Por Antonio Alcaide Soler.
«No más que viento». Con esta cita del Poema de Gilgamesh se abre la poesía reunida de Javier La Beira, elegante filólogo, diletante cultural y, sobre todo, lector voraz. El volumen publicado por Garum recoge su poesía reunida —aunque no completa—, pues el propio autor la ha sometido a una labor de selección y advierte que otro libro «disparatado» está por llegar. La advertencia no es baladí: quien conozca mínimamente su escritura sabrá que en ella el juego, la inteligencia y una cierta irreverencia culta funcionan como motor estético.
La poesía de La Beira era para mí, hasta ahora, casi desconocida. No llegué a leer sus dos obras de juventud ni estuve en la presentación de Todo mi reino en isla, que pensaba que había tenido lugar el año pasado, aunque en realidad ya han pasado varios (tempus…). De modo que me he acercado a este libro de una sola vez, sin prejuicios —o con los justos, esos inevitables—, lo cual quizá sea la mejor forma de enfrentarse a una obra que se mueve con naturalidad entre el guiño cultural y la experiencia vital.
He leído el volumen prácticamente de un tirón, lo que dice mucho de su fluidez, aunque esa facilidad de lectura no esté reñida con la profundidad. A lo largo de sus páginas aparece una y otra vez el humor que caracteriza al autor, salpicando los poemas y sirviendo de contrapunto al trasfondo melancólico que atraviesa el libro: la pérdida de la juventud, el recuerdo de los amores que la jalonaron, el tiempo que inevitablemente erosiona lo vivido. Pero La Beira no escribe únicamente con la vida: escribe también con la cultura. Su biografía y su formación filológica se entremezclan con tal naturalidad que el lector termina por no saber dónde termina una y empieza la otra.
En ese territorio híbrido prosperan los guiños, los juegos de palabras y las alusiones conceptuales que acechan entre los versos de unos poemas que, en apariencia, se presentan con una engañosa sencillez. La Beira podría inscribirse sin dificultad en la interesante nómina de los llamados «poetas del reciclaje»: aquellos que reutilizan materiales culturales diversos y los reorganizan para dotarlos de un sentido nuevo. Así ocurre en versos como «la del alba sería / cuando durmieron todos los sueños», perteneciente a un poema epigramático de título revelador, o en el irónico «supe que en ella había cisne encerrado», cuya lectura arranca inevitablemente una sonrisa.
A través de estas composiciones asistimos al retrato de un hombre —o quizá del joven que fue— que ama a las mujeres y las canta desde registros muy distintos: a veces desde la distancia contemplativa, otras desde la intimidad. El tono puede oscilar entre la evocación sentimental y el guiño lúdico, como sucede en el poema English student, donde la ironía y la ternura se entrelazan con naturalidad.
El mar y Málaga ocupan un lugar privilegiado en la sección Todo mi reino en isla, abierta por el hermoso poema «La marea». Su lectura me arrastra —nunca mejor dicho— hacia la memoria de otro poeta amigo de ambos, Alfonso Sánchez Rodríguez, y su libro de juventud de publicación tardía Melancolía de los puertos, igualmente poblado de puertos interiores, algas casi surrealistas y sirenas imaginarias. Esa afinidad marítima y sentimental parece tender un discreto puente entre ambos universos poéticos.
Uno de los rasgos más llamativos de la escritura de La Beira es su capacidad para combinar con oficio registros aparentemente dispares. Lo culto y lo coloquial conviven con naturalidad, como en estos versos: «esa oveja tranquila en su redil / fue un elefante en la cacharrería / de la alacena de mis sentimientos; / una sopa de letras / que se ha quedado fría». De nuevo aparece la sonrisa, una sensación no demasiado frecuente en la lectura de poesía contemporánea y que aquí funciona como seña de identidad.
El uso recurrente del inglés —palabras, expresiones o títulos— parece responder también a ese toque deliberadamente gamberro que el poeta introduce en su obra. A ello se suma el empleo de paréntesis, recurso con el que introduce un discurso lateral que a menudo relativiza o contradice la aparente solemnidad del verso, como si el propio poeta se apresurara a disculparse por haber invocado un exceso de gravedad.
En el plano métrico, La Beira articula el ritmo sobre un verso blanco de cadencias impares que en ocasiones segmenta de manera inesperada para respetar la escansión. El resultado recuerda a una suerte de verso blanco de cabo roto, cuya irregularidad parece formar parte del mismo juego estructural del libro. Y, aunque el autor rehúye ostensiblemente la rima, el lector atento puede detectar algunas asonancias discretas —como ocurre en «Poética auténtica»— que difícilmente parecen casuales, sobre todo si se atiende a lo que se afirma en los versos finales de esa composición.
La intertextualidad, por supuesto, recorre el libro de principio a fin. La Beira glosa con humor a Bécquer y actualiza con ingenio ciertas referencias literarias. En un poema, por ejemplo, el célebre título de García Márquez se transforma en «El amor en los tiempos del whatsapp». Más allá de la anécdota —poetizada con indudable gracia—, el texto encierra una crítica irónica a nuestras nuevas formas de (in)comunicación, donde la inmediatez tecnológica parece haber sustituido al temblor de la palabra.
La parodia, de hecho, constituye uno de los rasgos más característicos de su poesía. Un ejemplo especialmente logrado es «Mi amor titánico», cuyo título anfibológico pronto se aclara a través de la peripecia narrativa de cierto buque destinado a estamparse contra «el gigantesco hielo de tu indiferencia». La imagen, tan humorística como eficaz, convierte el poema en uno de los momentos más memorables del libro.
Quisiera terminar con algo que me resulta particularmente cercano. Entre las páginas de este volumen aparece una cita de Heráclito —fragmento B85— que yo mismo utilicé hace años en un libro nunca publicado íntegramente. Y también el poema «Las tentaciones de San Antonio Flaubert La Beira», cuya atmósfera me resulta extrañamente familiar, como si en algún momento hubiera escrito algo semejante por pura coincidencia o por ese misterioso contagio que a veces se produce entre lecturas.
El libro se cierra con unos versos que me gustaría recordar:
«poseo islas redondas
como monedas de plata».
Y no puedo evitar parafrasear —porque al fin y al cabo no hacemos otra cosa que parafrasear—: mi reino, todo mi reino, por una de esas islas.

