
En el arte, como en la vida, el acierto se encuentra en la distancia que media entre el propósito y el logro; no es un valor absoluto, sino relativo: la calidad del trofeo depende de la intención del aspirante a ganarlo.
Así, cuando veo una película, no la aprecio en función de MIS tristes y estrechas expectativas, sino de las de sus artífices. ¿El guionista se creía un genio y nos entrega un galimatías? Fracaso. ¿Asumía la humildad de su propuesta y percibo un producto sencillo, fresco y honesto? Éxito. Y así con el productor, el director, los actores… Proceder de otra manera me llevará a erigirme, tal vez, juez supremo de la cinematografía, pero me estaré perdiendo miles de obras decentes de las cuales no podré esperar la salvación de mi alma, sino solo disfrutar de una hora y media de talento consciente de sus límites.
Viene esto a cuento de la sarta de imbecilidades que suelen leerse en esta FilmAffinity a propósito, ojo, no de las buenas películas (esas se defienden solas de sus peores adalides) ni de las malas de remate (a esas no hay quien les presta atención, se desacreditan solas), aunque sí de las medianas. Y mediana es El hombre perfecto, y no ese truño apestoso al que quienes escriben imbecilidades en dicha web parece haberles parecido.
No se trata, en absoluto, de una «comedia romántica», como la tildan aquellos que seguramente ni siquiera la han mirado, o si lo han hecho, realmente no la han «visto», ya que el amor, aquí, no es más que un McGuffin -les suena, ¿eh, cerebritos?-, un cebo tendido para incautos en el que solo un ojo obtuso picará.
Esta es la historia de dos mujeres (madre e hija) desubicadas que se deslizan por la vida sin lograr encontrar nada que les permita arraigarse en ningún estado concreto, lo cual les acaba infundiendo la idea de que, si se les planta delante de las narices, la única respuesta posible es salir huyendo. Algo que sigue siendo radicalmente actual, me temo, aunque el filme se rodase ahora hace veinte años. Por suerte para ambas, el destino querrá que se crucen en su camino dos personas tan sencillas y honestas como ellas, lo cual les permitirá revertir la deriva en la que se hallaban inmersas para «abrirse» al riesgo de vivir, de plantas raíces, de ser y estar con los demás.
El guion está perfectamente armado, y no engaña a nadie. Las actrices cumplen sobradamente, si bien Duff da muestras de su «intensidad» interpretativa en todo momento, incluso si no viene a cuento. El actor, un tal Noth, en cambio, es un desastre total: inexpresivo, soso, carente de talento. Yo lo he pasado realmente bien viéndola por SEGUNDA vez, y no se me caen los anillos por admitirlo, aunque me gane la mofa y la befa de esos listillos cuya triste vida parece reducirse a denigrar a quienes llevan a cabo un trabajo más que digno, sin creerse lo que no son ni dar gato por liebre.
Aunque nadie me lo ha pedido, al estreñido cinéfilo que se sienta incapaz de gozar, ni que sea por una hora y media, del sencillo placer de una película modesta, le doy este consejo: la próxima vez que se te presente la ocasión, no la dejes escapar y ¡bésala, estúpido! Igual descubres que, hasta entonces, aunque te creyeras un rey no eras más que un triste sapo.

