La Herencia Invisible: Cine, Trauma y Afecto en “Sentimental Value”.

Por: Mauricio A. Rodríguez Hernández.

En Sentimental Value (Affeksjonsverdi, 2025), Joachim Trier construye una obra silenciosa pero devastadora, un drama íntimo que no grita sus conflictos, sino que los deja sedimentar como capas geológicas de memoria, culpa y afecto mal expresado. Fiel a su cine, profundamente humano, reflexivo y moralmente incómodo, Trier propone aquí una exploración sobre aquello que se hereda sin palabras: el trauma, la incapacidad emocional y la forma torcida en que el amor se transmite cuando nunca se aprendió a nombrarlo.

La película sigue el reencuentro de las hermanas Nora y Agnes con su padre Gustav, un cineasta distante, intelectual y emocionalmente torpe, cuya vida ha estado marcada por la sombra de su propia madre, Karin, sobreviviente de torturas en la posguerra noruega. Pero Sentimental Value no es solo una historia familiar: es un ensayo cinematográfico sobre cómo el arte se convierte en refugio, traducción y, a veces, sustituto del afecto.

Gustav, interpretado con una sobriedad casi dolorosa por Stellan Skarsgård, encarna a una generación de hombres formados en el silencio. No es violento ni explícitamente cruel, pero su forma de amar es abstracta, mediada por el intelecto y, sobre todo, por el cine. Con su nieto Erik logra una conexión más fluida que con sus hijas, pero incluso ahí el vínculo se establece a través de películas: imágenes que reemplazan conversaciones, ficciones que suplen la presencia emocional.

Desde un enfoque psicoanalítico, Gustav es un sujeto escindido: incapaz de procesar el trauma heredado de su madre, lo sublima en creación artística. El problema no es que haga cine, sino que solo sabe amar a través del cine. La cámara se convierte en su lengua materna; el guion, en su confesión. Así, sus hijas crecen frente a un padre que observa, registra y transforma, pero no acompaña.

Nora, interpretada por Renate Reinsve, es el corazón emocional de la película. Su relación con Gustav está marcada por microagresiones acumuladas: comentarios minimizadores, ausencias justificadas, expectativas no cumplidas. No hay un gran abandono dramático, sino algo más corrosivo: la sensación persistente de no haber sido vista.

Nora representa a quienes crecieron en entornos donde el afecto existía, pero nunca era accesible. Su resistencia a leer el guion de su padre no es capricho, sino defensa psíquica: teme que incluso ahí, en la confesión artística, él siga hablando sobre ella sin hablar con ella. Cuando finalmente lo lee y acepta participar en la película, no se trata de reconciliación plena, sino de un gesto profundamente humano: permitir que el otro intente, aunque sea tarde.

Agnes, interpretada por Inga Ibsdotter Lilleaas, asume el rol de mediadora familiar, pero también de investigadora del pasado. Su visita a los Archivos Nacionales de Noruega para leer el testimonio de su abuela Karin es uno de los actos más poderosos del film. Karin, que se negó toda su vida a hablar de la tortura sufrida, deja una huella escrita que funciona como legado involuntario.

Agnes comprende entonces que el silencio también es una forma de transmisión. El trauma no elaborado se filtra en los vínculos, en la crianza, en la incapacidad de Gustav para sostener emocionalmente a sus hijas. Su lectura del guion revela algo crucial: aunque la historia esté inspirada en Karin, el arco emocional pertenece a Gustav y su arrepentimiento por haber fallado con Nora. El arte aparece aquí como espacio de verdad diferida.

La escena final del guion, que recrea el suicidio de Karin en un contexto contemporáneo, funciona como símbolo del trauma que se repite, aunque cambien las épocas. No es un deseo de morir, sino una incapacidad de seguir cargando lo no dicho. Trier no presenta el suicidio como espectáculo, sino como herida heredada, como recordatorio de que lo no trabajado tiende a reaparecer.

Sentimental Value es especialmente lúcida al retratar las microagresiones familiares: frases aparentemente inofensivas, gestos de indiferencia, silencios prolongados. Aquí no hay villanos claros. Hay personas emocionalmente limitadas intentando amar con herramientas defectuosas. El film denuncia, sin estridencia, una forma de violencia cotidiana: la falta de inteligencia emocional como daño estructural.

La decisión de Nora de unirse a la película de su padre no es una absolución, sino un acto de traducción mutua. El cine se convierte en un espacio de encuentro tardío, donde lo que no pudo decirse en la vida encuentra una forma simbólica. Trier parece sugerir que el arte no repara el daño, pero puede hacerlo visible, y eso, a veces, es lo más cercano a la justicia emocional.

En una época marcada por la revisión de los vínculos familiares, la salud mental y los traumas intergeneracionales, Sentimental Value dialoga directamente con nuestra experiencia contemporánea. Muchas familias no están rotas por grandes tragedias, sino por pequeñas ausencias reiteradas. La película nos recuerda que amar no es solo sentir, sino saber comunicar, escuchar y estar.

Sentimental Value es una película sobre lo que queda cuando el amor no encuentra palabras, sobre el peso invisible de la herencia emocional y sobre el cine como último intento de decir “lo siento”. Joachim Trier firma una obra madura, profundamente empática y dolorosamente honesta, que no promete reconciliaciones fáciles, pero sí una verdad esencial: entender el origen del daño no lo borra, pero puede impedir que siga reproduciéndose.

En ese gesto final, leer, mirar, actuar, reside el verdadero valor sentimental de la película.