Por Paloma Rodera
El pasado 6 de febrero arrancó una nueva edición del Madrid Design Festival, y la ciudad volvió a transformarse en un territorio expandido donde el diseño no solo se exhibe: se discute, se experimenta y se activa. Hasta el 8 de marzo, Madrid funciona como un mapa vivo de propuestas que cruzan artes visuales, industria, artesanía, pensamiento crítico y cultura urbana bajo una premisa clara: el diseño no es ornamento, es estructura cultural.
Organizado por La Fábrica, el festival alcanza ya su novena edición consolidándose como uno de los grandes eventos europeos dedicados al diseño contemporáneo. Pero más allá de las cifras —centenares de actividades, sedes institucionales, estudios independientes y espacios urbanos implicados— lo relevante es su capacidad de articular relato: situar el diseño en el centro de las conversaciones sobre ciudad, sostenibilidad, producción y memoria.
Historia, industria y legado
Uno de los ejes fundamentales de esta edición es la gran retrospectiva dedicada a André Ricard, figura clave del diseño industrial español. Revisitar su obra no es un ejercicio nostálgico, sino una invitación a pensar la función, la ética proyectual y la dimensión pública del objeto. En un momento donde la aceleración tecnológica domina el discurso, volver a Ricard implica recordar que diseñar es, ante todo, asumir responsabilidad cultural.
Esta mirada histórica convive con propuestas que exploran nuevos materiales, sistemas productivos y modelos de autoría. El festival logra así una tensión fértil entre tradición e innovación, entre oficio y experimentación.
La ciudad como laboratorio
Más allá de las sedes institucionales, el festival despliega su fuerza en la ciudad. Intervenciones en barrios, estudios abiertos, rutas y colaboraciones convierten a Madrid en una plataforma de ensayo urbano. No se trata solo de visitar exposiciones, sino de habitar procesos.
En este contexto destaca FORMA, la primera feria española dedicada al diseño de colección: FORMA Design Fair, que se celebrará del 4 al 8 de marzo. Esta cita profesional amplía el alcance del festival hacia el mercado internacional y posiciona el diseño español en un diálogo más amplio con galerías, coleccionistas y estudios independientes. La pregunta aquí no es únicamente estética, sino también económica: ¿cómo se construye valor cultural en el diseño contemporáneo?
Paralelamente, propuestas como las actividades en la Institución Libre de Enseñanza refuerzan la dimensión pedagógica y experiencial del festival. Talleres, encuentros y formatos participativos recuerdan que el diseño es también aprendizaje compartido y construcción comunitaria.
Más que un festival: una conversación en curso
Aún queda festival por delante. Y quizá ahí reside su mayor potencia: en su condición de proceso abierto. MDF no funciona como evento cerrado, sino como marco de pensamiento en desarrollo. Cada exposición, cada conversación y cada intervención urbana amplía una cuestión de fondo: ¿cómo rediseñar nuestras formas de vida en un contexto de crisis ecológica, transformación tecnológica y cambio social acelerado?
Desde una perspectiva cultural, el mayor logro del Madrid Design Festival no es la acumulación de actividades, sino su capacidad para situar el diseño en el territorio del arte y del pensamiento crítico. Ya no hablamos únicamente de objetos bien resueltos, sino de estructuras simbólicas, sistemas productivos y modelos de futuro.
En un momento en que las fronteras entre arte, diseño y acción social son cada vez más porosas, el festival actúa como puente. Madrid no solo exhibe diseño: lo convierte en discurso público. Y esa es, quizá, la verdadera medida de su relevancia.



