Por Sergio Vargas /

En un tiempo en la que muchos bolos viven de la nostalgia, el espectáculo “Inside The Matrix / Matrix Reboot” de Juno Reactor demuestra que revisitar un imaginario cultural puede convertirse en algo más que un simple ejercicio de memoria. Sobre el escenario del teatro Guiniguada de Las Palmas, el proyecto de Ben Watkins transforma la música de The Matrixen una experiencia que oscila entre el concierto electrónico, la realización tribal y la evocación cinematográfica.

Lo que podría haber sido un homenaje a la célebre saga creada por las Lana Wachowski y Lilly Wachowski se convierte en algo más físico: un ritual sonoro donde la electrónica adquiere un carácter casi sagrado.

Un viaje sonoro al alma de Matrix

El espectáculo de anoche giro en torno a las composiciones que Watkins creó junto al compositor Don Davis para las secuelas de la saga. Piezas como “Burly Brawl” o “Mona Lisa Overdrive”, que en el cine acompañaban combates y persecuciones imposibles, aquí se liberan de la pantalla y adquieren una nueva dimensión.

En vivo, esas músicas se expanden: bases electrónicas densas, percusiones tribales, ritmos trance y una puesta en escena audiovisual que evoca el imaginario digital del universo Matrix. No es tanto un concierto de banda sonora como una reinterpretación de ese material desde la lógica del club y del espectáculo escénico.

El resultado funciona especialmente bien porque la música de Juno Reactor nunca fue puramente electrónica. Desde sus inicios en los años noventa, el proyecto se caracterizó por mezclar trance psicodélico con influencias étnicas y percusión ritual. Esa mezcla —que ya era singular en el contexto del techno europeo— encontró en Matrix un territorio perfecto.

Entre rave futurista y ritual tribal

La paradoja del espectáculo es que suena simultáneamente futurista y primitivo. Los sintetizadores dibujan paisajes digitales mientras los tambores introducen una dimensión orgánica, casi ceremonial.

Ese contraste conecta con el propio universo de Matrix: una historia donde la tecnología extrema convive con preguntas filosóficas sobre la realidad, la identidad y el control.

En algunos momentos, la música recuerda más a una ceremonia electrónica que a un concierto convencional. Las piezas se alargan, crecen en intensidad y construyen un clima hipnótico que invita más a dejarse arrastrar por el ritmo que a analizarlo.

s que nostalgia cinematográfica

Uno de los aciertos del espectáculo es evitar la tentación de convertirse en un simple revival de los años dos mil. Aunque el imaginario visual remite inevitablemente a Matrix —códigos digitales, estética cyberpunk—, la música sigue teniendo una fuerza autónoma.

Veinte años después de aquellas secuelas, los temas de Juno Reactor continúan funcionando como lo que siempre fueron: electrónica narrativa, música diseñada para generar tensión, movimiento y energía.

En directo, esa energía se multiplica. Lo que en la película acompañaba escenas espectaculares se convierte aquí en el centro de la experiencia.

La persistencia de un mito cultural

La saga de The Matrix fue uno de los fenómenos culturales más influyentes del cambio de siglo. Su estética, su filosofía y su música marcaron una generación entera.

El espectáculo de Juno Reactor demuestra que ese universo sigue siendo fértil. No solo como objeto de nostalgia, sino como material vivo capaz de transformarse en una experiencia escénica contemporánea.

Porque, en el fondo, la pregunta que recorre Matrix sigue siendo inquietantemente actual: si el mundo que percibimos es real o solo una construcción.

Y durante noventa minutos de electrónica hipnótica, el concierto parece sugerir una respuesta posible: la realidad, al menos por un rato, puede ser simplemente el ritmo.