Por Ana Isabel Alvea Sánchez.
Es despiadada
la lentitud de las horas para quien ya no espera
Leer este poemario —galardonado con el V Premio de Poesía Fundación MonteLeón— es hacerlo como quien se detiene con calma por los pasillos de algún museo, en cuyas paredes apreciamos una galería de retratos de personajes y poetas famosos. Sus voces visitan al poeta onubense y dejan su firma, en forma de poema, en este Libro de visitas; fantasmas que se le aparecen y le dictan estos versos, mayormente versículos de largo aliento. En ellos restallan el ímpetu y el fulgor, los anhelos y las esperanzas, el fracaso y la desolación; todo lo que arrastran las aguas bravías y mansas de la vida.
Semejante a un álbum familiar, su estructura posee una fuerte cohesión y unidad. Este corredor —digo, libro— constituye una sucesión continua de poemas que hablan de, o por boca de, una persona a quien el escritor de Fuenteheridos, suponemos, admira o le conmueve, y a quien rinde homenaje en poemas narrativos, no faltos ni de lirismo ni de reflexiones sobre la existencia. Un recorrido circular, pues empieza y finaliza con Pessoa, autor en el que más profundiza.
Manuel Moya no se precipita ni escribe de oídas; al contrario, se trata de autores muy leídos y conocidos por él. Todos sabemos el gran trabajo realizado por Manuel sobre la obra de Pessoa: sus traducciones, la novela La lluvia oblicua, la detallada biografía Fernando Pessoa, el hombre de los sueños, y en 2025 ha publicado Fernando Pessoa. La reconstrucción. En su biografía menciona a su amigo Carneiro, quien también aparece por estas páginas. Nos muestra al Pessoa soñador, resaltando a su vez la importancia de los sueños, llama que nos mantiene con ilusión —que es igual que decir que añaden más vida al discurrir del tiempo—, luz que todo lo engrandece.
Entre estos sueños, el que obsesionaba al historiador Adolf Schulten: encontrar la muy discutida capital de los Tartessos. Anhelos abrigados con pasión y nunca logrados.
A través de este monólogo dramático trata temas fundamentales como los sueños, la soledad, el fracaso, el amor y el desamor, la vulnerabilidad del ser, la arbitrariedad del destino, la brevedad de la vida, la escritura y la poesía.
En el poema «Tarde en Ákragas» (retrato de Empédocles) muestra a este político y filósofo, quien abogaba por el continuo y constante movimiento de todo, en atracción y repulsión: «Un hacerse, un deshacerse por la fuerza del amor y del odio, llama y ceniza». Proclama la dignidad del hombre y su igualdad, pero entiende que todo muere y siempre llega el fin, ya sea de lo más mínimo o de lo más sublime.
Como Dante, espera apoyarse en la verdad, poder sentirse libre, recrearse en la lentitud, la amistad y el amor. Y me pregunto si sería capaz de vivir en «un mundo / donde ninguna de todas estas gracias sucediera».
En el poema «Carta a un joven poeta» (Rilke) aconseja que el escritor abandone todo y se aferre a lo suyo más vivo con intensidad:
Átate a lo que tienes, a lo que eres, a este minuto,
a este corazón que cabalga en tu pecho
como animal enjaulado.
Prepárate entonces, pues aquí comienza tú y el mundo.
En «Fernando Pessoa» (autorretrato) se introduce en el interior abatido y múltiple del lisboeta, plagado de heterónimos. En el extenso poema «Oración» (Prazeres), Pessoa dialoga con su madre y rememora su vida de niño huérfano: el sentimiento de abandono y fragilidad, ese sentirse siempre extranjero, la demoledora carga de la vida, aquella tendencia a los sueños y a las equivocaciones. Un ser vacío huyendo de sí mismo y volviendo a comenzar en cada / lance. (…) «Antes era tu voz la que templaba mis días, / el dique ante una realidad coja y ciega». El poema resulta un ajuste de cuentas con su vida. No podía faltar uno de sus heterónimos más emblemáticos —y mi preferido— en «Álvaro de Campos ante la muerte de Pessoa», un personaje ficticio apesadumbrado que ya no espera nada de la existencia tras la muerte de su creador.
Constan nombres de mujeres como Emily Brontë, quien fallece joven y llena de ardor, con la idea de retornar al esplendor de la naturaleza para formar parte de ella; Sylvia Plath, que se pregunta por qué continuamos sintiendo la rosa a pesar de marchitarse; da voz a Pizarnik y a Jeanne Hébuterne, la pareja de Modigliani. Ambas se suicidan, Jeanne a causa de la muerte de su amado. También alude a Elena Garro, a la grabadora y pintora del expresionismo alemán Käthe Kollwitz, testimonio del dolor, y a la escritora Rina Faccio (Sibilla Aleramo), que se despide del atormentado amor del poeta Dino Campana, quien terminará sus días en un manicomio.
El suicidio está muy presente. Nos abre el corazón de un suicida cuando se refiere a Cesare Pavese. Podemos hacernos una idea de lo dolorosa que le resultaba su inmensa soledad; o bien desde la voz de Carneiro, Pizarnik o Hébuterne. Al igual que la actitud destructiva de Pessoa, la de Dylan Thomas con el alcohol, debida tal vez a los estragos de un amor de juventud. En definitiva, vidas de personas rotas y hundidas a las que el plomo de la existencia acaba derribando y derrotando, tratadas con una mirada de suma ternura y sensibilidad.
Denuncia el asesinato de Pier Paolo Pasolini en el poema «Llanto por Pier Paolo Pasolini», elegía y lamento:
Sobre una tierra pobre, donde nada crece, salvo la cicuta,
la soledad, la noche, el escombro, el puro hastío.
Roma, la ciudad, el martirio, donde algún día Gramsci
espera florecer de sus cenizas.
No todo es abatimiento: transmite con emoción la actitud orgullosa y decidida ante cualquier adversidad de W. E. Henley, los memorables versos de su poema «Invictus»: «El amo soy de mi destino, el capitán de mi alma».
Se dibuja una sonrisa en el lector ante el poema «Oh posteridad», con el estilo y humor propios de Oliverio Girondo: «Oh posteridad, ponete calcetines, / haz como si la tos no te muriera, / cerrá el pico de una vez, descansá». Bien pudiera enunciar una poética de su rechazo a la luna, pues sabemos que toda vanguardia huyó de sentimentalismos y tópicos, y el poeta argentino se dejaba influir por ella. Recordemos que Marinetti, en su Primer Manifiesto del Futurismo, publicado en 1909 en Le Figaro, se opone a la «poesía enfermiza, el sentimentalismo, la obsesión de la lujuria, la obsesión del pasado» y califica a los simbolistas como «últimos adoradores de la luna», rechazando esta poesía por estática y tradicionalista.
Aparece su alter ego, en un juego de máscaras y de espejos al estilo de Borges, en el poema «Tres estelas para Edgar Lee Masters» (Oak Hill, Lewistown, Illinois). En él, un poeta labra epitafios y narra el destino arbitrario de los hombres. ¿Acaso no podemos entender estos poemas como tales?: «Porque todas ellas juntas, ay, trazan mi retrato, / el de un hombre entre otros hombres, / el de un cantero en su taller / que no puede escapar de sí mismo y de su suerte (…) y que yo solo fuera la boca por donde volvieron a la vida / todas esas voces». A su vez, el poema es un himno y alabanza a la vida y a la luz de la poesía, esa inútil gloria.
Sorprende la capacidad de Manuel Moya para colocarse en la piel de estos hombres y mujeres a quienes la vida pudo resultarles demasiado grande y cruel, hostigados por el desamor, la incomprensión, la soledad y la frustración. Logra transmitir tales sentimientos con fuerza y emoción, manteniendo la intensidad y calidad literaria en todos estos homenajes. Un modo de devolverles la dignidad y también de profundizar en la existencia, porque sus vidas representan la de cualquiera de nosotros, por ese hilo común que nos une: la condición humana.

