Por Jesús Cárdenas.
En Mañana no nos acordaremos de nosotros, Christian Encarnación propone una poética del desprendimiento que se articula desde la conciencia de la fragilidad. El olvido aparece aquí como una experiencia íntima y casi necesaria, una fisura por la que puede emerger algo esencial: un resto mínimo, una verdad apenas balbuceada. Publicado por Huerga & Fierro, el libro se instala ya desde su título en una temporalidad precaria, donde el mañana no promete continuidad ni recuerdo, sino una disolución compartida que, lejos de ser trágica, adquiere un matiz casi consolador. En este sentido, el libro dialoga con cierta tradición filosófica (de Heráclito a Blanchot) que entiende la identidad no como permanencia, sino como tránsito y pérdida.
El prólogo de Marisa Martínez Pérsico ofrece una clave de lectura decisiva al señalar la centralidad del sueño como espacio de acceso a un conocimiento más auténtico, menos vigilado por la razón. En efecto, los poemas de Encarnación se mueven en un estado de tránsito permanente, cercano a la duermevela, allí donde la conciencia se vuelve porosa y la identidad deja de afirmarse con certezas. No es casual que el libro esté compuesto por poemas breves —cuarenta composiciones distribuidas en tres secciones—: la escritura parece obedecer a la lógica del sueño, que irrumpe de forma fragmentaria, sugiere y se retira antes de fijarse del todo. La excepción del poema inicial, de mayor extensión, funciona como un umbral: una entrada a ese territorio inestable donde algo siempre se pierde y donde el lenguaje llega tarde, cuando la experiencia ya ha comenzado a desvanecerse. A este respecto, se intuye una relectura moderna del tempus fugit como constatación íntima de que lo inevitable termina causando silencio.
«Varias veces me despierto / con la sensación de que me han quitado / algo en el sueño», leemos al comienzo. Esa sensación de sustracción es uno de los motores del libro. En otra composición se dice: «Abres los ojos / procesas el arrebato / que te saca del sueño / el alma despierta primero que el cuerpo / y en cada despertar se deja algo de esencia / pegada a las sábanas». El yo poético intuye que aquello que se ha desprendido pertenece a una zona profunda e innombrable, «muy adentro». El despertar aparece entonces como una forma de desposesión inevitable, casi traumática, una violencia suave que nos arranca de un estado de plenitud imprecisa. De ahí el deseo expresado en el poema «Noir»: «ojalá me atrape la noche y no el recuerdo». El sueño se configura como un espacio de tránsito en el que se juega tanto la pérdida como la posibilidad misma de decir, un lugar donde la poesía aún no ha sido domesticada por la vigilia, en una línea que recuerda a cierta poética de Alejandra Pizarnik, donde dormir y desaparecer se confunden.
Uno de los rasgos formales más visibles del libro es la apuesta por títulos extensos, que funcionan como anotaciones marginales o comentarios que amplían y tensionan el poema. Estos títulos dialogan con el texto, lo anteceden o lo contradicen, como si el autor desconfiara de la autosuficiencia del verso breve y necesitara ese exceso para saturar el sentido. Hay en esta estrategia una conciencia aguda del artificio poético, que se explicita en composiciones de tono metapoético: «voy dejando mis pedazos / en estos artefactos / que llaman poemas». El poema aparece aquí como un residuo, como una señal lanzada al lector desde una posición de precariedad, evocando una escritura que asume su imposibilidad de fijar sentido. Todo lo demás —afirma el texto con una ironía desarmante— «es una mera coincidencia». Esta desconfianza hacia la palabra enlaza con la tradición moderna que va de Mallarmé, Beckett y se prolonga en poetas contemporáneos, donde el lenguaje ya no garantiza el sentido, sino que expone su propio agotamiento.
Esta conciencia del límite se refuerza en piezas como «Escribir unos versos que reptaban por la cama», donde se lee: «Después de años siendo insomne / el único sueño que conservo / es el que producen ciertos libros al leerlos». La literatura se convierte en un sustituto del sueño perdido, en una experiencia secundaria que apenas logra reproducir su potencia originaria. Incluso el poema que abre la tercera sección intensifica esta sensación de fracaso: «la poesía / se me hace un incendio que no purifica». La imagen es contundente: el fuego, tradicionalmente asociado a la catarsis, aquí no redime; solo deja cenizas. Sin embargo, esa conciencia del fracaso no paraliza la escritura, sino que la vuelve más honesta a lo que no puede resolver, en sintonía con la idea cioraniana de escribir no para salvarse, sino para constatar el malestar.
Otro eje fundamental del discurso poético de Encarnación es la figura materna, que aparece como contrapunto concreto frente a la abstracción del mundo onírico. Aunque se insinúa ya en la primera sección, será en las siguientes donde su presencia se despliega con mayor claridad, entrelazada con la reflexión sobre la escritura y el origen de la voz poética. «Yo seguiría siendo poeta / porque la poesía / vino con la luz sensible de mi madre», se afirma, reconociendo en ella, además de una figura afectiva, un principio formativo. La madre ancla el poema en lo cotidiano, en la economía doméstica y en la pérdida concreta: «mil pesos extraviados frente a un poema que no está». La poesía se mide frente a la pérdida tangible.
En otro momento, en medio de un apagón, se afirma: «no me importa que todo se quede a oscuras / el humor de madre es mi reactor nuclear / y nada consigue apagarlo». La imagen, cargada de ironía y ternura, convierte a la madre en una fuente de energía resistente, capaz de sostener incluso cuando todo falla. Más adelante, en «Un poema se tejía en medio del traqueteo de una máquina de coser», se establece un paralelismo revelador: «sin que lo sepas / con distintos métodos escribimos el mismo poema». La escritura y el trabajo manual se igualan como formas de creación y de cuidado. «El cordón umbilical nunca se corta del todo», añade el texto, subrayando que incluso aquello que no se comprende plenamente sigue siendo un lazo.
Esta escena doméstica se abre de pronto a una reflexión más amplia sobre la pérdida y la memoria literaria cuando el sujeto recuerda un poema de Enrique Lihn que «perdí en un sueño». El gesto culmina en un verso que condensa la poética del libro: «el despertar es la gran pérdida». Donde despertar implica aceptar que algo esencial se ha quedado fuera de alcance. La figura materna encarna una ética del mundo despierto que el poeta observa con una mezcla de respeto y melancolía. En medio de la tristeza, «es ella la que obliga la continuación de este poema»: la vida insiste incluso cuando la palabra se tambalea.
Esa tensión entre insistir y desistir atraviesa también poemas de tono más elegíaco, como «Pienso en la desaparición del sol», donde se lee: «hay días en que recuerdo que te olvidaré / y el tiempo configurará en mí su orografía». El olvido aparece aquí como un proceso natural, casi geológico, que modela al sujeto. Hay una familiaridad con el ocaso: «ya no temas a la muerte / porque conozco el ocaso». La experiencia del tiempo se amplía hacia la infancia y la memoria colectiva: «nunca dejamos de vagar por el desierto / sencillamente / lo poblamos». El desierto ha dejado de ser un espacio de carencia para convertirse en un lugar habitado por restos, por voces y recuerdos, como en la tradición bíblica y existencialista.
El deterioro, tanto personal como histórico, se hace visible en imágenes como «Ahora es una bestia que destruye el jardín / contemplamos la casa baldía / por la que alguna vez corrimos de niños». La casa, símbolo de origen y protección, aparece ahora deshabitada, convertida en ruina. Y, como no podía ser de otra manera, Santo Domingo emerge como un personaje más del libro: «Santo Domingo sigue igual / una estampida de voces que no se escuchan / a sí mismas». La ciudad se presenta como un espacio saturado de ruido y olvido, donde incluso el nombre —«lugar con nombre de diosa»— ha perdido su capacidad de significar. El hablante asume que incluso aquello que marcó su identidad puede desvanecerse: «ya tú no lo recuerdes».
Desde el punto de vista formal, el verso libre de Encarnación busca una intensidad contenida. La voz que emerge es consciente de su precariedad y escribe desde la pérdida y la desesperanza, pero también desde una ironía que impide el patetismo. Así lo declara en los versos finales de «Me habría gustado despedirme con un aforismo ingenioso de corte cioraniano»: «es una pena que tú no leas este libro / tan parecido a mi epitafio». El humor negro, trasciende la experiencia, volviéndola acaso más soportable.
Las metáforas —tanto las ancladas en lo real como aquellas de carácter más onírico— muestran que el decir poético puede provocar hundimiento, cubrir el horizonte de polvo, pero también abrir un espacio de resistencia. Christian Encarnación asume que la poesía deja rastros: fragmentos de memoria, instantes de conciencia antes de que todo vuelva a disolverse. En ese gesto humilde y lúcido, Mañana no nos acordaremos de nosotros encuentra su mayor potencia: decir desde lo que se pierde, sabiendo que mañana —quizás— ya no nos acordaremos, es también una forma de afirmar, aunque sea por un instante, que algo ha sido vivido y dicho.

