Marta Giménez Martínez (Huesca, 1977), reside en Tenerife desde 1983. Comienza a escribir narrativa breve en 2019. En 2020 obtiene el premio de XXXIV Concurso Literario Lasarte-Oria con el relato Juguetes usados. En 2021, dos de sus microrrelatos son incluidos en la selección que realiza el Círculo Creativo (Burgos) resultado de su III Concurso de Microrrelatos En 2022 esaccésit en los Premios del Tren Antonio Machado de Relatos con el cuento A porta gayola.

En 2022 se inicia en la poesía y su libro La latitud irreparable se publica en la Colección Natalia Sosa Ayala del Gobierno de Canarias fruto de una convocatoria a finales de ese mismo año. En 2024 resulta finalista en el Premio Internacional de Poesía Jovellanos “El Mejor Poema del Mundo” con su poema Joseph Conrad. En 2025, con El método Sherezade, obtiene el Premio Carmen Conde.

 

 

 

Me propuse probar si los consejos narrativos de aquel libro eran transportables a la poesía

Javier Gilabert: ¿En qué momento nace El método Sherezade y qué circunstancias –vitales o creativas– impulsaron su escritura? 

Marta Giménez Martínez: La idea general del libro apareció una noche que leía Cartas a un joven novelista de Vargas Llosa. Recuerdo que pensé que, si él hacía el juego de replicar para la novela el contenido poético de Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke, podría ser divertido intentar hacer otra vez el viaje a la inversa y regresar a la poesía desde la narrativa. La novela sobre todo tiene, según el libro de Vargas Llosa, una serie de herramientas que ayudan a la escritura, eso que todos los que empezamos en la poesía mataríamos por encontrar (un manual, un maletín lleno de herramientas, con una guía que nos diga por dónde hay que tirar) y a falta de uno, me propuse probar si los consejos narrativos de aquel libro eran transportables a la poesía y qué mejor muestra del arte narrativo que Las mil y una noches, qué mejor narradora que Sherezade, a quien le iba la vida en ello.

 

Los poemas tenían una intención de ser libro

¿Cómo fue el proceso de creación? ¿Ha cambiado tu forma de trabajar respecto a La latitud irreparable o tus relatos premiados?

Sí, ha cambiado sobre todo porque, tanto en los relatos como en ese primer libro de La Latitud irreparable, no tenía ningún corsé, escribía más por impulso, intuición, o lo que sea que se pone en marcha cuando una se sienta a escribir, pero en El método Sherezade hubo más intención que intuición. Quiero decir que los poemas tenían una intención de ser libro, de formar parte de algo, de interrelacionarse, de alimentarse unos de otros, y sobre todo de llevar al lector a alguna parte, al menos esa fue siempre la “intención”.

 

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores?

No creo que haya muchas pistas que dar, la verdad. Pretende ser un libro de disfrute estético, donde toda esa ornamentación de los cuentos de Las mil y una noches, todo ese mundo mágico, tan visual, de palacios, desiertos, genios, se convierta al final en lenguaje poético, en palabras con un cierto ritmo, que suene bien, y que, a ser posible, subyugue —un poquito, al menos— a quien lo lea. No es un libro interior, ni de emociones —aunque las haya—,- es pura ficción jugando a ser ficción.

 

¿Qué efecto esperas que tenga en ellos?

Uy, puestos a pedir, me encantaría que les pasara como al rey Shahriyar, que se pasaba las noches escuchando las historias de Sherezade y siempre quería más.

 

¿Qué papel desempeña la estructura o la disposición de los poemas en el volumen? ¿Fue algo deliberado o más intuitivo durante el proceso de creación?

Como ya te comenté unas líneas más arriba, El método Sherezade juega a ser eso, un método y los poemas están todos en función de esa idea. Mi referente poético, Pedro Flores, siempre dice que la poesía es un ejercicio de traducción, que lo importante no es “lo que se dice” sino “cómo se dice” así que ese cómo ha sido una intención constante en cada poema.

El libro se divide en dos partes, la primera, podríamos decir, es un conjunto de poemas donde ese cómo trata de seducir a través de palabras exóticas, de imágenes que evoquen ese mundo maravilloso de los cuentos de Sherezade, hay una intención —al menos esa fue— estética del lenguaje. Como cuando una se compra una figurita de alabastro, no sirve para nada, pero es tan bonita y placentero mirarla… Y la segunda parte va más a la aventura de teorizar sobre “los trucos” que pueden usarse para escribir un poema, una ida de olla como otra cualquiera.

 

Me encantaría “engañar” al lector

El método Sherezade lee poéticamente Las mil y una noches como resistencia narrativa: Sherezade sobrevive adoptando voces ajenas y experimentando con el lenguaje. ¿Qué te atraía de esa figura para construir un poemario entero en torno a su «laboratorio lingüístico»?​

Precisamente eso que comentas en tu pregunta. Como bien dices Sherezade es una maestra del engaño, a través de las palabras consigue lo que ninguna de las tres mil vírgenes que había desposado el sultán antes que a ella: sobrevivir a la primera noche y así, noche tras noche, más de tres años, hasta volverse imprescindible para el sultán. Me encantaría “engañar” al lector de tal manera que este libro sobreviviera en su memoria noche tras noche, un poco pretencioso, lo sé, pero soñar es gratis.

 

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte con tres poemas de El método Sherezade, ¿cuáles serían?

Me quedaría con el primero de la primera parte, Origen; el primero de la segunda, Qué recursos narrativos usó Shahrasad con el sultán para conseguir salvar la vida una noche tras otra durante más de tres años y lo que es más interesante: ¿puede la poesía adueñarse de esos recursos?; y el de La mujer pez canta a su sultán.

 

El Premio Carmen Conde 2025 llega tras ser finalista en el Jovellanos con el poema «Joseph Conrad» (2024). ¿Qué supone este reconocimiento –uno de los más prestigiosos para poesía escrita por mujeres– en tu trayectoria?

Bueno, ya el mero hecho de saber que personas con el prestigio literario y académico de José Manuel Lucía Mejías, María del Pilar Palomo y Marta Porpetta, especialistas todos en poesía, han leído algo que yo he escrito, es un lujazo, pero si encima han creído que ese libro era digno de un reconocimiento, eso es ya un verdadero regalo, más que para una trayectoria, para la autoestima, personalmente me ayuda para ir afianzando un poquito la pisada, para seguir dudando, pero quizás un poco menos.

 

Has practicado vela ligera y danza, disciplinas de equilibrio precario y cuerpo en movimiento. ¿Se filtra esa experiencia física en la tensión “sherezadiana” entre narrar para vivir y el riesgo de callar?​

[Risas] No, no creo. Eso se filtra más en el día a día, en una forma de ser o estar, que luego puede ser que se decante en lo que una escribe, no digo que no pero, así a priori, juraría que no.

 

No siento la insularidad como un territorio de aislamiento

Desde Huesca a Tenerife en 1983, tu poesía parece tejer territorios emocionales y geográficos imposibles. ¿Influye tu etapa canaria en la idea de «latitud irreparable» que ahora se transforma en «método» de reinvención?​

Mi familia viene por un lado del norte (Huesca) y por otro del sur (Huelva) y nos afincamos en esta isla maravillosa cuando yo era muy pequeña, pero mi contacto con la Península es constante, así que no siento la insularidad como un territorio de aislamiento sino más bien como un privilegio de exotismo, tanto vital como literario. En Huesca me dicen que soy “muy canaria” y en Tenerife mi acento me delata. Esa mezcla, ese no ser ni de aquí ni de allá, facilita ser de todas partes y probar todas las pieles (también todos los lenguajes) buscando siempre un lugar propio (insisto, también en el lenguaje).

 

Parece no haber un método en poesía

Sherezade adopta «presencias ajenas» para sobrevivir, como has afirmado, influida por Pedro Flores. ¿Te da esa ventriloquia libertad expresiva o distancia emocional en un poemario tan cargado de voces múltiples?​

Por supuesto, eso era lo que más me gustaba de la narrativa, poder ponerte en los zapatos de cualquier personaje que fueras capaz de imaginar, para pensar, sentir o decir, lo que tú nunca pensarías, sentirías o dirías. Lo que yo, Marta Giménez, tengo que decir de mí misma no es interesante en absoluto (ni lo que siento o pienso), sin embargo —y aquí volvemos a Flores— el cómo lo es todo. Las diferentes voces te permiten intentar muchos cómo, hasta dar con el que funciona. Para mi eso es importante porque estoy empezando, necesito probar mucho, error-acierto, para averiguar —ya que parece no haber un método en poesía— qué es efectivo y qué no.

Por lo general creo que hay una idea bastante extendida de que la poesía es el género “más íntimo”, quizás es algo que nos han inculcado en la escuela o simplemente nos gusta ver al poeta como un ser sublime que siente de una manera digna de compartirse, pero —y esta idea no es mía— el poeta no es más que un fingidor y nada importa si lo que se escribe en un poema es verdad o no, sólo importa si al lector le conmueve de alguna manera aquello está leyendo, de manera que, contestando a tu pregunta, tanto en este libro como en todo lo anterior hay una distancia emocional.

 

He descubierto el gusto por la escritura relativamente tarde

Tu salto de microrrelatos a poesía premiada ha sido vertiginoso. ¿Qué descubriste en el verso que no hallabas en la prosa breve?

Hombre, primero que nada, lo de “poesía premiada” no es algo que yo subrayaría, digamos que esos dos libros en concreto gustaron más que otros a dos jurados diferentes (que ya es mucho decir), pero tengo otros cuatro que no, así que…

Y en cuanto a la pregunta, la brevedad siempre me ha resultado un reto, la necesidad de concretar (me suelo ir por las ramas con mucha facilidad, como habrás comprobado ya) es algo que requiere un esfuerzo mental para mí, sujetar la cabeza que tiende a disgregarse con demasiada facilidad me obliga a estar alerta todo el tiempo y creo que a la hora de escribir estar alerta es interesante, no me permite relajarme, soltar todo lo que se me va ocurriendo y eso lo encuentro tanto en un género como en otro. He descubierto el gusto por la escritura relativamente tarde así que voy buscando dónde me siento más cómoda, por ahora gana la poesía.

 

Por último, como lectora, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?

Pues de Araceli Fernández León y su Cantar para nadie.

 

 

***

Tres poemas de El método Sherezade

 

EL ORIGEN

 

Hemos profanado la costa de Anatolia,

las tierras de Jonia que vieron nacer al maestro.

Hemos deforestado el lenguaje

buscando el palacio escondido

de Pari Banu junto al príncipe Ahmad y ahora

sólo tenemos desierto.

Hemos sido, todas nosotras, Zobeida:

el origen del castigo, la llave del dolor.

Con nosotras se inician las siniestras nupcias,

la caída implacable de las cuchillas

sobre las nucas blancas y hermosas.

Y sin embargo siguen llegando hasta aquí

plumas salvajes y exóticas

de aves ya extintas.

Y sin embargo, sigue estando en el poema

(en qué otro lugar habríamos de hallarlo)

la redención que trae, con el alba, el verso.

 

 

QUÉ RECURSOS NARRATIVOS USÓ SHAHRASAD CON EL SULTÁN PARA CONSEGUIR SALVAR LA VIDA UNA NOCHE TRAS OTRA DURANTE MÁS DE TRES AÑOS Y LO QUE ES MÁS INTERESANTE: ¿PUEDE LA POESÍA ADUEÑARSE DE ESOS RECURSOS?

 

                               I

Shahrasad cuenta al sultán la historia

del porteador y las tres mujeres de Bagdad:

tres hermanas que viven sin hombre,

que lloran, que se rasgan las vestiduras,

que azotan a las perras,

que se citan con tres derviches tuertos.

¿Porqué lloran las hermanas, porque apalean

a las hembras caninas?

¿Por qué están ahí los tres ciclópeos derviches?

Ha afilado, la enésima mujer del sultán,

el arma del suspense y él

se desangra lento

como un cordero en el iftar del Ramadán 

¿puede la poesía jugar también a los misterios,

dejar sin desvelar el final del poema?

 

 

LA MUJER PEZ CANTA A SU SULTÁN

 

y que al desvanecerse el espejismo,

desde las glaucas ondas del abismo

le tentarán las últimas sirenas.

Ernesto Noboa Caamaño

 

 

Yo quiero ser, vida mía, tu última sirena,

tentarte con mi voz y que sucumbas,

a sabiendas, al engaño.

Quiero cantarte en zenda, en sánscrito si es preciso,

la vigilia nómada del rubí

que aprendí a tallar allá

en las montañas negras de la Luna.

Como el eco revoltoso que no calla,

recitaré, antes de que te duermas,

poemas beduinos

para que tenga sentido la vida.

Quiero ser tu última sirena, amor mío,

y que tras mi voz  se mueran

todas las otras mujeres pez. Quiero

que las noches cuenten desde hoy en hégiras

como si también nosotros hubiéramos huido,

y que podamos hablarle al tiempo

como se habla a un hermano muerto.

Quiero

que al desvanecerse el espejismo,

ese que cubre mis piernas de escamas

y mutila la vejez que ya hay en mis ojos,

encuentres a la mujer que te ama.