Noelia Palacio Incera es psicooncóloga y experta en cuidados paliativos y duelo. Trabaja con niños y adolescentes con enfermedad oncológica y sus familiares en el contexto médico asistencial y asociativo. Ganadora del XXXV Premio Gerardo Diego de Poesía 2019 de la Diputación Provincial de Soria con el poemario Hallar la vía. Coautora del álbum ilustrado sobre el cáncer pediátrico ¿Qué le pasa a Amara? (2018). Cruzar la noche es su segundo libro de poemas.

 

 

 

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Noelia Palacio Incera: Este libro es una travesía de unos seis años, un caminar lento en el que han ido apareciendo los poemas. Sale ahora porque ha encontrado su hueco gracias a la ayuda de la Fundación Gerardo Diego y a Vaso Roto, que han creído en él y en lo que tiene que contar.

 

Estamos llenos de miedos sobre cómo acompañar a las pequeñas y los pequeños

¿En qué momento nace Cruzar la noche y qué circunstancias —vitales o profesionales—impulsaron su escritura?

Su escritura coincide con mis primeros años de crianza y con un trabajo en el que la infancia está muy presente. Los niños y niñas nos hacen revisitar inevitablemente esa etapa de la vida tan significativa. Es un duelo permanente el alejarse de la infancia. Y, además, estamos llenos de miedos sobre cómo acompañar a las pequeñas y los pequeños haciendo el menos daño posible. De ahí que estén tan presentes los cuidados. Y la vida y la muerte. La infancia es un momento de vitalidad en contraste del dolor y el sufrimiento que produce la enfermedad o el final de la vida. Y si quienes sufren y mueren son los niños, entonces el conflicto es enorme. Así que Cruzar la noche, como en los cuentos populares, surge de esos “conflictos” para atravesarlos y regresar de ese viaje con más madurez y serenidad.

 

Escribo desde la necesidad y el extrañamiento de lo que me atraviesa

¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Ha cambiado tu forma de trabajar respecto a Hallar la vía?

El proceso es el mismo. Yo escribo desde la necesidad y el extrañamiento de lo que me atraviesa, desde lo que me resuena. Las cosas llegan, las escribo y luego el poema me ayuda a entender de qué podía estar hablando. En Hallar la vía estaba más presente el trabajo y los procesos de enfermedad a lo largo de mi trayectoria profesional (eran poemas de muchos años atrás) porque en ese momento quizá la inmersión en lo laboral estaba más presente. En Cruzar la noche, siguen estando presentes los mismos temas esenciales, pero desde otras perspectivas, desde otras partes de mí.

 

El espacio seguro de los cuentos me ha permitido abordar muchos temas difíciles

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores?

El poemario está atravesado por los cuentos clásicos de la infancia y los cuentos populares. Me gusta hacer la distinción porque no son lo mismo. Yo lo aprendí tarde gracias a Ana Cristina Herreros, Griott, experta en oralidad, que ha sido una gran influencia para mí y explica todo esto muy bien. Los cuentos clásicos infantiles son narraciones literarias, historias inventadas que han perdurado en el tiempo pero que no se han transmitido oralmente de generación en generación. Muchos de estos relatos tomaron los cuentos tradicionales para hacer su propia historia. Por el contrario, el cuento popular o tradicional es aquel que se ha transmitido de generación en generación, de cultura en cultura, y ha pervivido con sus variantes. En los cuentos populares no pervive una versión concreta ni la moral de la época sino lo simbólico. Estos cuentos tienen una función práctica que transciende. Yo estoy influencia por los cuentos infantiles y por los populares, por los que leí en mi infancia y por los que me contaron las mujeres de mi casa. A releerlos con mi hija y al profundizar en el estudio del cuento popular, se han filtrado dentro de los poemas. El espacio seguro de los cuentos me ha permitido abordar muchos temas difíciles desde un lugar de dignidad y justicia

 

¿Qué papel desempeña la estructura o la disposición de los poemas en el volumen? ¿Fue algo deliberado o más intuitivo durante el proceso de creación?

Fue algo más intuitivo. Al leer en conjunto los poemas sentía que había una especie de viaje o travesía en el que se entremezclaban poemas de miedos, dificultades, dilemas, conflictos… con otros que encontraban algún sentido, reparaban algún daño, resolvían algún misterio… de nuevo, cierta estructura del cuento. Ha sido muy orgánico, muy de sensaciones, recuerdos e intuiciones.

 

Cruzar la noche entremezcla cuentos clásicos infantiles con experiencias personales de maternidad y psicooncología. ¿Qué te atraía de esa hibridación para establecer un diálogo entre la niñez, la crianza y el duelo en un mismo poemario?

Muchos de los cuentos clásicos infantiles y, sobre todo, los populares, han sido contados por un adulto que aportaba seguridad a quienes escuchaban. En muchas ocasiones fue a la hora de ir a dormir. Esos espacios estaban llenos de ternura, cercanía y cuidados. Se afrontaban los conflictos que esos cuentos planteaban desde un refugio que permitía vivirlos, hacerse preguntas ante lo cruel o difícil al amparo de un narrador que podía responder a las preguntas o darte la calma y la confianza para entrar en ellos. Este ha sido para mí el hilo conductor de mis experiencias: poder mirar lo difícil desde un lugar seguro.

Todo tránsito, ya sea hacia la muerte o el renacer, requiere adentrarse en lo oscuro

Como psicooncóloga infantil experta en cuidados paliativos has trabajado una década con niños oncológicos y familias. ¿Filtra esa mirada clínica el tratamiento de la «noche» como metáfora de pérdida y de paso a la madurez?

El peso de la noche en el poemario ha ido encontrando su sentido a medida que se iban escribiendo los poemas. Yo lo he sentido como el tránsito de la luz a la oscuridad, cuando todo se para y se apaga; un tránsito también hacia una noche que puede ser, aunque inmensamente oscura, reparadora, porque para mí también es un momento de intimidad, de deseos, de secretos, de sueños… Todo tránsito, ya sea hacia la muerte o el renacer, requiere adentrarse en lo oscuro, atravesarlo y confiar en que nos alumbrará una nueva luz. La muerte o el duelo por la muerte están muy presentes por mi trabajo y necesito entregarme a la oscuridad como me entrego a la infancia, porque ambas son portadoras de sentido y verdad.

Publicar poesía es difícil

Hallar la vía, tu primer libro, obtuvo en 2019 el premio Gerardo Diego, que otorga la Diputación de Soria. Cruzar la noche ha sido coeditado con la Fundación Gerardo Diego, con sede en Santander. ¿Qué papel específico ha jugado la Fundación en este segundo libro?

El premio o la ayuda de la Fundación han sido fundamentales. Probablemente sin ellos la visibilidad de los poemas no hubiese llegado. Publicar poesía es difícil y sin estas ayudas los autores jóvenes o con menos trayectoria tendríamos más dificultades. La casualidad ha hecho que los dos libros, uno por el premio en Soria y otro por el apoyo de la Fundación en Santander, estén ligados al nombre de Gerardo Diego, un autor que, precisamente, cuidó mucho de los autores jóvenes de su generación y tuvo curiosidad por la gente que empezaba a abrirse camino.

 

Los cuentos, la literatura y la narrativa son fundamentales en mi práctica laboral

Coautora de ¿Qué le pasa a Amara? (2018), un álbum ilustrado para explicar cáncer pediátrico a niños, ¿qué rol juegan los cuentos infantiles en tu poética y en tu práctica terapéutica? ¿Son herramienta de resignificación o espejo del dolor infantil?

Los cuentos, la literatura y la narrativa son fundamentales en mi práctica laboral. Los cuentos son facilitadores de imaginarios, ayudan a enfrentar los miedos con la distancia necesaria, enseñan a mirar desde otras perspectivas.  Para entender nuestras vidas y poder expresarnos necesitamos que las experiencias sean relatadas, que tengan un sentido para nosotros, organizar lo que nos pasa, tener un relato coherente de nosotros y del mundo desde un lugar seguro. Los cuentos, los relatos, son maravillosas herramientas para ello.

Escribo desde la incertidumbre y la necesidad que el día a día me genera

La maternidad aparece como eje vital en Cruzar la noche, junto a enfermedad y muerte.  ¿Cómo conviven en tus poemas la crianza cotidiana y el acompañamiento profesional a familias en duelo?

Escribo desde la incertidumbre y la necesidad que el día a día me genera. La crianza es un período intenso que pasa por muchas fases, lo mismo que la enfermedad o los duelos. Para mí la escritura es, como en mi vida profesional, una práctica de escucha y de entrega al otro. Para pensar sobre ello, sobre mi experiencia en el mundo y dar sentido a lo que me pasa, necesito la escritura y todo el relato simbólico que emerge.

 

La evolución la marca la motivación de querer saber que hay detrás de las cosas

Hallar la vía (Premio Gerardo Diego 2019) plasmaba diez años de experiencia psicooncólogica. Ahora Cruzar la noche se apoya en otros ámbitos de tu experiencia. ¿Qué evolución vital marca este paso de la «vía» clínica a la «noche» compartida?

Supongo que la evolución la marca la motivación de querer saber que hay detrás de las cosas que van sucediendo y el querer conectar con ellas. Todo lo que nos pasa nos interpela de alguna manera y aunque las experiencias son mías, es maravilloso cuando los lectores pueden sentir que les pertenecen también a ellos.

 

Hablar a los niños de su enfermedad es complejo

Abogas por no engañar a los niños que padecen cáncer, sino por acompañarlos en la verdad. ¿Se refleja esa ética en la poesía: honestidad frente al dolor infantil, o poesía como espacio para lo no dicho?

Creo que era Margarit quien decía algo así como que la verdad destroza a quien la desvela y que la poesía tiene la virtud de poder decir lo que no se ve. Hablar a los niños de su enfermedad es complejo. Es importante acompañar en la verdad que cada uno puede asumir en función de muchas variables y circunstancias. Y más en la infancia. No todo tiene que ser revelado o explicado. Hay que encontrar una verdad asumible que les permita contarse algo que les ayude a transitar lo que les pasa sin aportar un daño innecesario. Ambas cosas son importantes: honestidad, sí, pero también saber qué espacios hay que dejar libres, o qué no hay que contar, para que cada uno encuentre su propio lugar, tanto en una enfermedad como en un poema.

 

Vaso Roto publica este libro con apoyo institucional cántabro. ¿Qué supone esta visibilidad para ti?

Como decía anteriormente, la posibilidad de poder compartir lo que escribo. Si algunos de estos poemas consiguen llegar a algún lector y que le resuenen de alguna manera, esta visibilidad tendrá sentido.

 

Tus poemas abordan el paso de la niñez a la adulta, la crianza y las pérdidas. ¿Crees que la poesía puede ser un puente entre sanitarios, familias y lectores para procesar lo irreparable?

Creo que la poesía surge de la necesidad y todo lo que se escribe desde este lugar permite una escucha interna que finalmente hace que emerja información. Ya solo ese darse cuenta me parece el mejor camino para integrar la información, comprender y procesar. Cuando nombramos las cosas con una palabra, una imagen, un símbolo, un silencio… sea la forma que sea, podemos hacer algo con ello.

 

Por último, como lectora, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?

De Laura Casielles.

 

 

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Tres poemas de Cruzar la noche

 

56

Guijarros

Cuando al abuelo

le acechaba la muerte,

dijo: «Mamá».

La abuela, en su delirio,

confunde a otras mujeres con su madre.

¿Regresarán mis padres,

a su lecho materno

cuando les ronde el frío?

Yo también tiemblo a veces.

Cuando se hace la noche,

después de un largo viaje,

me acurruco en la tierra, junto al fuego

convoco a los recuerdos,

encuentro los guijarros que llevan al hogar.

En mi infancia, mi calma.

 

 

Nana

 

No sé si a mí mis padres me cantaban

como yo a ti te canto,

no recuerdo sus voces,

aunque hay una memoria

que se aviva en mi cuerpo

si te escucho llorar.

Me balanceo al ritmo de una nana

misteriosa y antigua.

Este canto nos guía.

Apagadas las luces, siempre a tientas,

cruzaremos la noche.

 

 

Ternura

 

Hemos llegado aquí

ablandando los límites.

Miramos con los ojos ardientes de los niños

y entramos en la vida

a través de sus poros.

Forjamos el metal con el calor.

Ya rompe la raíz el duro asfalto

y vence la ternura, que es salvaje.