Era entonces el uno de enero de 1907 y en una de las muchas cartas que escribiría a su mujer Clara, el poeta austriaco Rainer Maria Rilke reflexionaba sobre las posibilidades, y la responsabilidad, que vienen unidas a un año nuevo:
«Y ahora, creamos en un largo año que se nos da, nuevo, intacto, lleno de cosas que nunca han sido, lleno de trabajo que nunca se ha hecho, lleno de tareas, exigencias y demandas; y veamos que aprendemos a tomarlo sin dejar caer demasiado de lo que tiene para otorgarnos, exigiendo de él cosas necesarias, serias y grandes.»
Solemos creer que los años, al cambiar, traen el empuje para cambiar algunas cosas. Así lo sugieren las tradiciones, nos lo susurran al oído las supersticiones y lo pregonan sin recato las campañas publicitarias que nos venden la oportunidad renovada de un nuevo comienzo. En la mayoría de los casos, poco queda de ese impulso a las pocas semanas, cuando la euforia se esfuma y la rutina se impone. De hecho, prácticamente desde mediados de enero empieza a sonar extraño, caduco y desfasado felicitar el año nuevo. Lo mismo que a muchos lectores, probablemente, les parecerá esta columna escrita en el albor de febrero.
Sin embargo, el año nuevo dura 365 días y, en teoría, es un mundo de posibilidades hasta el último recodo del próximo 31 de diciembre, donde seguirá habiendo oportunidades, cosas por hacer.
Dejar de fumar. Hacer más deporte. Estudiar más. Trabajar menos. Tener más paciencia. Ser más disciplinado. Retomar el contacto. Romper relaciones. Viajar más. Salir menos. Pintar la cocina. Arreglar el tejado. Pedir perdón. No dejarse avasallar. Escuchar más. Hablar menos. Disfrutar más y preocuparse menos o, en otros casos, disfrutar menos y preocuparse más. Gastar menos y ahorrar un poco. Darse más caprichos. Comer más verdura. Beber menos. Cambiar de casa. Casarse o separarse. Llamar. No contestar más.
Infinitas las variables. Inacabable la casuística.
Dicen algunos que ese es el verdadero objetivo de las 12 uvas: tener un deseo por cada una. En otros países escriben la lista de resoluciones en papel para luego quemarla (curiosa alquimia de la destrucción y el deseo); en otros se sale con una maleta vacía para atraer viajes y nuevas oportunidades, y se dan unas vueltas a la manzana; en otros comen lentejas para atraer la buena suerte. En general, la ola eufórica de las fiestas, los reencuentros con amigos, las comilonas y las copas de más permiten jugar a convertir los sueños en planes, los deseos en proyectos, por un rato que dura, más o menos, hasta estas fechas.
Quedan por delante aún, sin embargo, trescientos treinta días intactos, llenos de posibilidades y de responsabilidad, llenos de trabajo que nunca se ha hecho. Días que se desarrollarán ante nuestros ojos, cargados de eventos y sucesos, muchos de ellos consecuencia de estos tiempos convulsos en los que vivimos, en los que los cimientos se estremecen, las tensiones se multiplican y se tambalean los acuerdos básicos que un día hicimos para vivir, más o menos, con tranquilidad.
Tal vez por eso, porque el mundo exterior parece conspirar contra ella, la calma se vuelve más necesaria que nunca. No como evasión ni como parálisis, sino como ese centro desde el cual uno puede responder —y no solo reaccionar— a lo que viene. La calma, esa dimensión interna que solo existe, paradójicamente, cuando uno consigue mantenerla, decide cultivarla e incluso se concentra en defenderla.
El deseo de una calma sostenida a pulso contra el ruido, desde donde sea posible vivir la felicidad sin euforia, la tristeza sin drama, la responsabilidad sin estrés, los problemas y las preocupaciones sin angustia. Para que así sea posible afrontar el año, como pedía Rilke, sin dejar caer demasiado de lo que tiene para otorgarnos.
Feliz año nuevo, por todo lo que queda.


