Ser mujer y ser madre no es lo mismo. Lo de que las mujeres se vean realizadas por la maternidad está muy lejos de poderse generalizar y afirmar, y lo de que todas las mujeres están capacitadas para ser madres, también. Y padres los hombres, por supuesto. No acabo de entender por qué hay que salvar tantos requisitos para adoptar y no para tener hijos biológicos. Este es el mensaje, el de que la maternidad no siempre es jauja, que parece gritar, porque todo es muy intenso, a veces excesivamente y agota, la directora Mary Bronstein en una película cuyo título resulta muy expresivo y queda a medias: Si pudiera te daría una patada, hija mía.

Linda (una Rosa Byrne extraordinaria, de Oscar) es madre de una niña con problemas de nutrición a la que debe alimentar artificialmente con una máquina. Cuando la casa se inunda por un escape de agua y se abre un boquete enorme en el techo de su dormitorio, Linda y su hija tienen que abandonar el hogar y alojarse en un motel de medio pelo y allí esta madre, sobrepasada por los acontecimientos, se bloquea, se verá incapaz de cuidar de su hija y se replantea su maternidad y, de paso, su vida.

Si pudiera te daría una patada está dialogada de principio a fin, o monologada por esa madre que ve que el mundo se derrumba (muy conseguido esa demolición de la habitación como alegoría de su estado anímico y el agujero negro del techo que es el agujero negro vital de Linda) y el espectador va asistiendo a esa carrera hacia el desastre de su protagonista principal que, curiosamente, trabaja como terapeuta cuando no consigue poner en orden el caos mental que reina en su cabeza.

Linda, una madre estresada, cuida, hasta que literalmente revienta, a esa hija pequeña de la que jamás vemos su rostro (si sus pies, su vientre hinchado conectado con una sonda a esa máquina que la alimenta por las noches, oímos su tierna vocecita), recibe órdenes de Charles (Christian Slater), oficial de marina y marido ausente que solo es una voz al teléfono, hasta que se presenta finalmente para solucionar el problema de su vivienda al final de la película, y que no se cansa de hacerle reproches a su mujer por no ser más resolutiva y no reaccionar; solicita terapia al psicólogo (Conan O’Brien) con quien comparte consultorio y que finalmente la abandona por imposible; se droga y emborracha con James (Aspa Rocky), vecino de cuarto de ese motel cochambroso como huida a su desastroso presente; se pelea con la borde recepcionista Diana (Ivy Wolk) que se niega a venderle alcohol fuera del horario establecido; se hace cargo, durante unas horas, del bebé llorón de su paciente Caroline (Danielle Macdonald), otra madre tan inestable como ella; y así hasta su bloqueo final, sobrepasada por las circunstancias y en el que se pregunta si hizo bien en abortar a su primer hijo y no debió hacerlo con este segundo que está obligada a cuidar.

Hay humor negro en el filme de Mary Bronstein, mucha amargura y, sobre todo, un retrato conmovedor y nada maniqueo de su protagonista femenina con el que seguramente no estarán de acuerdo un sinfín de madres felices. La maternidad puede ser una maldición y un infierno cuando no es deseada o no se está capacitada para gestionarla. Película que resulta tan incomoda de ver como brillante, un puñetazo en la cara del espectador y un torbellino de imágenes que acompaña al continuo griterío que sale de la pantalla. Apabulla la película con esa cámara inquieta y con la presencia estresante de su protagonista siempre al borde de la explosión emocional.