Bugonia o el zumbido final: cuando la humanidad deja de ser la reina de la colmena.

Por: Mauricio A. Rodríguez Hernández.

En Bugonia, Yorgos Lanthimos vuelve a tensar la cuerda entre lo absurdo y lo trágico hasta que esta se rompe, y con ella, la ilusión antropocéntrica de que el ser humano es indispensable. La película se despliega como un secuestro delirante, una sátira conspiranoica y, finalmente, una parábola ecológica de resonancias inquietantemente reales. Bajo la superficie de teorías alienígenas, astronautas ancestrales y experimentos cósmicos, Bugonia es una autopsia cultural: una radiografía del fracaso humano como especie dominante y del colapso de la colmena planetaria.

El kidnapping que articula la narrativa no es solo un recurso argumental, sino un gesto simbólico. Teddy Gatz, apicultor obsesionado con teorías conspirativas, secuestra a Michelle Fuller, CEO farmacéutica, figura de poder, mujer rapada y aparentemente inhumana, porque cree que es una extraterrestre infiltrada. En términos psicoanalíticos, Teddy proyecta en Michelle el trauma originario: la muerte de su madre por envenenamiento. Ella encarna al mismo tiempo al verdugo, a la madre ausente y a la deidad castigadora.

El secuestro se vuelve entonces un ritual: una tentativa desesperada de restablecer un orden moral roto. Teddy no actúa solo desde la locura; actúa desde la fe. La conspiración, como hoy en la vida real, funciona como una narrativa de consuelo: explica el caos, asigna culpables y promete una verdad secreta solo accesible para los “despiertos”. Lanthimos no ridiculiza a Teddy; lo expone como producto de una sociedad que ha perdido la confianza en sus instituciones, en la ciencia y en el futuro.

Teddy Gatz: el apicultor como figura trágica.

Teddy es, ante todo, un cuidador de abejas. Y aquí el simbolismo es crucial. El apicultor representa a quien observa con atención un sistema frágil, perfectamente organizado, que depende del equilibrio colectivo. Su obsesión con el Colony Collapse Disorder (CCD) no es anecdótica: las abejas desaparecen como desaparece el sentido, como desaparece la madre, como desaparece la fe en la humanidad.

Desde una lectura psicoanalítica, Teddy vive atrapado en una fijación melancólica: no ha elaborado el duelo materno. La madre, Sandy Gatz, aparece como figura espectral, asociada al veneno, a la muerte lenta y al abandono institucional. Teddy desplaza esa pérdida hacia una causa cósmica: si su madre murió, no fue por negligencia humana, sino por una guerra interplanetaria. Esta fantasía lo salva del vacío, pero lo condena a la violencia.

Michelle Fuller: la alienación del poder.

Emma Stone compone a Michelle como un cuerpo extraño incluso antes de la revelación final. Su cabeza rapada, su lenguaje clínico, su calma casi quirúrgica la colocan en el terreno de lo post-humano. Como CEO farmacéutica, Michelle representa el capitalismo biotecnológico, una industria que promete salvar vidas mientras administra la muerte de manera sistemática.

El giro de Bugonia es que Michelle no representa a los extraterrestres: es una Andromedana. Pero la verdadera inversión es moral. Los alienígenas no vienen a conquistar; vienen a observar. No son violentos; son pacientes. Han intentado, durante milenios, corregir la naturaleza autodestructiva del ser humano. Su decisión final, aniquilar a la humanidad con una burbuja transparente, no es un castigo emocional, sino un procedimiento técnico.

Aquí Lanthimos plantea una pregunta incómoda: ¿y si la extinción humana no fuera una tragedia, sino una solución ecológica?

Autismo, cuidado y dependencia: Don como espejo social.

Don, el primo autista de Teddy, no es un mero acompañante. Su presencia subraya una ética del cuidado mal entendida. Don obedece, ayuda, asiste, pero no decide. Representa a los sujetos que el sistema instrumentaliza bajo la excusa de la protección. En el secuestro, Don no es culpable ni inocente: es funcional. Lanthimos lo utiliza como reflejo de una sociedad que explota la vulnerabilidad mientras se proclama inclusiva.

La policía y la falsa normalidad.

El personaje del oficial Casey Boyd, antiguo niñero de Teddy, encarna la autoridad paternal fallida. Su búsqueda de Michelle es mecánica, casi burocrática. No comprende el trauma ni la dimensión simbólica del crimen. En Bugonia, la policía no es malvada; es irrelevante. El Estado llega siempre tarde, incapaz de intervenir en los verdaderos conflictos: el colapso emocional, ecológico y espiritual.

Matricidio, suicidio y extinción.

La película está atravesada por la muerte materna. No solo la madre de Teddy: la Tierra misma aparece como una madre agotada. El envenenamiento, el suicidio implícito de la humanidad y la decisión final de los Andromedanos forman una cadena lógica. La humanidad, incapaz de cuidarse y de cuidar su entorno, se suicida lentamente. Los alienígenas solo aceleran el proceso.

Abejas, colmenas: el mensaje ambiental.

El símbolo central de Bugonia es la colmena. El Colony Collapse Disorder, fenómeno real donde las abejas obreras desaparecen dejando atrás a la reina y las larvas, funciona como metáfora brutal de nuestra época. Los humanos somos las abejas obreras que han abandonado su función ecológica, obsesionadas con el consumo, la dominación y la violencia. La reina, la Tierra, queda rodeada de recursos, pero sin quienes los sostengan.

El plano final, con las abejas regresando al apiario de Teddy mientras la humanidad ha desaparecido, es devastador y sereno. La naturaleza no celebra; simplemente continúa. Sin nosotros, el mundo no se derrumba: se reorganiza.

Bugonia y la realidad contemporánea.

En tiempos de negacionismo climático, colapso ambiental, pandemias y conspiraciones virales, Bugonia funciona como una advertencia disfrazada de fábula absurda. Lanthimos no nos dice que los extraterrestres vendrán a salvarnos; nos sugiere que no merecemos ser salvados si no cambiamos radicalmente.

Bugonia no es una película cómoda. Es una sátira cruel, un ensayo ecológico, una tragedia psicoanalítica y una profecía silenciosa. Al final, la pregunta no es si Michelle era un alienígena, sino si la humanidad alguna vez actuó como una especie digna de seguir habitando la colmena.

El zumbido final no es de amenaza. Es de reemplazo.