
Ana Isabel Alvea Sánchez.- José Luis Trullo es licenciado en Filología y, desde hace años, se dedica a la escritura, a la traducción y edición de un modo muy vocacional. Tiene una larga trayectoria en el campo del aforismo, pero queremos destacar su labor en los últimos años de rescate de clásicos del humanismo occidental gracias a la edición, por ejemplo, de obras de Francesco Petrarca, Lorenzo Valla o Cristoforo Landino. En este ámbito es autor de los siguientes libros: Dignitas. Una apología del humanismo clásico y Retorno al humanismo. Lecturas de sabiduría perenne, además de la compilación de artículos y aforismos La condición humanista. Fundó el Congreso Nacional de Humanistas y gestiona la página Humanistas, donde difunde textos y reflexiones en torno a dicha temática.
Resulta original el tema que se trata en este ensayo, estructurado en nueve capítulos, cuya conclusión, de manera muy breve, viene a ser: conocer la vocación personal o misión de uno en el mundo, redunda en beneficio de la sociedad y nos produce felicidad y plenitud, al igual que actuar correctamente. El autor se apoya en el pensamiento de varios filósofos y autores clásicos, a los que considera seguidores de los planteamientos de Sócrates —vivo ejemplo de la actitud de asumir un destino vocacional con todas las consecuencias—: Jenofonte, Epicteto, Séneca, Marco Aurelio, San Agustín, Francesco Petrarca y Juan Luis Vives; sin olvidarse de Cicerón.
En su capítulo inicial, Los hilos del destino, desgrana Trullo el concepto de ‘destino’ como sentido o fundamento de la existencia humana integrada en un cosmos organizado. Recuerda la afirmación de San Agustín: “Nadie es sabio si no es feliz”. El autor distingue y contrasta el concepto de dicha en los clásicos y en la modernidad y, en su opinión, para alcanzarla son precisas la ausencia de dolor, la serenidad y la aceptación de las circunstancias. No se llega a ella, por el contrario, ni mediante la suma de bienes materiales ni disfrutando de un gran bienestar o comodidad, sino más bien con la limitación o prudencia en los deseos y aspiraciones y con la asunción de nuestros propios límites.
La Apología es la obra de Platón en la que se expone el modo en el que Sócrates concibió su misión. La formación constituye un requisito indispensable para tal fin, para oír la voz interior o daimon, pero será de mano “del dios que está en Delfos”, Apolo —-cuyas palabras deberá interpretar—, quien le revele su función, que él libremente puede aceptar o no. ¿Y cuál era esa misión de Sócrates? Hacer mejores a sus conciudadanos, alentándoles a comportarse de manera virtuosa, y desenmascarar a los falsos sabios. El conocimiento lo considera un arte para indagar en uno mismo y mejorarse, en beneficio propio y de los demás; supone un saber cívico, sin olvidar que la verdadera sabiduría pertenece a los dioses, mientras los hombres solo se aproximan o la descubren de manera parcial.
Nuestro escritor barcelonés rompe una lanza en favor de Jenofonte —segundo discípulo de Sócrates y transmisor, junto a Platón, de su legado— en el segundo capítulo, Un saber para la vida. Jenofonte dejó escrito sobre Sócrates: “Él siempre conversaba sobre temas humanos, examinando qué es piadoso, qué es impío, qué es bello, qué es justo, qué es injusto, qué es la sensatez, qué cosa es la locura, qué es valor, qué cobardía, qué es ciudad, qué es hombre de Estado…”.
La virtud, según esta lección, será fruto del aprendizaje y del estudio, así como de nuestro esfuerzo personal; es preciso conocerse a sí mismo (“Los que se conocen a sí mismos saben lo que es adecuado para ellos y disciernen lo que pueden hacer y lo que no”), además de dedicarse al saber en términos más generales. Defiende el buen juicio y la sensatez, la cautela, la reflexión, el análisis y la contención. Sabemos bien de la aversión de los griegos respecto a la desmesura y a las pasiones desatadas.
En el tercer capítulo, Ley humana y ley divina, expone el autor que para la tradición socrática existía un conocimiento que podía adquirir el ser humano y otro reservado a los dioses, quienes tenían la última palabra. No obstante, es preciso obrar debidamente, agradecer los favores recibidos a los dioses y ser merecedor de sus consejos, revelados por medio de la adivinación. Para el Sócrates de Jenofonte, el hombre posee en su interior algo divino: el alma.
Como continuador de Sócrates, se apela a Epicteto, el protagonista del capítulo Libertad y obediencia. Ambos defienden que el saber debe tener una dimensión práctica, hacernos mejores personas, ayudarnos a descubrir nuestra misión y lograr que la acción personal beneficie a la comunidad. Epicteto abandera la libertad: “Si quieres, eres libre”. Una libertad que difiere del mero capricho, pues no está exenta de límites y exigencias. Para este filósofo griego estoico, el hombre es un ser que interpreta y actúa, pero sometido a la soberanía de los dioses, debiendo aceptar sus disposiciones con obediencia y no conducirse sin ton ni son.
Resalta el autor a Marco Aurelio en la sección sexta, El arte de saberse parte. El emperador piensa que formamos parte de un todo ordenado y armónico, y manifiesta en sus Meditaciones: “nada contrario a la comunidad ejecutaré, sino que más bien mi objetivo tenderá hacia mis semejantes, y hacia lo que es provechoso a la comunidad encaminaré todos mis esfuerzos…Forzosamente mi vida tendrá un curso feliz.”
San Agustín será el último gran pensador clásico y el primero cristiano. En El primado de la voluntad se expone el uso que San Agustín hace de las nociones socráticas, principalmente en el Libro I de Sobre el libre albedrío. Otorga al hombre la responsabilidad de sus actos y del mal que puede originar. Será la voluntad humana quien decida, y esta deberá ser buena: “Es la voluntad por la que deseamos vivir recta y honestamente y llegar a la suma sabiduría…”. Dado que tenemos libertad para elegir, no podemos ser considerados inocentes y debemos conducirnos racionalmente para obtener la felicidad. Desarrolla estas disquisiciones en Sobre la gracia y el libre albedrío.
Llegamos a Francesco Petrarca, padre del humanismo renacentista, en el capítulo Pia Philosophia, donde se recogen las consideraciones ya referidas: el hombre es responsable de sus actos; defiende “el alma, la virtud, la fama (en cuanto recta reputación), la paz, el sosiego y la seguridad”; se subraya el necesario uso de la razón para llegar a la verdad, la defensa del término medio, y concibe la sabiduría como inseparable de la virtud y de la vida práctica. Será preciso perfeccionarse espiritualmente para merecer la salvación.
Se acude a un amplio pasaje del libro de las Leyes de Cicerón en el último capítulo, La lección del humanismo, para volver a defender la razón recta y la virtud en nuestro proceder.
En definitiva, Trullo desea preservar este legado, atacado en nuestro tiempo —una época en la que prima lo superfluo, el materialismo y la banalidad, donde imperan el cientificismo, la actitud egoísta y la falta de ética—, y apela a entablar un diálogo con los clásicos, sin renunciar a ser críticos también con ellos: en cualquier caso, todavía nos pueden orientar.
No he tenido más remedio que sintetizar en exceso todas las referencias y citas textuales que pueblan el libro, así como recortar ideas que se desviaban de la vía principal de la tesis.
Su lectura me ha traído a la memoria El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl —psiquiatra judío que sobrevivió a los campos de concentración nazis y cuya experiencia le hace desarrollar la teoría de la logoterapia—, quien sostiene que la vida humana adquiere valor y dignidad cuando responde a un “llamado” de sentido que trasciende el placer, el éxito o la comodidad personal. Este sentido lo descubrimos como una tarea concreta que la vida nos exige. Cada persona tiene una misión única que debe cumplir, incluso y, sobre todo, en el sufrimiento. Igualmente, habla de la libertad interior. Frankl destaca que, aunque todo pueda ser arrebatado al ser humano, siempre queda la libertad última: elegir la actitud con la que se enfrenta al destino.
Este ensayo alumbra un camino a seguir para alcanzar la plenitud. Será preciso adquirir un sentido más profundo y comprometido; conducirse conforme a unos valores en una sociedad en la que prima “tonto el último”; dignificar el trabajo como un modo de autorrealización y aportación social. Para ello, mejor un trabajo que guste, vocacional. A este respecto, la Filosofía y Arte resultan esenciales para el ser humano y para la colectividad, aunque siempre hayan sido denostados y ninguneados. ¿Qué sería de nosotros sin ellos? Imagínense.
José Luis Trullo, La estirpe de Sócrates. La vocación personal en el contexto del humanismo occidental. Cypress Cultura, Sevilla, 2025. 140 págs.

