Por Jesús Cárdenas.
En El buen mal (Seix Barral), Samantha Schweblin reitera con firmeza su condición de una de las voces más singulares de la narrativa contemporánea en español, explorando con precisión las zonas turbias de la experiencia humana. Reconocida por su maestría en el cuento y por una obra avalada por un número importante de premios como por elogios de la crítica especializada, la autora argentina de El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca, Siete casas vacías, retoma en su último libro de cuentos los ejes centrales de su narrativa: la fragilidad de los vínculos, la tensión moral desencadenada por el cuidado y la persistencia de lo que desde el pasado puede inscribirse en el presente.
El volumen contiene una clave de lectura especialmente reveladora: unas notas finales en las que Schweblin expone con claridad los puntos de contacto biográficos y afectivos que alimentan uno a uno los relatos. Estas confesiones operan como una metanarración que tiende a humanizar el conjunto y de paso reforzar la idea de que, incluso en sus ficciones más inquietantes, la autora escribe desde una experiencia emocional profunda. La frontera entre lo vivido y lo imaginado se vuelve porosa, y en este sentido esa ambigüedad también intensifica el efecto perturbador del libro.
El cuento inicial, «Bienvenida a la comunidad», da voz a una madre que lleva consigo la estela de la culpa y de la vergüenza tras un intento de suicidio fallido. Mediante la reconstrucción de una situación doméstica, en este caso la pérdida de un conejo, se abre una inquietante reflexión en torno a la resiliencia, el dolor o las razones que sostienen la vida. Schweblin desmonta la noción del amor como fuerza suficiente y sugiere, con crudeza, que son emociones menos idealizadas —como la culpa o la vergüenza— que, en ocasiones, sostienen la continuidad de la existencia.
En el cuento «Un animal fabuloso», la autora profundiza en los límites de la amistad y del perdón mediante un diálogo tenso y delicado entre dos mujeres marcadas por una tragedia compartida. El relato se entreteje como un duelo verbal, el de la memoria y la culpa, el de una necesidad de compañía que se entrelazan con una contención emocional que resulta profundamente conmovedora.
«William en la ventana» presenta un esquema estructural más fragmentario y reflexivo. Ambientado en una residencia de escritores en China, confluyen historias, afectos y preocupaciones —la enfermedad, la distancia, los vínculos elegidos— para componer una cotidianidad compleja, en la que, como un efecto lateral, se van posando esperanzas en relación con la mirada ajena sobre los modos de enfrentar la tragedia cotidiana.
El punto máximo del libro es el cuento titulado «El ojo en la garganta», un relato considerablemente arriesgado desde el apartado formal, donde Schweblin refleja una prominente sensibilidad lingüística. Narrado desde una subjetividad marcada por la imposibilidad de hablar, el relato utiliza la historia como andamiaje para abordar los límites del lenguaje y del cuerpo. Schweblin despliega en este momento una economía narrativa rigurosa para remitirse a la persistencia del castigo, a la falta de resolución y al peso de un pasado que no concluye.
De este relato reproducimos una de las escenas primeras:
Para que el timbre no suene, mi padre desconecta el teléfono antes de acostarme y vuelve a conectarlo al día siguiente. La familia entera vela por mi sueño, también los médicos y la mujer que viene a limpiar. ¿Cómo pasó la noche el chico? Dormir es peligroso. Relaja mi laringe abierta, los músculos aún débiles, los tendones que nunca volvieron a sanar. Si me ahogo, me despierto. ¿Pero qué es realmente lo que me ahoga?
A veces mi madre atiende y el llamado se interrumpe de inmediato. Cuando por algún motivo mi padre se olvida de desconectarlo y el teléfono suena, sabemos que suena solo para él.
Puede que después de este sobresaliente relato, los dos que restan, «La mujer de la Atlántida» y «El Superior hace una visita», puedan parecernos un poco fríos, incluso más distantes en su impacto emocional. En el último, ademas, se contiene una violencia casi gratuita, expuesta con sequedad, que parece menos orientada a la reflexión, y que deja al lector una sensación incómoda.
Del estilo de Schweblin podría decirse que es poderoso y preciso, pues sabe exactamente en qué momento intensificar la tensión y cuándo administrar el silencio. Su escritura es minuciosa y contenida, reparando en la disposición de la información, nada previsible por cierto. Deja que el argumento, por su magnetismo inquietante, fluya con naturalidad hasta envolvernos, generando una atmósfera densa donde lo ominoso se insinúa más de lo que se muestra.
En su conjunto, los relatos que integran El buen mal dialogan con problemáticas ya visitadas: la intensidad de los lazos, la sobreprotección, el control y la ilusión de seguridad. El título —un oxímoron revelador— condensa el núcleo de la obra: la aceptación de un mal necesario, un egoísmo íntimo que, aun con consecuencias inevitables, puede abrir una última oportunidad de lucidez. El buen mal se erige como una profunda indagación moral y emocional que confirma a Samantha Schweblin como una narradora imprescindible de nuestro tiempo.

