El pasado 1 de enero la edición digital de El País publicó una reseña dedicada a mi traducción de la novela Petróleo de Pier Paolo Pasolini. En ella, su autor, Antonio Giménez Merino, propiciaba un acercamiento sesgado a esta nueva edición de la obra póstuma del poeta y cineasta italiano; ya en su encabezamiento se lee textualmente que la “nueva traducción de ‘Petróleo’ […] desecha textos de la edición italiana que contextualizaban la novela”. Cabría preguntarse, de entrada, a qué edición y a qué textos se refiere el señor Giménez: porque son 4 las ediciones de la novela publicadas hasta la fecha; la contribución de la estudiosa Maria Careri a la fijación del texto se remonta a su primera edición de 1992, y ha seguido participando en las sucesivas; la otra autoridad pasoliniana invocada por Giménez, Walter Siti, lo hace, en colaboración con Silvia De Laude, desde la segunda. El comentarista debería aclarar que la edición que maneja, la cuarta, es la única en la que se incluyen algunos de los textos que, según él, poda mi traducción. Los textos en cuestión, fundamentalmente dos conferencias de Eugenio Cefis, oscuro personaje de tramas delictivas político-empresariales, estaban en el dosier de los materiales preparativos de la novela desde siempre, y solo en 2022 Siti decide publicarlos. (Otro asunto es por qué no lo había hecho antes y sí lo hace ahora). La cuarta edición incorpora además 44 fragmentos textuales inéditos de Pasolini (no material de apoyo, como las conferencias aludidas) que, por supuesto, mi traducción incluye; lo que no parece del interés de Giménez. La pauta seguida en la edición de Nórdica (la misma de las tres primeras ediciones de la obra, en las que también participaron Careri o Siti) ha sido la de integrar estrictamente los textos de autoría pasoliniana, incluidos los nuevamente aportados por la 4ª ed., y no otros. Aparte de cuestiones que tienen que ver con criterios filológicos intratextuales (que más abajo explico), esta decisión ha sido tomada en el respeto de las varias posibilidades interpretativas que el texto consiente, no solo la de que se trate esencial y mayoritariamente de una obra sobre el poder y sus turbias maniobras; esta es la lectura de Siti, y por ello, legítimamente, incluye las aludidas conferencias. Mi edición presenta las distintas perspectivas con las que ha sido interpretada la novela, pero no privilegia ninguna: por ello, además –repito– de los motivos ligados a la estricta autoría, no incluye dichos textos. Cuya hipotética presencia en una igualmente hipotética versión definitiva de la obra es, por lo demás, incierta. El propio Siti la declara tal, cuando afirma que Pasolini los habría integrado en el texto, “probablemente” (p. 808, 4ª ed. italiana); mientras que excluye otros materiales preparatorios, simplemente porque “quizá no” (p. 809) los hubiera incluido el propio autor. Volviendo a los discursos de Cefis, tampoco sabemos exactamente cómo habrían sido insertados en la obra, ya que el propio autor habla de ellos como “dos pilares entre los que se dispone la peregrina materia” de la novela (p. 687 de la traducción), pero probablemente refiriéndose al arco de tiempo que media entre el primero y el segundo (desde febrero del 72 hasta junio del 74) como ámbito cronológico cuyas “fechas están manipuladas” (p. 688), por lo demás. Y tampoco sabemos cómo los habría utilizado, a pesar de que el narrador habla de “introducir[los]” (p. 162), puesto que, al respecto de la “peregrina materia” que los incluye, expone: “Toda la materia se dispone atemporalmente, por yuxtaposición y subdivisión en sus propios elementos, yuxtapuestos, como en una pintura primitiva, frontal, alegórica, etc.” (p. 688). Probablemente, no los habría incluido tal cual, como hace Siti. Atender a la literalidad, por otra parte, habría significado, por ejemplo, dar pábulo asimismo al perentorio “Destruir este apunte” (p. 688) –privando al lector de unas cruciales anotaciones–, cosa que por fortuna esta vez no hace Siti, justificándose en que “nada impide creer que [ciertos apuntes] formen parte de ese juego metafilológico del que el propio Pasolini habla en el proyecto del libro”.

Resumiendo: la nueva traducción incorpora, por todos los motivos expuestos, exclusivamente los textos de autoría pasoliniana. Tal operación es censurada por Giménez porque privaría al lector tanto del “contexto que envolvió la composición de la obra como [de] las razones de su reconstrucción editorial”. Probablemente, Giménez no ha prestado la debida atención ni a la introducción ni a las más de 280 notas al texto, buena parte de las cuales ilustran precisamente estas presuntas (pero falsas) carencias.

He de referirme a una última cuestión. Giménez cierra su reseña acusándome de fomentar una lectura de la novela según la “disparatada” (sic) teoría de Giuseppe Zigaina, una teoría que acaso conoce solo de referencia. Mi edición no pretende propiciar esta o aquella lectura, sino presentar su multiplicidad: y dedico la traducción a Zigaina por razones privadas que explico en la introducción, añadiendo que ante su turbadora heurística suspendo el juicio. Pero no la desprecio, ignorándola.

 

Miguel Ángel Cuevas

Catedrático de Filología Italiana

Universidad de Sevilla