El cine contemplativo ha sido, desde hace décadas, un territorio donde el tiempo se dilata y la narración se desplaza hacia la experiencia. Son películas que no buscan acelerar al espectador, sino invitarlo a observar, a habitar el plano y a enfrentarse a una forma distinta de estar frente a la imagen.

Dentro de esta corriente, el pensamiento budista, de forma explícita o latente, ha influido en numerosos cineastas que entienden el cine como un espacio de percepción, silencio y transformación interior.

Estas son diez recomendaciones para quienes quieran aproximarse a ese tipo de mirada.

1. Spring, Summer, Fall, Winter… and Spring (Kim Ki-duk, 2003)

Una fábula espiritual estructurada a través del paso de las estaciones, donde el tiempo y la naturaleza marcan el ritmo del relato. Kim Ki-duk construye una narración circular que recorre las distintas etapas de la vida humana: la inocencia, el deseo, la culpa y la posibilidad de redención, utilizando un espacio casi aislado del mundo como escenario simbólico.

La puesta en escena es deliberadamente austera, con pocos diálogos y una fuerte carga visual, permitiendo que los gestos y los silencios adquieran un peso esencial.

La naturaleza no funciona solo como fondo, sino como un espejo del estado interior de los personajes, reforzando la idea de impermanencia y transformación que atraviesa toda la película.

2. The Cup (Phörpa) (Khyentse Norbu, 1999)

Dirigida por un lama budista, esta película ofrece una mirada cotidiana y desdramatizada de la vida monástica. A través de una historia sencilla, combina humor, humanidad y reflexión espiritual sin solemnidad ni artificios.

3. Samsara (Pan Nalin, 2001)

Rodada en escenarios reales de la India y el Himalaya, Samsara reflexiona sobre la tensión entre el deseo y la renuncia. La película conecta la espiritualidad budista con los conflictos humanos, proponiendo una mirada serena y profundamente sensorial.

4. El meditador (Alejandro Palacios, 2024)

Este cortometraje español propone una aproximación contemporánea al cine contemplativo. La obra parte de una acción mínima, un hombre meditando en un parque, para observar cómo la quietud altera el entorno y las reacciones de quienes lo rodean.

Producido por Alicante Film School y actualmente en fase de festivales con MMS Distribución, El meditador se inscribe en la búsqueda personal de su director, Alejandro Palacios, practicante budista, por explorar el cine como un espacio de observación y aprendizaje compartido.

En paralelo a este proyecto, el realizador ha puesto en marcha Seimei Studio, su nueva productora audiovisual desde la que continuar desarrollando esta sensibilidad.

  1. Walker (Tsai Ming-liang, 2012)

Una de las propuestas más radicales del cine contemporáneo, donde la experiencia del tiempo se convierte en el verdadero núcleo del relato.

Tsai Ming-liang enfrenta el ritmo frenético de la ciudad moderna con la lentitud extrema de un monje que avanza casi inmóvil por espacios urbanos, creando una fricción constante entre movimiento y quietud. La cámara observa sin prisa, obligando al espectador a adaptarse a un tempo ajeno al habitual, transformando el acto de mirar en una experiencia física y mental.

El resultado es una obra que no busca ser comprendida de inmediato, sino vivida, y que invita a replantearse la relación entre el cuerpo, el espacio y el tiempo en el cine.

6. Zen (Banmei Takahashi, 2009)

Un acercamiento poco convencional a la figura del maestro zen Dōgen, que renuncia deliberadamente a las convenciones del biopic tradicional.

La película se centra menos en los acontecimientos históricos y más en la vivencia interior del personaje, priorizando la percepción, la contemplación y el proceso espiritual.

A través de una puesta en escena sobria y un uso expresivo de la imagen, el film utiliza el lenguaje cinematográfico como herramienta de reflexión más que de explicación, permitiendo que el espectador se acerque a la filosofía zen desde la experiencia sensorial y no desde el discurso.

7. Baraka (Ron Fricke, 1992)

Sin diálogos ni estructura narrativa tradicional, Baraka propone un viaje visual por rituales, paisajes y culturas. Su montaje y su relación con el sonido convierten la película en una experiencia cercana a la meditación audiovisual.

Mirar el cine como experiencia

Estas obras comparten una voluntad común: desacelerar la mirada. Lejos del impacto inmediato, el cine contemplativo propone una relación distinta con la imagen y el tiempo, invitando al espectador a habitar el plano y a aceptar el silencio como parte del relato