Ricardo Álamo.- Las carreras de caballos. Las corridas de toros. Pero ni el fútbol, ni el baloncesto, ni el balonmano, ni el bádminton. Más que ningún otro espectáculo a Fernando Savater le gustan los toros y los caballos, pero por distintas razones. Y digo bien: razones, no sinrazones. Porque su gusto por las carreras de caballos y las corridas de toros lo argumenta con su libre inteligencia en el hecho de que unas y otras se crearon no para ensañarse cruelmente contra esos dos animales, sino para mejorarlos, haciéndolos más bellos, más puros, más fuertes y vigorosos de lo que serían si sólo quedaran sujetos al albur de su propia naturaleza. Pero, aparte de eso, toros y caballos son para él —y para muchos— auténticas obras de arte vivientes que la mano de nieve de los ganaderos crían con mimo desde que nacen hasta que mueren, para que toreros y jockeys puedan provocarnos un goce estético real, no impostado ni falso ni mucho menos virtual. El toro bravo no existiría si no hubiera corridas de toros. Y lo mismo ocurriría con las espléndidas dehesas donde se los cría, que desaparecerían si las ganaderías dejaran de existir, cosa que los animalistas —esos ingenuos abogados de la naturaleza ideal— parece que no tienen en cuenta, cuando la realidad ya les debería de haber enseñado que, como sucedió en Inglaterra con la prohibición de la caza del zorro, el paisaje no se mantiene incólume cuando se extirpa de cuajo una tradición centenaria dedicada expresamente a un tipo exclusivo de cultivo, sea este el de la crianza del toro bravo, el de los caballos de carreras o el del zorro. A Savater, además, le choca y le sorprende que quienes quieren abolir las corridas de toros se escuden en la peregrina idea de que los animales tienen derechos, porque, si fuera así, qué menos que tuvieran también deberes. Pero qué deber se le puede imponer a cualquier criatura que no sea humana. Sólo el ser humano tiene derechos porque al mismo tiempo se le exigen deberes. Y esa es la base de la Ética, de la Moral y del Derecho. A los animales no hay que tratarlos como si fueran humanos, y humanizarlos es un error, algo absurdo y contranatura. El lado más salvaje de la vida está en lo que no es humano, y los toros no son humanos. Y si quienes ven maltrato, crueldad o inhumanidad en las corridas de toros, por qué no ven lo mismo en los mataderos o en los mercados de abastos, donde la carne limpia y lustrosa se nos presenta como si el cuchillo del hombre nada tuviera que ver. Ningún animal que va al matadero, luego al mercado y por fin a nuestra mesa o a la de un restaurante tiene una vida tan plácida y regalada como la de un toro bravo. Así que animalistas, sed consecuentes y abogad también por la prohibición de los MacDonald, los Burguer King y vuestro propio frigorífico: los animales os lo agradecerán. ¿Os lo agradecerán? No sé con qué gestos o palabras. Pero para ese problema ya puso remedio Walt Disney, aunque su remedio fuese peor que la enfermedad, porque ahora hay cada vez más gente que está convencida que los animales son criaturas especiales…, tan especiales que hasta se los estima como un subgénero de la especie humana. Contra esta peregrina idea combate razonada y razonablemente Fernando Savater en esta entrevista vía telefónica, él en su casa de San Sebastián y yo en la mía de Ayamonte, con la esperanza de que los lectores nos obsequien con una plácida vuelta al ruedo por nuestra faena.

-A los toros nunca has ido solo. ¿Por qué?

Bueno, porque no me gusta ir solo, simplemente. A otros espectáculos, cito siempre las carreras de caballos, que es mi principal afición, sí he ido solo, incluso a sitios tan exóticos como Tokio, y me he divertido igual. Sin embargo, los toros siempre los imagino como una cosa de grupo, o por lo menos de compartir esa experiencia con amigos.
No me veo completamente solo en los toros. Pero es un gusto personal, no tiene más explicación.

-Tú mismo reconoces que de los toros no entiendes mucho y que por eso te gusta ir acompañado de gente que sí entiende...

Es verdad. He tenido la suerte de tener siempre amigos muy entendidos, y ha sido un lujo ir con ellos, porque además de acompañarme y de sentirme a gusto con ellos me daban claves de lo que estaba viendo, cosa que siempre ayuda, ya que efectivamente yo soy muy profano en todo lo relativo a los toros.

-¿Pero, aún así, nunca te ha gustado entender de toros?

A mi no me gusta entender de nada, para empezar. Siempre me han repateado todas las personas que dicen: “yo entiendo de mujeres”, “yo entiendo de comida”, “yo entiendo de…” Yo prefiero, de las cosas que me gustan, no entender, y dejar un margen, digamos, a la improvisación del momento. Pero en los toros a veces hay detalles técnicos que siempre complementan lo que estás viendo. Alguien que te dice “este pase se llama así” o “esto empezó a hacerse así y luego ha cambiado y ahora se hace de otra manera”. Ese tipo de ayuda técnica, a mí me parece que contribuye a disfrutar de la cosa, ¿no? Pero no he pretendido nunca entender. A veces entiendo de algunas cosas: a las carreras de caballos voy desde los cuatro años, y, evidentemente, ahora sé más cosas de las que sabía antes. Con el tiempo y con las experiencias, vas aumentando tu conocimiento. Pero, en general, yo me mantengo lejos de los entendimientos.

-¿Entonces crees que el entendimiento mata el gusto?

No, no te diría tanto, pero la gente que va a las cosas para juzgarlas nunca las disfruta del todo. O sea, el que se entrega a algo para juzgarlo, para decir “eso está bien” o “eso está mal” o “esto debería ser así”, ese no disfruta. La mente puramente crítica, como ya te digo, la mente que permanentemente juzga, no permite el disfrute de las cosas de la vida. Yo por eso normalmente me abstengo de ese tipo de actitud inquisitorial.

-A diferencia de otros espectáculos, como por ejemplo las carreras de coches, que se han llevado por delante a algunos automovilistas y, en algunos casos, hasta muchos espectadores, una cosa que a mí llama la atención es que las corridas de toros necesiten permanentemente defensores. ¿Por qué ocurre eso con la tauromaquia y no con otros espectáculos donde ha corrido más sangre humana?

Bueno, pues sí, efectivamente, así es. Realmente yo creo que la animadversión a las corridas de toros viene en parte por la moda tipo Walt Disney del animalismo, de la suposición demencial de que los animales son como seres humanos disfrazados y que, por lo tanto, hay que tratarlos como si fueran seres humanos. Tal cosa me parece que es parte del disparate moderno del animalismo, que no es simplemente preocuparse de no emplear la crueldad contra los animales, lo cual me parece muy justificado, sino al contrario, el decir que las cosas que se hacen a los animales son las que podríamos hacerle a un ser humano, ni más ni menos. Ese tipo de cosas yo creo que faltan en otros espectáculos que, efectivamente, son bastante más brutales. Una carrera de coches de Fórmula 1 es bastante más brutal y bastante más peligrosa para la sociedad humana que una corrida de toros… Y por otra parte los toros han tropezado también con esa especie de imagen vívida de lo que es la lucha contra la muerte, el enfrentamiento con la muerte, que es el centro de los toros. En otros espectáculos la muerte sobreviene porque, pongamos por caso, un coche se sale de la pista y mata a algunas personas, pero ese accidente no es el centro del espectáculo, mientras que en los toros la lucha contra la muerte sí lo es, y lo es de principio a fin. De ahí que haya mucha gente a la que eso la estremezca, porque no puede ver con objetividad.

-Sí, efectivamente. Y parece ser que a quienes más les estremece es a la gente de los partidos de izquierda, y no digamos ya de los de la ultraizquierda…

Querrás decir de los partidos de izquierda de ahora, porque en otras épocas no era así. Piensa, por ejemplo, que una de las cosas mejor escritas que hay en español sobre el tema de los toros es de don Enrique Tierno Galván, que no era precisamente un político de derechas, como tampoco lo fueron personajes como Lorca, Alberti, Bergamín y otros poetas de la generación del 27, todos ellos grandes aficionados a los toros… Esta izquierda actual es una izquierda particularmente bruta. Para decirlo con una palabra: es una izquierda muy inculta, y el Ministro de Cultura es el ejemplo más claro de la incultura de la izquierda actual. Pero esta izquierda de ahora, esta izquierda vigente, no representa a la izquierda de antes ni a la izquierda en general.

-Pero entonces, ¿qué es lo que ha cambiado respecto a lo que pasaba antes? ¿Por qué la izquierda y la ultraizquierda se han convertido en taurófobas?

Porque en la izquierda actual hay una manía antiespañola. Es decir, como ya la lucha de clases y los otros obrerismos tradicionales de la izquierda han dejado de estar vigentes o se han transformado tanto que ya no funcionan como banderines de enganche, pues entonces ahora lo que la izquierda tiene es un antiespañolismo venido primero de su colusión permanente con los separatismos, tanto de Cataluña como del País Vasco. Y luego están los símbolos del país, los símbolos de la tradición de España, etcétera, que son vistos como algo que hay que destruir. O sea: el antiespañolismo es parte fundamental del antitaurinismo actual.

-Dicho lo cual, ¿qué les dirías a los que piensan que las corridas de toros son una barbarie?

Bueno, yo he intentado explicar lo obvio, que es lo que hasta los clásicos griegos y latinos mantenían. «Barbarie» es no saber distinguir entre el animal y el hombre. Lo característico del bárbaro es que no respeta al hombre como distinto del animal. Y ahí caben tanto el Cíclope que se come a los humanos como si fueran animales como Calígula haciendo senador a su caballo. Tratar a los animales como si fueran hombres y a los hombres como si fueran animales es cosa de bárbaros. Y ese planteamiento sí que es una verdadera barbarie. Entonces, el que hoy habla de que los toros son barbarie debería hacérselo pensar un poco.

-De todas formas, aunque haya esa taurofobia hoy en día en ciertos sectores de la izquierda, parece ser que la fiesta nacional no ha decaído del todo… ¿No crees que en parte se debe a que es un espectáculo donde se muestra la cruda realidad, es decir, algo auténtico, algo que no es virtual ni impostado? ¿No crees que la gente va buscando experiencias reales?

En un mundo de simulacros, la corrida de toros es algo real. Orson Welles decía que una corrida de toros es una tragedia en la que el héroe muere de verdad. Pero los que hablan de crueldad en los toros deberían saber que crueldad viene de la palabra latina crudor, que se refiere a lo que se come crudo, sin cocinar, pero también se aplica a lo que sangra, a lo que de alguna manera es verdaderamente fascinante, real, en el sentido, por ejemplo, de cuando se habla de que en tal o cual película se cuentan las cosas con crudeza. La crudeza, es decir, que las cosas estén crudas (que no estén cocinadas ni tengan salsitas) eso hace que haya que tener un estómago más fuerte para comerlas. Y en las corridas de toros pasa eso. Los toros exigen una cierta fortaleza de ánimo para quien asiste a un espectáculo crudo y no edulcorado.

-Si no recuerdo mal, hace ya muchos años tuviste una polémica con Jesús Mosterín acerca de la defensa de los derechos de los animales…

Jesús Mosterín fue uno de los pioneros en España de ese planteamiento filosófico de querer dotar de derechos a los animales, un planteamiento que a mí me pareció disparatado desde el primer momento. Hablar de derechos animales es como hablar de la poesía de un triángulo equilátero… Que un animal tenga derechos querría decir que también tiene deberes, y eso es absurdo. Yo creo que ahí hay un malentendido fundamental, pero un malentendido que no solamente funciona en España, sino que funciona en muchos países, y en este momento el peso de los planteamientos animalistas en la ética es un peso grande. Hay figuras importantes de la filosofía que han suscrito esas ideas. Y es complicado combatirlas. No todo está al nivel de Urtasun, sino que hay un nivel teórico mayor.

-Orwell decía que hay personas como los vegetarianos o los comunistas con los que es imposible discutir. Sin embargo, tú te ofreces para discutir con los taurófobos, ¿no te parece que discutir con ellos también es imposible?

Pues sí, la verdad es que probablemente sí. Yo he discutido con todo el mundo, y ahora me doy cuenta de que he perdido mucho tiempo, de que muchas veces me he envuelto en una discusión que sabía que era absurda porque la otra persona no tenía los mismos postulados intelectuales que yo, y por lo tanto ni podía comprender ni podía ponerse al nivel de la discusión, porque yo estaba discutiendo como si estuviera discutiendo con una pared. Pero bueno, en las discusiones uno no siempre trata de convencer al adversario de la discusión, sino a otras personas que estén contemplando el debate y puedan aprender cosas… Así que cuando he discutido a favor de la tauromaquia, no tanto he discutido para convencer a por ejemplo Jesús Mosterín como para que otras personas que estuviesen siguiendo nuestro debate pudieran ilustrarse y ver quién de los dos tenía mejores argumentos.

-¿A ti te parece que los toros son una obra de arte humana? No digo las corridas de toros, sino los propios toros…

Yo creo que el arte hoy en día se emplea para cualquier cosa (sin ir más lejos, para la gastronomía), cuando en puridad el arte deberíamos reservarlo para las artes creativas auténticas, aquellas que crean formas, las que crean contenido. Es verdad que hay una riqueza estética en los toros, una riqueza estética indudable, y las corridas de toros son uno de los espectáculos más impactantes estéticamente. ¿Que los toros son una obra de arte? Pues no sé, también eso es un forma de hablar, pero si queremos, se puede decir que sí. En Inglaterra, por ejemplo, en las carreras de caballos estos son vistos como obras de arte vivientes, ¿no? Porque esa es la forma, es verdad. No existen en la naturaleza caballos de carreras. El caballo de carreras es una creación humana, lo mismo que el toro bravo, por otra parte. No hay toros bravos en la naturaleza, sino que son fruto de la decantación y de la selección de las crías a lo largo de muchos siglos. Entonces, bueno, sí que hay algo de arte en el sentido de sacar algo distinto de donde no lo había.

-Hay una cosa respecto a la moral y al derecho que no sé si la he entendido bien, porque tú afirmas que el sufrimiento no es la base de la moral ni del derecho. Lo digo porque, si así fuera, habría que erradicar entonces las corridas de toros, ¿no?

La base de la moral es el «no hagas al otro lo que tú no quieres que te hagan a ti». Pero eso se entiende que sólo es aplicable a semejantes humanos, no a cualquier cosa. O sea, no es aplicable ni a los árboles, ni a los animales, ni a las estrellas. De modo que la moral es el dar un trato humano a los humanos y el reconocer la humanidad de los humanos. Pero todo lo que sea extender el concepto de moral a realidades no humanas desvirtúa verdaderamente su peculiaridad. La idea del especismo que defienden los animalistas, es decir, que uno protege su especie frente a las demás especies, esa idea precisamente es la que le da consistencia a la moral, aunque los animalistas no se den cuenta. O sea, que la moral es no confundir la especie humana con otras especies vivas y sintientes. Por lo tanto, yo creo que no hay nada más inmoral o antimoral que el planteamiento animalista.

-Ya que hablas del animalismo, parece ser que sus ideas a veces han traído más enfermedades que remedios. Tú mismo pones el ejemplo de la prohibición de la caza del zorro en Inglaterra, que alteró el paisaje campestre. ¿Pasaría entonces lo mismo si se prohibiera la cría de toros bravos?

Para el campo español sería un desastre, sobre todo para el campo andaluz y el extremeño. Y además desaparecería una forma ecológica de la agricultura, que es la dehesa. Las dehesas desaparecerían completamente. Además crearía un daño, digamos, en el sentido ecológico, primero a la especie misma del toro bravo, que naturalmente no tiene más justificación que el de las corridas de toros. Y luego el espacio donde se cría el toro, que es un espacio único, la dehesa, y es verdaderamente una maravilla agrícola, pues eso desaparecería también.

-Otro de los peligros para los toros bravos y para el mantenimiento de las corridas es el de la turistificación, o sea, el hecho de que se organicen corridas sólo y exclusivamente para turistas…

Bueno, es que la turistificación afecta ya a todo lo que corresponde a nuestra vida cotidiana: la comida, los paisajes…, todo está, si quieres, amenazado, por decirlo así un poco truculentamente, por la turistificación. Lo que pasa es que nosotros también —cuando salimos de España y nos vamos a otro país a ver cosas típicas— somos turistas y por lo tanto también somos amenazas para esos otros lugares del mundo.

-Decía Julio Camba que como en Portugal no se matan a los toros «a la larga el toro portugués se humaniza y tiene mucho más de filósofo que de toro». ¿A ti qué te parece esa frase?

Yo creo que la corrida a la portuguesa pierde un poco la esencia de lo que es la tauromaquia, ¿no? Ahí sí que se la convierte en una especie de, digamos, forma estética de titiriteros que saltan, de algo que no tiene la verdadera tauromaquia, que es el enfrentamiento con la muerte, con el drama de la animalidad como representante de la muerte y del hombre salvándose de la muerte por su ingenio, que a mi modo de ver es el núcleo teórico de la tauromaquia. Y eso se pierde completamente en la corrida a la portuguesa. O sea, la corrida a la portuguesa forma parte de los espectáculos más circenses…, es otra cosa.

-Según tú, España es una unidad de destino en lo cultural, pese a su diversidad. ¿Crees que esa idea es sostenible hoy en día, dado el auge de los independentismos, los nacionalismos, etcétera, etcétera? O sea, ¿sigues creyendo que España es una unidad en lo cultural?

Hombre, eso es un deseo. Pero yo creo todavía en la unidad de España (no en la unidad superficialmente política que vemos en el Parlamento, donde parece que están todos los enemigos de la unidad del país dando gritos como si fueran mayoría), porque, en mi opinión, la realidad cotidiana de la gente, la de la calle, la de los espectáculos más o menos populares, muestra una unidad cultural, aunque sólo muy de vez en cuando salga a la luz. Todavía la mayoría de los españoles reconocen a los otros españoles como personas con las que tienen una vinculación especial. Porque hay casos como el de la Dana o como el de los accidentes ferroviarios recientes, accidentes en que, instintivamente, la gente reacciona no como si esa gente hubiera caído de otro planeta, sino que se la reconoce como semejantes, pero semejantes culturales, es decir, que forman parte de nuestra propia cultura y tenemos con ellos una hermandad especial. No simplemente la hermandad que todos los seres humanos nos debemos unos a otros, sino una hermandad especial con ellos. Por eso creo que ese vínculo especial todavía la mayoría de la gente de a pie en España lo sigue teniendo. Esos racismos, como el de Sabino Arana, que en uno de sus horrorosos escritos decía que si alguien se caía a un río y se estaba ahogando y pedía socorro, si no lo pedía en euskera, entonces no tenía obligación de salvarlo…, bueno, ese tipo de monstruosidad, que es un poco la mentalidad separatista, no es mayoritaria ni mucho menos en España.

-Y tú que vives en San Sebastián, ¿notas que ha habido un cambio a mejor respecto a la conexión entre vascos y no vascos o la cosa ha ido a peor?

No, no, los vascos han sido los más españoles de los españoles. Tradicionalmente los vascos han sido los representantes de España. Por ejemplo, en América, desde el descubrimiento y la colonización, la cantidad de apellidos vascos es radicalmente mayor. La idea de que los vascos han sido antiespañoles, eso es una cosa reciente que viene precisamente del siglo XIX, de la visión del clero. El clero se oponía al centralismo de España porque consideraba que era contrario a los intereses de la Iglesia, y uno de los motivos de esa oposición fueron las desamortizaciones. Pero la religión local ha sido la que ha creado los nacionalismos locales en España. De ahí esa vinculación tan fuerte entre las iglesias que defendían lo suyo, que no querían que se les descentralizase sus propiedades, y los nacionalismos.

-Pero insisto…, ¿crees que ahora mismo, actualmente, en el País Vasco hay mayor conexión entre vascos y no vascos?

El separatismo sigue siendo todavía la ideología mayoritaria, y más cuando ahora los peores separatistas que hay en el País Vasco son bastiones de la gobernabilidad de España. Nunca Batasuna o cualquiera de sus nombres, había sido tan reconocido como fundamental en el País Vasco y en España como ahora, por razones de los intereses políticos del gobierno.

-Yo no sé si te acuerdas de los escritos de Eugenio Noel y las conferencias que daba por muchos pueblos y ciudades de España, o también de las columnas que anualmente escribía Manuel Vicent contra las corridas de toros. El argumento para ambos venía a ser el mismo, es decir, que los toros nos alejaban de Europa. Pero Francia también es Europa y sin embargo en Francia hay una gran tradición y un gran amor por los toros…

Es que en España la tradición antitaurina también es una tradición, al margen de que la mayoría de poetas y filósofos, al menos los más relevantes, como Ortega y Gasset, estuvieran a favor de las corridas de toros o más o menos les gustaran. Pero lo que es inimaginable es que hubieran estado a favor de la prohibición de las corridas de toros, porque una cosa es que a uno no le gusten los toros (como a mí no me gusta nada el fútbol) y otra muy distinta es que quiera prohibirlos (como a mí no se me ocurriría pedir que prohibiesen los partidos de fútbol). Que a uno no le gusten los toros es normal, por la crudeza de la que hablábamos antes, y en ese sentido no tiene por qué gustar a todo el mundo, pero de ahí a decir “como a mí no me gustan, que los prohíban”, eso ya es una cosa muy diferente.
La columna de Manuel Vicent era una columna contra los toros, pero no era una columna demandando a la autoridad que prohibiera las corridas de toros. Y hay que tener en cuenta eso, que son dos cosas muy diferentes: que no te gusten los toros y que pidas que la autoridad los suprima.

-¿Y no te parece llamativo que los franceses no hayan levantado la voz contra los toros —como aquí en España— y sigan siendo grandes amantes de las corridas, por lo menos en algunas zonas de Francia, sobre todo las del sur?

Lo verdaderamente curioso en Francia es que se da una situación inversa a la de España, porque, en la parte de la Provenza o de la Camarga, la forma separatista de afirmarse frente a París, frente al centralismo francés, es defender las corridas de toros, y las corridas de toros se defienden allí por su localismo, y además tienen mucho apoyo…, no hay más que ver lo que ocurre en ciudades como Nimes o Bayona, donde existe un entusiasmo taurino como creo que no hay ahora en ninguna parte de nuestro país…

-Bueno, en Sevilla sigue habiéndolo y mucho…

Sí, pero ahí es más por rutina. Mientras que en Francia, en cambio, todavía tiene un carácter así como más combativo ¿no? la afirmación de los toros.

-No sé si te has dado cuenta, o si lo has leído, o te lo han comentado, que en España hoy en día hay más perros por familia que hijos. ¿No te parece que este es un claro síntoma de nuestro cada vez más acusado afecto por los animales y por su humanización?

Bueno, yo creo que hoy lo que queremos es vivir lo más cómodamente posible, o sea, un perro es como un hijo pero más manejable, y de ahí esos entusiasmos líricos que ha habido con los accidentes ferroviarios, cuando parecía que era más importante encontrar a un perro perdido que preocuparse de las personas que estaban ingresadas en la UVI. Hoy los perros son la sustitución de los que están hartos de los problemas familiares, de las discusiones y de las exigencias de los hijos. En cambio un perro es una especie de hijo amable que siempre dice que sí, que no protesta, y al cual no hay que mandarlo al colegio ni a la universidad. O sea, que sale más barato.

-Antes citaste a nuestro Ministro de Cultura, que más bien parece Ministro de Incultura, y que, por desgracia, representa el bajo nivel cultural e intelectual de nuestros políticos. Si no recuerdo mal, en tu libro Ética para Amador, decías que la palabra «idiota» en griego señalaba a aquel que no se interesa por la política… que es lo que más nos debería interesar a todos. Mi pregunta es ¿por qué las sociedades democráticas en general se conforman con políticos de tres al cuarto y no buscan políticos de élite, cosa que no ocurre por ejemplo en el deporte, donde el común de los mortales se pirra por los deportistas de élite?

Ese es un tema muy complejo. Los deportistas de élite son claramente elegibles, digamos. Un gran futbolista, un gran ciclista, etcétera, no son discutibles. No es discutible el hecho de que Eddy Merckx o Maradona eran muy buenos en lo suyo, porque en el deporte la objetividad es evidente. Pero para que consideremos que los políticos son buenos, tenemos que entender a qué se dedican y entender lo que son. Es decir, muchas veces un político no es tan bueno como debiera porque quiere dar gusto a personas que saben que no van a entender los sacrificios ni las exigencias de una política adecuada y se dedica entonces a hacer una política populista precisamente para ser elegido y para mantenerse en el candelero.

La elección del buen político no es tan fácil. Ahora ha sacado un libro muy interesante un catedrático de Cataluña, Benito Arruñada, que precisamente defiende eso, defiende que muchas veces los fracasos de la política se producen porque los políticos tratan de dar gusto a su clientela y la clientela no sabe lo que pide o pide cosas que luego se van a volver contra ella. No es tan fácil elegir un buen político como elegir un buen futbolista. Los atletas son la única meritocracia que nadie discute. Uno puede discutir la meritocracia en otros terrenos, como en el del empresariado, en el de la política, etcétera, pero no en el del deporte. Nadie discute la meritocracia en el terreno del fútbol, en el terreno del ciclismo, en el terreno del bádminton, porque en esos terrenos todo está claro.

-Entonces estamos como en la época de Platón, ¿no?

Todos seguimos viviendo en la época de Platón en todos los sentidos…

[Un último detalle: Savater hubiese querido dedicarle su libro Todos mis toros al Ministro de Cultura Urtasun, porque gracias a sus esfuerzos, hoy los jóvenes en España se interesan mucho más por los toros que los ancianos. Hay fenómenos como el de Morante de la Puebla, que demuestran que mucha gente que no se interesaba por los toros ahora sí se interesa, entre otras cosas porque ve una autenticidad, una exposición personal, una implicación que no ve en otras cosas.
Por otra parte, Savater, que lleva yendo a los toros desde que era niño, tiene ahora un problema, la artrosis, que le dificulta mantener el equilibrio y el movimiento, cosa que se la complica aún más el hecho de que para acceder a las plazas de toros tiene que vérselas con un sinfín de escaleras que no puede subir si no va acompañado de alguien que le ayude a subirlas y bajarlas].