Diez años frente a las cámaras suelen medirse en temporadas televisivas, en emisiones al aire o en la velocidad vertiginosa de la agenda informativa. Pero para la periodista costarricense Stefania Colombari Coto, esa década en televisión, que se suma a quince años de oficio en redacciones, se parece más a un mapa de preguntas persistentes que a una simple cronología profesional. Preguntas que nacieron mucho antes de la pantalla, en una infancia marcada por la curiosidad y por un hogar donde cuestionar nunca fue un acto de rebeldía, sino una forma de aprender a mirar el mundo con profundidad.

En ese impulso temprano, el de no conformarse con la primera respuesta, se encuentra una de las claves de su estilo periodístico: directo, documentado y profundamente humano. Colombari entiende el periodismo como una responsabilidad pública. Preguntar, incluso cuando incomoda, no es un gesto personal sino un acto de representación: “no son nuestras preguntas, dice, son las preguntas de la ciudadanía”.

A lo largo de quince años de carrera, su trayectoria ha transitado entre el rigor de la investigación y la sensibilidad ante las historias humanas que sostienen cada titular. Ha cubierto conflictos internacionales en lugares tan distantes como el Kurdistán iraquí, donde se convirtió en la primera periodista costarricense en realizar una cobertura de ese tipo, y ha narrado realidades íntimas y dolorosas, como la vida de familias que conviven con el Alzheimer o el drama emocional de los hijos de migrantes en el documental “Niños hacia la tierra prometida”, galardonado con un Emmy. Cada historia, afirma, transforma también al periodista que la cuenta.

Pero detrás de la profesional hay también una dimensión profundamente personal. La reciente pérdida de su madre, quien fue su mayor apoyo y la primera espectadora de cada reportaje, abrió un paréntesis en su vida pública y dejó una huella que hoy dialoga con su manera de ejercer el oficio. El duelo, explica, le reafirmó algo que siempre había intuido: que toda noticia es, en última instancia, una historia humana, y que el periodismo solo puede sostenerse sobre una base de empatía.

En esta conversación con Culturamas, Colombari reflexiona sobre el lugar del periodismo en el siglo XXI, un tiempo marcado por la inmediatez digital, la polarización política y la expansión de nuevas tecnologías que transforman la forma de producir y consumir información. Frente a la tentación del “fast journalism” y los titulares diseñados para el clic, defiende la necesidad de preservar los principios clásicos del oficio: verificación, contexto y responsabilidad narrativa.

También aborda uno de los debates más urgentes del presente: el papel de la inteligencia artificial en las redacciones. Para ella, la tecnología puede convertirse en una aliada poderosa en el análisis de datos y en la agilización de procesos, pero advierte un límite claro que ninguna innovación debería cruzar: “La IA no puede ganarnos en criterio, creatividad y mucho menos en humanidad”.

La entrevista recorre además sus referentes, desde Christiane Amanpour hasta Fernando del Rincón, sus influencias literarias como Viktor Frankl y Gabriel García Márquez, y su visión sobre el papel del periodismo como contrapoder democrático en tiempos de desinformación masiva. En un ecosistema donde cualquiera puede publicar, insiste, el valor diferencial del periodismo sigue siendo el mismo de siempre: el proceso que sostiene la verdad.

En estas páginas, Stefania Colombari no solo repasa una carrera intensa y comprometida. También ofrece una reflexión sobre el futuro del oficio en una época saturada de información y sospecha. Y lo hace desde una convicción sencilla pero radical: que el periodismo, cuando se ejerce con rigor y humanidad, sigue siendo una de las formas más necesarias de entender, y quizá de mejorar, el mundo.

Mauricio A. Rodríguez Hernández: Mirando en retrospectiva, ¿cómo cree que su infancia y el acompañamiento de sus padres moldearon su vocación periodística y su forma de entender la responsabilidad de hacer preguntas incómodas pero necesarias?

Stefanía Colombari Coto: Desde muy pequeña fui una niña profundamente curiosa, que rara vez se conformaba con la primera explicación. Cuando mis padres o los adultos me daban una instrucción, siempre fui respetuosa, pero también tendía a cuestionar, a preguntar por qué y a buscar entender más allá de la respuesta inicial.

Mis padres, y en especial mi madre, jugaron un papel fundamental, porque nunca limitaron mi derecho a expresarme. Su forma de educarme no fue silenciar las preguntas, sino permitir el diálogo. Creo que ese espacio para pensar, cuestionar y argumentar fortaleció un músculo esencial: el pensamiento crítico y la necesidad de buscar respuestas con profundidad. Desde entonces no he dejado de hacer, y de hacerme, preguntas, y de seguir indagando hasta sentir que realmente entiendo.

En el ejercicio del periodismo, esa responsabilidad adquiere un peso aún mayor. Porque uno no pregunta en nombre propio, sino en representación de las personas que merecen respuestas, de quienes quisieran preguntar pero no tienen la oportunidad de hacerlo. Muchas de esas preguntas son incómodas, pero precisamente por eso son necesarias. No son nuestras preguntas, son las preguntas de la ciudadanía.

MARH: Tras la pérdida de su madre, usted se tomó un tiempo fuera de las pantallas. ¿Cómo dialogan hoy el duelo personal y el ejercicio periodístico en su vida, y qué le ha revelado esa experiencia sobre la humanidad detrás de la noticia?

SCC: La contradicción más grande para un periodista sería ejercer este noble oficio sin tener desarrolladas altas dosis de empatía, que permitan entender el dolor ajeno, reconocer dónde está el sufrimiento, la necesidad humana y, por ende, las historias que necesitan ser contadas. Esas historias deben ir en favor de dignificar el dolor, de visibilizar lo ignorado, y nunca a costa del sufrimiento. Un periodista siempre debe preguntarse: ¿Si esta fuera mi historia, me gustaría que fuera contada de esta manera? ¿Si ese fallecido fuera mi familiar, me gustaría que fuera expuesto de esa forma?

Siempre ha sido innegociable para mí entender que toda noticia es humana, porque siempre habrá alguien que será tocado por ella. En mi ejercicio periodístico he estado al frente de testimonios desgarradores: pacientes en etapas finales de una enfermedad, personas con condiciones crónicas severas, familias a quienes el crimen les arrebató a sus seres queridos o que viven atemorizadas. Son historias que he tratado con pinzas, respeto y con enorme gratitud.

Con el dolor de la partida de mi madre, se me ha reafirmado que no me he equivocado con esto que comento. Despedir a mi madre ha sido el capítulo más doloroso de mi vida. Fue siempre mi mayor apoyo. No hubo reportaje que no viera. Me dio las herramientas para llegar a donde estoy, me vio construir este sueño y también conoció las otras etapas que anhela mi corazón y que, desafortunadamente, no podrá presenciar. Entender este dolor me confirma que debemos mantenernos sensibles ante el sufrimiento ajeno en este ejercicio periodístico. Pero además, en lo personal, me deja aún más claro que la vida es tan corta que debemos aprovechar lo que sabemos hacer, en mi caso, el periodismo, para realmente hacer de este mundo un lugar mejor.

MARH: A lo largo de su carrera ha realizado reportajes de alto impacto social. ¿Cuáles han sido los más anecdóticos o emocionalmente determinantes para usted, y qué le enseñaron sobre el poder y los límites del periodismo?

SCC: Han pasado 15 años desde que entre a mi primera sala de redacción y diez años desde que trabajo en televisión. Uno de los reportajes más significativos para mí fue el que realicé en Irak, en la región del Kurdistán, en el año 2017. Fui a grabar al ejército Peshmerga, que combatió en tierra al ISIS, y también a cubrir el referéndum independentista.

Cubrir la noticia desde una zona históricamente abatida por el conflicto, culturalmente distante de Occidente y en un contexto complejo en términos de seguridad y política, marca a cualquier periodista. Esta cobertura, además, me convirtió en la primera periodista costarricense en realizar un trabajo de este tipo en Irak. Esta experiencia me enseñó, especialmente, sobre nuestra responsabilidad de conectar e informar al mundo sobre distintas realidades, sin importar cuán lejanas las sintamos geográficamente.

Con especial cariño e ilusión menciono también el documental, Niños hacia la tierra prometida, ganador del Emmy, no solo por el galardón, sino porque fue mi primer trabajo independiente, realizado junto con el coproductor Michael G. Mora. El documental aborda el impacto emocional y social que sufren los hijos de padres que intentan migrar de manera irregular hacia Estados Unidos. Para mí quedó clara la importancia de poner el drama humano en el centro de la conversación, incluso en medio de un tema que tiene implicaciones legales que también deben ser respetadas.

También resalto el reportaje “El enemigo nos roba nuestras historias” el cual me permitió ganar el Premio Vargas Gené. En este trabajo, familias me abrieron las puertas de sus hogares para mostrar la realidad de convivir con el Alzheimer y sensibilizar a la audiencia sobre esta enfermedad. Fuimos testigos de momentos profundamente humanos, incluso de instantes en los que parecía que los pacientes recuperaban la memoria ante estímulos como la música. El reto fue ser testigos sin alterar sus dinámicas, para lograr un reportaje sensible y respetuoso dentro de un marco profundamente íntimo.

Y podría mencionarle más, han sido muchos reportajes. Pero siempre lo digo, cada historia en la que he trabajado me ha dejado profundas enseñanzas, no solo como periodista sino también como ser humano. A través de cada entrevistado conozco una forma distinta de vivir la vida. Después de cada entrevista hay algo dentro de mí que ha cambiado y creo que esto es parte de la belleza de esta profesión, que se convierte también en una escuela de vida.

MARH: ¿Qué periodistas y escritores admira a nivel global, y de qué manera han influido en su estilo directo, frontal y profundamente documentado?

SCC: A nivel global, uno de mis grandes referentes es Christiane Amanpour. Su trabajo demuestra que es posible hacer un periodismo frontal y valiente sin perder sensibilidad hacia las personas que están detrás de los conflictos. De ella valoro especialmente la capacidad de hacer preguntas directas, incluso en los contextos más complejos, con una preparación rigurosa y un profundo conocimiento del contexto.

También destaco a Megyn Kelly, especialmente por su capacidad para confrontar temas complejos sin rodeos y sostener conversaciones difíciles con claridad y preparación. De su estilo rescato la importancia de hacer preguntas incómodas cuando el interés público lo requiere.

En el ámbito hispano, admiro el trabajo de Fernando del Rincón, cuya forma de confrontar el poder con argumentos, datos y contexto ha influido en mi interés por un periodismo claro, sin ambigüedades y centrado en la rendición de cuentas.

También valoro la trayectoria de José Levy, por su rigor como corresponsal internacional y su capacidad para explicar conflictos complejos con claridad, contexto y equilibrio.

En conjunto, estos referentes han influido en mi estilo: una comunicación directa, preguntas frontales cuando la situación lo requiere y, sobre todo, un trabajo profundamente documentado que permita sostener cada historia con rigor, sin perder de vista la dimensión humana detrás de los hechos.

MARH: Más allá del periodismo, ¿qué libros y películas han sido claves en su formación profesional, no solo por sus temas, sino por su manera de narrar la complejidad humana?

SCC: En literatura, uno de los libros que más me impactó fue ‘El hombre en busca de sentido’ de Viktor Frankl. Me marcó su mirada sobre la resiliencia, la dignidad y la capacidad del ser humano de encontrar propósito incluso en las circunstancias más adversas como lo fue el Holocausto. En el trabajo periodístico, esa perspectiva me recuerda la importancia de no reducir a las personas a su tragedia, sino de contar también su fortaleza.

En narrativa latinoamericana, la obra de Gabriel García Márquez, especialmente ‘Crónica de una muerte anunciada’, ha sido clave por su estructura: una historia cuyo desenlace conocemos desde el inicio, pero que mantiene la tensión a través de los matices, las múltiples voces y las capas de responsabilidad colectiva. Esa forma de construir el relato ha influido en mi manera de abordar investigaciones complejas.

En el cine, me han marcado películas como Spotlight, basada en hechos reales, que retrata la investigación del equipo del The Boston Globe que destapó el encubrimiento sistemático de abusos dentro de la Iglesia Católica. Más que el resultado, me impacta el proceso: el rigor, la paciencia y la responsabilidad de investigar a profundidad antes de publicar.

También destaco la película Nothing But the Truth, porque plantea uno de los dilemas más complejos del oficio: el conflicto entre la búsqueda de la verdad, la protección de las fuentes y las consecuencias personales de ejercer el periodismo con convicción.

MARH: Hoy el periodismo trasciende sus categorías clásicas: periodismo de datos, pódcast, fotoperiodismo, redes sociales e inmediatez digital. ¿Cómo evalúa esta fragmentación de formatos y qué riesgos y oportunidades ve en ella para la profundidad informativa?

SCC: Creo que el riesgo más grande es convertir el periodismo solo en «fast journalism».  A veces, la digitalización, los clics y la inmediatez ponen a las salas de redacción en el dilema de ser los primeros o los más llamativos, en lugar de ser los más profundos, veraces y humanos. La tecnología y las nuevas plataformas son herramientas maravillosas, pero su uso nunca puede estar por encima de los valores éticos ni de los principios no negociables del periodismo, como la verificación de datos y la humanidad detrás de la noticia.

Los títulos sensacionalistas generan tráfico y, por ende, ingresos para los modelos de negocio de los medios, pero definitivamente no podemos escribir las noticias como si fueran piezas publicitarias.

Por otra parte, el acceso rápido a bases de información ha permitido el desarrollo de un periodismo tan valioso como el periodismo de datos, que permite probar hechos de manera objetiva y verificable, por ahí debemos seguir orientándonos también.

El pódcast también puede ser una plataforma riquísima para sostener conversaciones importantes y contar historias en profundidad, permitiendo a las audiencias escuchar en el momento que deseen. Sin embargo, también puede convertirse en un formato repetitivo que entretiene, pero no profundiza.

Creo que depende de nosotros convertir todas estas posibilidades tecnológicas en aliadas de la misión de nuestro oficio.

MARH: La inteligencia artificial permite hoy hiperpersonalizar contenidos y automatizar procesos informativos. ¿Qué potencial ve en la IA para enriquecer el periodismo, y cómo cree que Teletica puede integrarla sin comprometer la integridad editorial ni el criterio humano?

SCC: Hoy la inteligencia artificial es una aliada y creo que debe estar presente en nuestras salas de redacción, siempre y cuando no caigamos en el error de pensar que puede sustituir el criterio periodístico. La IA no puede ganarnos en criterio, creatividad y mucho menos en humanidad. Puede ayudarnos en el análisis de información con lógica estructurada e incluso en la agilización de procesos relacionados con la publicación de noticias. Esto aplica tanto para Teletica como para cualquier otro medio.

MARH: Desde su experiencia en 7 Días y el análisis político, ¿qué rol cree que debe jugar el periodismo en el fortalecimiento de democracias sanas y en la rendición de cuentas, especialmente cuando las normas democráticas se debilitan?

SCC: El periodismo no debe olvidar su rol: informar, generar criterio en la ciudadanía, cuestionar el poder y obtener las respuestas que los ciudadanos necesitan.

Ese papel vigilante  del poder es fundamental para una democracia sólida. Pero para ejercerlo con dignidad, el periodismo debe alejarse de agendas políticas que buscan cuestionar no en función del interés público, sino de intereses particulares o de grupos específicos. La audiencia no es ingenua y detecta rápidamente cuándo el ejercicio periodístico responde a su misión y cuándo responde a intereses. De la misma manera, no concibo un periodismo complaciente que no honre el poder que tiene para fiscalizar al poder. Estoy orgullosa de pertenecer a un equipo como 7 Días que tiene estos valores presentes hasta la medula.

En un plano más editorial, he entendido la importancia de no limitarse a dar la noticia, sino de explicarla, interpretarla y ponerla en contexto. Se trata de contar la política y los hechos más relevantes como se cuenta una buena historia: con claridad, profundidad y sentido. Creo que ese es también el papel del periodismo en una democracia: ayudar a que las audiencias comprendan lo que está ocurriendo más allá del titular. Porque en la medida en que la ciudadanía entiende mejor la realidad, puede tomar decisiones más informadas y más conscientes.

MARH: En un contexto de desinformación masiva y polarización social, ¿cuáles considera que son hoy los principales retos del periodismo del siglo XXI y qué responsabilidades éticas se vuelven irrenunciables?

SCC: Creo que debemos volver a lo básico: el periodismo no puede tomar partido ni convertirse en una agencia de relaciones públicas o en un club de fans de actores políticos. En otras palabras: equilibrio periodístico. Es un principio fundamental: dar espacio a todas las voces y abordar los distintos ángulos de la noticia. Resulta preocupante que hoy sea necesario recordarlo.

La polarización se ha intensificado porque la tecnología permite informarnos, opinar y reaccionar de forma inmediata. En ese entorno vemos agresividad, desinformación e insultos. Además, los grupos de poder pueden posicionar sus mensajes sin depender de los medios tradicionales.

En medio de ese escenario, el periodismo debe ser la voz sensata que contrarreste las pasiones con datos, información verificada y contexto. Eso es veracidad. No nos corresponde determinar quién tiene la razón, sino mostrar los hechos. En un entorno saturado de información y con el uso de inteligencia artificial también para manipular o dividir, la verificación de datos se vuelve más importante que nunca. Si hay una era para la verificación de datos, es esta.

MARH: Con la persistente amenaza de las noticias falsas, ¿cuál cree que será el futuro del periodismo de investigación y cómo puede seguir siendo una herramienta poderosa para revelar verdades en un mundo saturado de información y sospecha?

SCC: Hoy más que nunca, el periodismo de investigación tiene un valor incalculable. El buen periodismo se diferencia de la masividad de la información porque existe un proceso: se buscó, se recopiló y se contrastó la información. Cuando publicamos una noticia y logramos mostrar no solo los hechos, sino también cómo llegamos a ellos, ganamos el respeto de la audiencia y fortalecemos la credibilidad. Blindamos la información.

Antes de la era digital, el periodismo era menos cuestionado, pero también no estaba expuesto a la avalancha de información indiscriminada que existe hoy. Actualmente competimos con generadores de contenido y con cualquier persona que quiera comunicar. ¿La diferencia? Las garantías que podemos ofrecer: que detrás de la información hubo rigor, verificación y trabajo periodístico.