Manuel Pacheco nació en 1993 en Rota (España), donde vivió hasta empezar sus estudios en la Universidad de Cádiz. Uno de sus años universitarios lo pasó en Bonn (Alemania), donde tuvo sus primeros acercamientos con interés a la poesía. Es, actualmente, profesor de Inglés en institutos de Educación Secundaria y Bachillerato. Empezó a trabajar en Granada, donde escribió sus primeros poemas. Luego, ha vivido en pueblos de las sierras de Sevilla y Cádiz, y, actualmente, en Jerez. Aunque había publicado anteriormente unas obras iniciales, de aprendizaje, El carmín y la ceniza (2025), sería su primera obra de madurez. Como publicación independiente, el poema «De una tarde cualquiera», ha sido incluido en el número 40 de la revista “Piedra del Molino”.
La muerte es un bofetón que arde incluso cuando se la espera
Javier Gilabert: ¿En qué momento nace El carmín y la ceniza y qué circunstancias vitales impulsaron su escritura?
Manuel Pacheco: Nace después de que se acabara la relación con mi pareja y de que mi padre enfermara fatalmente. Después de la ruptura, cada vez pasaba más gente por mi vida; eso, una vez se acababa el deseo, me hacía sentir mucha soledad. Pero lo más determinante ha sido la muerte de mi padre; la muerte es un bofetón que arde incluso cuando se la espera. Me obligó a detenerme, a pensar, a reconciliarme. Luego, empezó a venir la esperanza.
He tenido maestros como Pedro Sevilla y José Mateos que me han ayudado mucho
¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Ha cambiado tu forma de trabajar respecto a tus trabajos previos no publicados?
Antes escribía más a ciegas, solamente guiado por lo que me gustaba o lo que me podía sonar bien a mí. Ahora he tenido suerte, he tenido maestros como Pedro Sevilla y José Mateos que me han ayudado mucho. Pedro empezó a hablarme de la importancia de la medida en el poema, de qué haya una música que acompañe a la palabra, para que ayude a la emoción. José me ha enseñado cosas que no son sólo para la poesía, me ha enseñado a mirar la vida de manera distinta. Y una última diferencia sería la buscada sencillez que tienen los poemas. Mi intención ha sido que las palabras que aparezcan en el poema sean las que yo diría en una conversación con un amigo, con una dicción que fuese lo más natural posible.
Una emoción nos llega más cuanto más desnuda está
Publicas tu ópera prima en la recién inaugurada colección de poesía de la Asociación Pie de Página, al cuidado de José Mateos –figura clave de la poesía andaluza–. ¿Qué papel ha jugado Mateos en la gestación, selección o edición de El carmín y la ceniza?
Publicar con Pie de Página ha sido muy ilusionante. También sentía responsabilidad, porque sabía que mi libro vendría después del de Amalia Bautista y el de Marcos Díez, y porque se lo debía, sobre todo, a José, que ha sido verdaderamente generoso conmigo. No sé cuántas horas se habrá privado de estar con su familia o de estar, sencillamente, tranquilo en su casa, para dedicarle esas horas a los poemas que le iba enseñando. Es la primera vez que descarto tantos poemas; me ha ayudado a escoger y a perfilar mejor algunos que estaban peor rematados. Me ha insistido en la importancia del silencio, en que el lector también tenga su papel en el poema, y me ha ayudado a ver que una emoción nos llega más cuanto más desnuda está.
El sonido puede acompañar o intensificar el verso
La presentación contó con música de Sara Jiménez y Pablo Romero. ¿Qué lugar ocupa el ritmo sonoro o la oralidad en tu poesía, especialmente en un libro que se construye sobre emociones?
Creo que la métrica es una herramienta del creador que, aunque lo limita, por un lado, lo ayuda al mismo tiempo, porque hace que uno
busque otras maneras de decir la misma idea. Además, al igual que una canción se queda más fácilmente por la música que tiene, un poema se puede colar mejor en los adentros por la musiquilla que conforman sus acentos, sus fonemas y sus pausas. El sonido puede acompañar o intensificar el verso, puede incluso dibujar una imagen, como la “V” que hacen los pájaros en el cielo, cuando dice San Juan: «¡Apártalos, Amado, / que voy de vuelo!».
Nadie echa de menos lo que le ha sido indiferente
¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores?
Creo que una de las claves podría ser que aunque el libro trata temas poco amables, no hay lástima, sino aceptación. Y, volviendo a José Mateos, también me enseñó a encontrar agradecimiento incluso en la herida. Todos hemos tenido momentos que nos han zarandeado, pero lo que nos duele al perderlo es algo que nos ha dado mucho oro antes, si no, no nos importaría perderlo, nadie echa de menos lo que le ha sido indiferente.
¿Qué efecto esperas que tenga en ellos?
Identificación. Me gustaría que quien lo leyese pudiera verse en el poema. Que yo pueda estar hablando de alguien a quien no conozco mientras hablo de mí. Creo que eso indicaría que el poema ha aspirado a ser verdad. Si además, le encuentran belleza, no creo que hubiese algo que pudiera darme más satisfacción.
¿Qué papel desempeña la estructura o la disposición de los poemas en el volumen? ¿Fue algo deliberado o más intuitivo durante el proceso de creación?
Fue la propia vida quien hizo los dos grandes bloques, el del carmín y el de la ceniza. José fue quien me dijo que los de la última parte eran más bien la manera que yo tenía de dialogar con el mundo después de esos dos jarros de agua fría, un después del carmín y después de la ceniza, con una luz que se filtra y que espera más luz.
Lo sensual también es enigmático
El carmín y la ceniza explora la dualidad entre deseo ardiente y pérdida residual, centrándose en cómo la ausencia de personas clave transforma la vida. ¿Qué te atraía de esa tensión entre lo que quema y lo que queda para tu debut poético?
El amor y la muerte son dos misterios perpetuos. Lo que se puede ver, pero deja espacio para descubrir más, nos hace querer seguir yendo hacia él. Y creo que así es el amor; uno va hacia él, pero nunca sabe dónde está. Lo sensual también es enigmático. Y la muerte es el interrogante que da sentido a la vida. A mí me ha puesto en orden muchos pensamientos y me ha dado una paz dolorosa, una paz que me ha costado, pero que ahora es dulce. Y, en cuanto a la pérdida en sí, es que es una de las reglas del juego de estar vivo: hay que aceptar que todo es una fuga a la que la sigue otra continua fuga.
El libro invita a adentrarse en la emoción compartida de la pérdida. ¿Es este poemario un mapa personal del duelo, o también un retrato colectivo de cómo el tiempo altera nuestras raíces emocionales?
El duelo es el motor del libro, pero sí creo que el tiempo, simplemente por el hecho de pasar, nos cambia. En uno de los poemas, en “Origami”, hablo de eso, de que, siendo el mismo, somos otros, casi como sujetos pacientes de las manos sin freno del azar y del tiempo.
¿Cómo influye el paisaje gaditano –mar, bahía, memoria colectiva– en los claroscuros emocionales de este libro?
Me ha crecido la raíz, que es Rota. Ha ido cada vez más hacia dentro y, aunque viva en Jerez y aunque me guste mucho viajar (hay poemas escritos en Roma y en Helsinki), sigo sintiendo cosas nuevas andando por las mismas calles que llevo pisando desde niño; las calles que pisó mi padre; las que pisó mi abuelo. Haber nacido en Rota es mi manera de estar en el mundo, porque me ha hecho descubrir lo que conozco. Si yo pienso en una puesta de sol, pienso en cómo se pone el sol cuando me siento a verlo desde el espigón de La Costilla. Si pienso en campo, pienso en el rancho de Aguadulce, donde, cuando era pequeño pasaba muchos días de verano y fines de semana. El campo, además, es un espacio en el que es fácil estar más cerca de lo primitivo, de lo que era igual hace miles de años, como sentarte a la sombra de un pino o pararte a disfrutar del aroma de una higuera.
Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte con tres poemas de El carmín y la ceniza, ¿cuáles serían?
Le tengo mucho cariño a “Anillo de bodas” y “Canción de aprendizaje”. Y el que cierra el libro, que no tiene título, es uno de los poemas de los que me sentí más satisfecho cuando terminé de escribirlo.
Como joven poeta roteño en una editorial jerezana emergente, ¿qué retos ves para las nuevas voces andaluzas?
Yo creo que el reto para cualquier voz, joven o no, andaluza o no, es el mismo: conocer la tradición, continuar haciéndola propia, ofrecer algo nuevo y aspirar a que, quien lea el poema, no se quede indiferente después de leerlo.
Por último, como lector, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?
Miguel d’Ors ha sacado recientemente un libro; podría ser buena esa entrevista. Otros dos poetas que me interesan, con libros publicados en 2025, son Víctor Herrero y Victoria León.
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Tres poemas de El carmín y la ceniza
ANILLO DE BODAS
Me lo han dicho tus manos de trajín y ternura,
con el brillo modesto de tu anillo de siempre.
En él hay un mensaje.
En él sigue grabado un vínculo
que rebasa la muerte.
En tus manos vencidas,
se agranda la alianza
hasta volverse un puente
CANCIÓN DE APRENDIZAJE
I
Tu muerte abrió las manos
y tomó de la tierra
un puñado de barro.
Y me secó las lágrimas
ungiéndome los párpados.
Me limpié en una fuente.
Y todo me era extraño:
me veía por dentro
y veía más claro.
Este mirar distinto
todo
me lo ha cambiado.
II
Te escucho ahora, padre.
Con atención, con calma.
Has tenido que hacer
de la tierra tu casa,
para que entienda bien
tu constante enseñanza.
Tierra,
te entregaré mi cuerpo un día.
Te lo daré raído, seco.
Tierra,
cuando me ahogue el fuego
y me haga de ceniza blanda y fría,
acógeme en tu entraña generosa.
Tierra,
teje con mis despojos
tu secreta armonía.

