Por Pablo Llanos.
Un poemario pequeño, minúsculo, liliputiense. Juan Bello Sánchez, ganador en 2014 del VI Premio de Poesía Joven RNE por Todas las fiestas de mañana, firma ahora Música Popular (Ed. Liliputienses).
Este librito reúne seis decenas de poemas muy breves, aparentemente sencillos y transparentes. A primera vista, un libro fácil de entender, de leer y de reseñar. Pero quizás no.
Gorriones
¿Por qué se reúnen ahí?
¿Qué están buscando?
Es solo un adoquín roto.
Un abismo
Al intentar definir la poética de Juan Bello Sánchez me he encontrado con varios problemas.
A veces parece poesía contemplativa, con cierto aire oriental, casi de haiku: poemas nacidos de la pura observación de la naturaleza. Pero no puede etiquetarse así, porque de vez en cuando aparece un aforismo o una sentencia que nos devuelve al ámbito occidental:
Escucho su vacío sonoro
atravesando el campo
cuando la tarde se queda sin tiempo.
Encontrar una pepita de oro en el río
no es solo cuestión de suerte.
Incluso los hay que encierran ese aire oriental entre dos sentencias, como un poema escrito a modo de mosca esquivando al reseñista:
La verdad es un jarrón.
Un jarrón puede caer al suelo
y romperse.
Si junto los pedazos obtengo
otra cosa.
La memoria es asimétrica.
¿Podría parecer poesía de la experiencia? En ciertos momentos sí, pero tampoco del todo, porque Bello remata a menudo con una estrofa final o un título que introduce un misterio o una reflexión filosófica:
Encendí una cerilla en la noche.
No conseguí llegar hasta mí.
La llama estaba equivocada
y el cuarto vacío.
Nunca estuve allí
Una fotografía de un paisaje
es otro paisaje.
No lo reconozco.
El que mira
sabe que mirar
es perder cosas.
Y estos versos que parecen sentencias, ¿lo son en realidad? Son sentencias no sentenciosas:
El reloj solo es
otro disfraz del tiempo.
No miente.
Tampoco dice la verdad.
¿No miente? ¿No dice la verdad? ¿Sentencia o no?
Creo haber encontrado una pista en los símiles que cierran algunos poemas. Esa abundancia de comparaciones para concluir me recuerda, levemente, al polaco Adam Zagajewski, Premio Príncipe de Asturias en 2017. Ambos poetas parecen querer decir al lector: esta es la meta, la estación de destino que reconoces al entrar en ella montado en el tren del poema.
En el mar en calma, hacer el muerto.
Como si uno pudiera abrir los ojos
en cualquier momento
y volver a la vida.
Como si la vida fuese
un lugar al que volver.…
Dando un paseo,
viendo cómo las luces
se pierden en las ventanas.
Igual que la lluvia
sobre las fábricas y los almacenes,
sin apenas dejar una marca.
Igual que las manos
de los amantes.
En Música Popular resuena una poética situada en un “entre”: entre Oriente y Occidente, entre la sentencia y la no sentencia, entre el misterio y la experiencia. Entre lo que se muestra —haciendo sonar algo— y lo que permanece en la sombra del silencio.

Los poemas se entienden, pero ¿se entienden? No puedo evitar percibir que poseen un sentido consciente claro: uno lee la escena en la cafetería, la observación, el símil, la sentencia. Sin embargo, también contienen un sentido inconsciente mucho más abierto. Hay muchísimo espacio para el lector, quizás más que en autores que suponemos «herméticos», como Lezama Lima o Vallejo. Poemas con un objetivo inconsciente más difícil de atrapar y que probablemente ofrecen a cada lector una conclusión distinta. Quizás Juan Bello Sánchez esconde algo tras esa claridad.
El propio Zagajewski afirmaba que una buena definición de la poesía es el concepto de “leve exageración”.
«Una definición perfecta para los días fríos y nublados que despuntan tarde y hacen vanas promesas de sol. La poesía es una leve exageración mientras no hagamos de ella nuestro hogar, porque entonces se vuelve realidad. Y luego, cuando la abandonamos —porque nadie puede morar en ella siempre—, vuelve a ser una leve exageración».
Gracias, Mr. Zagajewski, por venir en socorro de este reseñista. Quizás Música Popular sea solo eso: una leve exageración.

