Foto: Javier Casares

LA CASA QUE PERMANECE.

Por Marina Díez.

Hay libros que no se leen: se habitan.

Una entra en ellos como quien empuja la puerta de una casa en el pueblo y de pronto reconoce algo que no sabía que estaba esperando. Un olor a madera, una fotografía olvidada en la pared, e eco de voces que parecen venir de otra época. Algo así ocurre con Casa nostra, el último poemario de Antonio Manilla: un libro que se abre como una casa de memoria donde cada poema es una habitación en la que todavía respira el tiempo.

Quien haya seguido la trayectoria de Manilla sabe que su escritura ha estado siempre marcada por una atención muy particular a lo esencial. No hay en su poesía estridencias ni gestos grandilocuentes. Su voz avanza con la serenidad de quien conoce bien el peso de las palabras y sabe que la emoción, cuando es verdadera, no necesita levantar la voz.

En Casa nostra esa poética alcanza una de sus expresiones más limpias. El libro está atravesado por algunos de los grandes territorios de la experiencia humana: la infancia, la memoria familiar, el paso del tiempo, la pérdida y también la persistencia de aquello que permanece incluso cuando parece desaparecer.

La casa del título no es solo una casa real. Es la casa simbólica donde se guardan las primeras imágenes del mundo: los abuelos, los veranos de infancia, las tareas cotidianas, los objetos humildes que acompañan una vida. Pero también es la casa interior donde cada persona guarda aquello que la ha hecho ser quien es.

Muchos de los poemas regresan a ese territorio de la infancia con una mezcla de lucidez y delicadeza. No se trata de reconstruir un paraíso perdido ni de idealizar el pasado. Manilla parece saber que la memoria es siempre una forma de mirada: una manera de volver a lo vivido para comprenderlo desde la distancia.

El paisaje rural ocupa en el libro un lugar fundamental. Pero no aparece como escenario pintoresco ni como simple nostalgia. Es un paisaje vivido, atravesado por el tiempo, por las ausencias y por la transformación silenciosa del mundo contemporáneo. Los campos abandonados, las casas que envejecen, los caminos donde ya casi no pasa nadie hablan de un cambio profundo que muchas reconocemos.

Y sin embargo, la poesía de Manilla no se instala en la lamentación. Más bien parece escuchar lo que todavía queda: la huella de quienes vivieron allí, la persistencia de una forma de mirar el mundo basada en la atención a lo pequeño, a lo concreto, a lo que todavía resiste.

Quizá por eso uno de los mayores aciertos del libro sea su capacidad para convertir lo cotidiano en revelación. Un gesto doméstico, una escena familiar o un rincón del paisaje adquieren en estos poemas una densidad inesperada. Como lectora y como poeta, una siente que cada objeto guarda una historia y que cada recuerdo es también una forma de conocimiento.

Hay en esta escritura una claridad que no debe confundirse con simplicidad. El lenguaje de Manilla es preciso, contenido, trabajado con una paciencia casi artesanal. Cada palabra parece haber sido colocada en su sitio después de un largo proceso de depuración. El resultado es una poesía que se lee con naturalidad y que, sin embargo, deja una resonancia profunda.

Quienes venimos de paisajes parecidos reconocemos enseguida esa respiración del territorio. Antonio Manilla escribe desde un lugar muy concreto: la montaña leonesa, ese espacio donde la memoria se mezcla con el rumor del agua y con el silencio de los pueblos que han visto pasar generaciones enteras.

En sus versos asoman caminos, tapias, huertas, patios donde aún se conserva la sombra de los mayores. Hay algo del curso del río Torío en esta escritura: una corriente que atraviesa la infancia y vuelve una y otra vez, como si el tiempo no fuese una línea recta sino un círculo que nos devuelve siempre al lugar donde aprendimos a mirar el mundo.

Leyendo Casa nostra una tiene la sensación de caminar por una casa donde todavía crujen las tablas del suelo. En cada estancia queda algo: una palabra heredada, una escena de infancia, una fotografía donde el pasado se resiste a desaparecer.

Tal vez por eso este libro no habla solo de la memoria del poeta. Habla también de la memoria de quienes crecimos en paisajes semejantes, donde la vida se medía por estaciones, por ríos, por nombres de lugares que todavía conservan algo de quienes los habitaron.

La poesía de Antonio Manilla logra algo que muy pocos libros consiguen: convertir lo íntimo en experiencia compartida. En sus poemas la casa del poeta se abre y se vuelve también la casa de quien lee.

Y al cerrar el libro queda una sensación extraña y hermosa: la de haber regresado, aunque solo sea por un instante, a un lugar que creíamos perdido y que, sin embargo, sigue intacto en algún rincón de la memoria. En mi caso, Sopeña; en el suyo, Cármenes; en el del lector, tal vez cualquier casa donde todavía respire la infancia.