JOSÉ LUIS MUÑOZ
Mucho me gustó Nomadland, la película sobre el nomadismo laboral, y la explotación, de la directora china Chloé Zhao que consiguió tres Oscar en plena pandemia, y seguramente disgustó a ese gigante que es Amazon al que se aludía directamente, como poco o nada Hamnet, su última película sobre el duelo que pasa Anne Hathaway (Jessie Buckley) cuando pierde en dramáticas circunstancias a uno de sus hijos gemelos mientras su marido, retirado en Londres, estaba ausente. Hay que aclarar, aunque su nombre no se pronuncie hasta los últimos quince minutos de la larga película, que ese marido descastado que, en vez de estar con su mujer para la crianza de su prole, se dedica, supuestamente (porque hay que suponerlo) a escribir comedias y dramas en Londres, es, aunque no lo parezca, William Shakespeare (un Paul Mescal, bastante peor que en Gladiator II)
Hamnet es una película gris, y no por su fotografía oscura (a veces un fotograma directamente en negro) de Lukasz Zal, que también, sino por toda su realización. Las secuencias, especialmente las de la muerte del niño, y también la ridícula representación del drama de Hamlet final en el corral de comedias, se expanden de forma excesiva sin ninguna razón. Que el personaje que interpreta Paul Mescal sea William Shakespeare es algo que debemos creernos con fe ciega si no se ha leído la sinopsis de la película; se enfada y chilla, despertando a su bebé, ante unos pergaminos que emborrona porque le falta la inspiración, y esa es la única alusión que se hace a su faceta literaria en los más de ciento veinte minutos de metraje. Con esa mínima secuencia, la realizadora china se cree que ya ha presentado al bardo y dramaturgo universal.
Centrando la película en la figura femenina, en Anne Hathaway, una herbolaria con fama de bruja que corretea por los bosques aledaños recogiendo plantas medicinales, el interés de la película se reduce considerablemente y el conflicto nuclear que debería presidir la película, la competencia entre el amor de pareja y la pasión adictiva a la literatura, queda diluido: la lista de grandes creadores que han sido, a lo largo de la historia, pésimos maridos y peores padres es interminable. William Shakespeare, según el guion de la película, y la novela en la que se inspira, escribió Hamlet como exorcismo para soportar la muerte de su hijo, como reconocimiento a la culpa por no haber estado presente en ese momento fatal.
Hamnet, película estirada, aburrida y fallida, carece de nervio y corazón, y no consigue, a pesar de dos secuencias que lo buscan, y fracasan (el doble parto; la muerte del hijo) emocionar. Cuesta empatizar con Jessie Buckley, a pesar de su alarido desgarrador, pero hacerlo con Paul Mescal es todavía más difícil, misión imposible: química cero entre los protagonistas. Así es que la película de Chloé Zahó me produce indiferencia absoluta y decepción total a pesar de que amenaza con arrasar en la carrera de los Oscar. Pero no me hagan mucho caso, porque las críticas que voy leyendo la tachan de obra maestra conmovedora con la excepción del siempre vitriólico Carlos Boyero con quien de vez en cuando sintonizo. Juzguen ustedes.

