo al rojo.
Porque así es como acaban
las comedias felices:
con una ceremonia, y los invitados
que se unen en un corro.
Por el amor tranquilo que es ancla y llega a tierra
tras una travesía,
también por la memoria de los muertos,
porque así están presentes,
bailamos.
Bailamos esa canción del Hallelujah.
Bailamos otras noches
por el animal hambriento que pierde su collar,
-el deseo-
por la planta carnívora
que nos brota en el vientre.
Por los campos magnéticos
-contagiosa energía-
de los cuerpos que sudan,
de los cuerpos felices,
bailamos.
Inesperadamente,
a nuestros hombros ha llegado un mirlo:
hay sosiego en el éxtasis.
Bailamos una canción que dice: Let’s dance.
Bailamos
también frente al espejo,
buscándonos,
porque así nos escribimos una carta
que de otra forma no nos enviaríamos,
así nos redimimos.
Y en esa intimidad
ruge un leopardo.
Bailamos
-como ninfas,
la cabeza adornada de flores-
porque nos hemos encontrado en el camino,
y al fin estamos juntos en la amistad y la fiesta.
Bailamos esa canción llamada Gloria.
Bailamos
por todo lo que es noble y es hermoso,
por todo lo que importa.
Bailamos
para celebrar que nos queremos,
bailamos
para recordar que estamos vivos.

