Portada de la reciente edición de Locas por la editorial La Cúpula.

Leer Locas 2, en la nueva edición que nos ha brindado Ediciones La Cúpula, se parece mucho a reencontrarse con alguien a quien hace tiempo que no ves. Paseas por la calle y distingues una cara conocida, pero su forma de hablar la reconoces al instante y parece que siempre ha estado contigo. No hace falta aditamentos, ni una puesta en contexto solemne. Todo funciona. Basta con abrir el libro y dejar que las viñetas empiecen a hablar. Los personajes siguen ahí, un poco más mayores, un poco más cansados, con las mismas manías y nuevas cicatrices. Como pasa en la vida.

Este segundo volumen de Locas funciona como una temporada avanzada de una serie que ya camina sola. Locas 1 cumplía la función de abrir el mundo: presentaba a Maggie, Hopey y su entorno inmediato, mezclando punk, barrio, ciencia ficción y amistad con la naturalidad de quien escucha en el mismo casete a The Ramones y a una radionovela. Locas 2 toma otro rumbo. Aquí el interés ya no está en descubrir, sino en acompañar, en observar cómo el tiempo deja marcas pequeñas y persistentes. Las historias de este volumen avanzan como conversaciones largas que se retoman tras semanas o años de silencio. Maggie Chascarrillo aparece más asentada, con el cuerpo y la memoria cargados de experiencias, como esos personajes de John Updike o Alice Munro que descubren que la vida adulta consiste menos en grandes decisiones que en una sucesión de ajustes. Hopey sigue siendo el motor imprevisible del relato, una presencia que altera cualquier equilibrio, parecida a esos secundarios que acaban robando la película porque se mueven con una libertad contagiosa.

Jaime Hernández construye Locas 2 como una novela coral fragmentada. Cada episodio suma capas, no clímax. El lector asiste a reencuentros, distancias emocionales, deseos que cambian de forma. Todo se apoya en un dibujo cada vez más depurado, que recuerda al trazo esencial de Charles Schulz en Peanuts: pocas líneas, gestos precisos, expresividad contenida. Las viñetas respiran y dejan espacio para que el lector complete lo que no se dice.

El tono del libro se parece al de ciertas películas independientes, como las de Richard Linklater, donde el paso del tiempo resulta tan importante como los diálogos. En Locas 2, los años pesan, pero también afinan. Las relaciones se vuelven más complejas, más ambiguas, más reales. El drama nunca se subraya; aparece integrado en lo cotidiano, como una grieta en una pared conocida.

La edición de La Cúpula refuerza esa sensación de continuidad. El volumen se lee como un tramo más de un largo viaje, con un ritmo que invita a detenerse, a releer miradas y silencios. Locas 2 consolida así una idea poco habitual en este mundillo nuestro. Estamos pensando en el cómic como espacio donde los personajes envejecen, cambian y se contradicen, igual que las personas que los leen. De ahí que encontremos entre sus páginas un diálogo social constante, aunque a veces no es evidente. En ese acompañamiento, este diálogo es el principal elemento de valor de esta obra. En este sentido, pareciera que Locas 2 no buscara impresionar, sino permanecer. ¡Y lo consigue! De hecho, la experiencia de lectura termina convirtiéndose en algo muy cercano a la vida misma. Ese volver a ver a alguien conocido y descubrir que, aunque todo ha cambiado un poco, el vínculo sigue intacto.

Detrás de todo esto está Jaime Hernández, nacido en 1959 en Oxnard, California, en una familia de inmigrantes mexicanos donde los cómics formaban parte del paisaje doméstico. De su madre heredó el gusto por los clásicos del medio, de Archie a Peanuts. De Mad, el sentido de la sátira. De Zap Comix, el descubrimiento de que el cómic podía ser irreverente, libre y adulto. Y del punk angelino de finales de los setenta, una ética que atraviesa toda su obra: desconfianza ante lo establecido, cariño por los márgenes, energía vital incluso en la derrota. Ese cóctel cristalizó en Love & Rockets, la revista que fundó junto a sus hermanos en 1981 y que acabaría publicando Fantagraphics. Desde entonces, el universo de Locas creció como crecen las ciudades: sin un plan maestro visible, pero con una lógica interna poderosa.

La edición de Locas 2 por parte de La Cúpula refuerza esa sensación de continuidad vital. El formato, la traducción y el respeto por el ritmo original permiten leer el libro como una novela fragmentada, sin la sensación de estar ante un producto de archivo. El blanco y negro de Hernández respira, y su dibujo, cada vez más depurado, recuerda a esos músicos que eliminan notas hasta que solo queda lo esencial. Leer este volumen hoy transmite la impresión de estar ante un clásico que sigue creciendo. No se trata de nostalgia ni de arqueología cultural. Locas 2 habla del presente aunque sus historias nacieran hace años, porque el material del que está hecho —amistad, deseo, contradicción, paso del tiempo— no envejece.

Locas 2 no pide atención a gritos. Invita. Se deja leer como se escucha un disco favorito en una tarde tranquila: sin prisa, dejando que cada tema encuentre su momento. Para quienes ya pasaron por Locas 1, el reencuentro resulta natural. Para quienes lleguen más tarde, el libro demuestra que algunas historias no necesitan empezar de cero para resultar acogedoras. Ahí está la grandeza del trabajo de Jaime Hernández: crear un mundo en el que entrar se parece mucho a volver a casa, aunque esa casa esté llena de imperfecciones, ruido y emociones sin ordenar. Y quizá por eso mismo sigue importando tanto.

Por Juan R. Coca