Es innegable la emoción que todos sentimos al abrir una caja nueva al estrenar un objeto por primera vez. Un móvil recién salido de su caja, una cafetera con brillo de escaparate, unos auriculares todavía sin huellas, sin embargo, esa alegría no dura demasiado y el mercado lo sabe, por eso la sociedad y sus habitantes viven rodeados de objetos que parecen diseñados para agotarse psicológicamente antes de que lo hagan técnicamente.

Esa mezcla de impulso, agotamiento y deseo constante forma parte del síndrome del objeto nuevo, un deseo que alimenta una rueda de consumo difícil de frenar. En la primera capa de este fenómeno aparece inevitablemente la obsolescencia programada, una expresión que no solo remite a fallos técnicos deliberados, sino también a la estrategia emocional de convencer al público de que lo “viejo” es ineficiente aunque siga funcionando. Muchas personas cuentan que su móvil, por ejemplo, no va peor… simplemente “se siente” peor frente a las novedades que aparecen cada mes. Esa percepción está estudiada y diseñada a idea.

En plena era digital, esa sensación se multiplica. Las actualizaciones constantes, los anuncios que nos siguen de pantalla en pantalla, el ritmo de lanzamientos, todo configura un entorno en el que detenerse a evaluar lo que tenemos se percibe como una revolución, como un acto de resistencia. Sin embargo, cada vez más consumidores empiezan a ser conscientes de esta situación, algunos lo explican con una frase simple, pero que resume este estado: “Estoy cansado de comprar sin necesidad”. Se trata de una fatiga emocional que está creando nuevos hábitos.

El objeto como compañía, no como sustituto

El vínculo con los objetos cambia cuando dejamos de medirlos por su novedad y empezamos a observar su función real en nuestras rutinas. Un portátil que dura ocho años, una prenda remendada con paciencia, una batidora que solo necesita una simple pieza para seguir funcionando, de este modo, se rompe la narrativa del descarte rápido.

Varios colectivos dedicados a la reparación, desde asociaciones locales hasta talleres comunitarios, reconocen el aumento de la demanda de su actividad tanto por razones económicas como por un deseo de reconectar con los objetos. Quien repara algo suele recordar la primera vez que lo usó o el motivo por el que lo compró. Eso crea un tipo de vínculo que el mercado no suele tener en cuenta, pero que tiene un valor cultural evidente.

Parte de desmantelar este síndrome implica aprender a ralentizar. La prisa por sustituir aparece cuando respondemos de forma automática a una carencia aparente. Dejar pasar unos días, analizar si necesitamos realmente un objeto nuevo o si basta con actualizar, limpiar, ajustar o reparar lo que ya tenemos, cambia completamente nuestra relación con el consumo.

En los hogares españoles se está consolidando que antes de comprar, se pregunta a alguien cercano si cree que es necesario. Esa conversación, tan simple, actúa como un filtro emocional frente al impulso. Es un modo de poner en común dudas, presupuestos, prioridades… y de sacar el consumo de la esfera individual para situarlo en un contexto más consciente.

Hacia una cultura de permanencia

Lejos de renunciar a la tecnología o demonizar a la industria, se pretende recuperar un equilibrio que beneficie tanto al planeta como a la propia estabilidad económica del consumidor. La cultura de la permanencia es una forma de volver a valorar la vida útil, la funcionalidad y la relación íntima que podemos construir con los objetos cuando dejamos de medirlos por su fecha de estreno.

A fin de cuentas, desactivar el síndrome del objeto nuevo comienza con nuestra manera de mirar. Cada decisión de consumo es un pequeño acto cultural, doméstico, que moldea el entorno que habitamos.