JOSÉ LUIS MUÑOZ

Cine lento, pero intenso, el de esta producción entre Alemania, Canadá, Qatar, Palestina, Italia y Jordania dirigida por Ameer Fakehr Eldin (Ucrania, 1991), sirio del exilio nacido en Ucrania. Yunan llega tras El extranjero, el debut cinematográfico de este jovencísimo director, film denso sobre los exilios, interiores y exteriores, y el desarraigo que comportan.

Munir (Georges Khabbaz), un escritor árabe exiliado en Alemania, sufre un bloqueo mientras está escribiendo una novela y ese parón se une a su angustia vital cuando su madre, aquejada por demencia senil, ya no le reconoce. Munir abandona a su pareja (Sophie Strupix), tras una noche de sexo frustrante­­—una secuencia hopperiana: los dos desnudos, en plano lejano, en una habitación oscura que ilumina de tanto en tanto la luz de un tren que pasa por la ventana—, y va a refugiarse a una perdida isla del mar del Norte completamente llana que casi desaparece bajo el mar cuando estallan las fuertes tormentas de invierno. Allí se hospeda en el hotel rural que regenta Waleska (Hanna Schygulla) y en el contacto con la pequeña comunidad del enclave, que vive de la ganadería, empieza a encontrar el sentido de la vida que había perdido y lo abocaba al suicidio.

Resulta curioso decir que una de las mayores virtudes del film de Ameer Fakehr Eldin es precisamente su morosidad, ese ritmo lento de cada una de las secuencias que permite al espectador fijarse en los más nimios detalles y disfrutarlos. El escritor árabe, que frecuentemente hiperventila por ataques de ansiedad, visualiza un relato recurrente que funciona como bucle en el film: la historia del pastor (Alí Suliman) sin nariz, ojos ni boca que vive con una bella mujer (Sibel Kekilli) y cuida de un rebaño de ovejas; un cuento que le contaba una y otra ve su madre y le traslada a esas tierras de su país que hubo de abandonar para instalarse en Hamburgo.

En algunos momentos, la película del realizador sirio remite a las del turco Nuri Bilge Ceylan. En otras, la secuencia de la ballena varada, al ruso Andréi Sviáguintsev de Leviatán. Nuestro escritor pedalea en la vieja bici que le ha dejado Waleska por la única vía asfaltada de esa isla deshabitada, que también tiene una vía férrea, pasea por sus prados entre apacibles vacas manchadas, se asoma a ese mar que pronto, en una de las más espectaculares secuencias, inundará la isla,  y socializa, de vez en cuando, con sus escasos habitantes en el pequeño bar en donde se reúnen para beber y luego practicar una especie de lucha canaria que termina cuando se derriba al contrincante, y Munis prueba sus fuerzas con Karl (Tom Wlaschiha), el hijo de Waleska que siempre le ha mostrado su hostilidad y le pregunta qué ha venido a hacer a la isla.

El paisaje es un personaje más en Yunan. Una isla que tiene contadas elevaciones, en donde están construidas las escasas casas de sus habitantes, que las preservan de la inundación del mar cuando sube de nivel por los temporales que la sumergen. Ameer Fakehr Eldin recoge, a plano cenital de dron, ese espectacular fenómeno de los verdes prados que van siendo engullidos progresivamente por el mar y redibujan otro paisaje y convierten las viviendas en micro islas. El personaje de Waleska, la misteriosa dueña del único alojamiento, con quien al principio no congenia Munir (discute con ella porque no quiere darle alojamiento por no haber reservado previamente: la rigidez germana), se convierte en un personaje amable y cercano que termina empatizando con el extraño y se convierte en un elemento de sanación. Es tierna la escena en la que ella pone música árabe en su reproductor y los dos, ante los habitantes de la isla reunidos en el pequeño hotel, improvisan una danza sinuosa.

Ameer Fakehr Eldin compone un film tan bello, como reflexivo e intimista, exquisitamente bien fotografiado y musicado y en donde ese paisaje llano de la isla es más que un simple decorado. Yunan es una película sobre el desarraigo del exilio y sobre la relativización de la propia existencia. En voz interior, mientras Munis vuelve a su Hamburgo del que se ha ausentado en ese viaje, reflexiona sobre la levedad de la vida y sobre esa patria que es la infancia, el cuento mil veces repetido del pastor sin boca, nariz y orejas, su bella mujer y sus ovejas.