Foto: Sara Esteban

Vicente Gallego (Valencia, 1963) ha reunido su poesía en el volumen titulado Canción del agua a solas (Visor, 2026). También ha publicado dos libros de haikus: Un gramo menos y Rayos de luz serena. Como ensayista se ha dado a conocer con tres libros acerca de la naturaleza original de la realidad: Contra toda creencia, Vivir el cuerpo de la realidad y Para caer en sí, todos ellos disponibles en la editorial Kairós. Desde hace más de veinticinco años, trabaja en la EMTRE como pesador de camiones de residuos urbanos.

 

 

Hace años que renuncié a mis primeros poemas

Javier Gilabert: Vicente, reunir una vida poética en un solo volumen es un ejercicio de arqueología personal. Al releer tus primeros poemas desde la atalaya de 2026, ¿reconoces a aquel joven que buscaba la luz en Valencia o sientes que estás editando a un extraño?

Vicente Gallego: Mi caso ha sido muy radical: hace años que renuncié a mis primeros poemas, incluso a mis cinco primeros libros. Sencillamente, no los considero verdadera poesía, sino ejercicios retóricos, aprendizaje del oficio, que resulta necesario para que la poesía pueda luego encarnar y mostrarnos su alma. Me importa poco dejar reflejada mi evolución poética y mi proceso de maduración, lo que yo quería es que todos mis poemas, desde el primero, estuviesen vivos, fueran honestos y verdaderos. Claro que eso es imposible, pero ese ha sido el único propósito que ha guiado mi trabajo durante muchos años, por eso he renunciado a tantos libros. En el poema no debe reconocerse nunca el poeta, lo que debemos reconocer en él es la poesía. Aquel joven que comenzó a escribir estaba convencido de hacerlo él, y así se llenó de tonterías y torpezas. Después descubrí que la poesía estaba viva y tenía voluntad propia, y a partir de ahí me llené de respeto, ya no valía inventarla, sino esperar a que ella se me revelara.  

 

Me propuse limpiar mi obra de cabo a rabo

¿Cómo y cuándo surge la voluntad de recoger todo este caudal en Visor? ¿Ha sido una necesidad de orden intelectual o un imperativo emocional de «limpieza» de archivo?

Como cualquier poeta, pensé en recopilar mis libros para editarlos juntos y, en esa obligatoria relectura previa, me encontré con que se me caían de las manos la mayoría de poemas que antes di por buenos. ¿Qué hacer, volver a publicar lo que veía tan claramente que estaba de sobra? Me propuse limpiar mi obra de cabo a rabo, todo lo que viera claramente que era falso me lo ahorraría. Y me hubiera quedado casi en paños menores si no hubiera sido porque, en ese proceso de corrección, quién me lo iba a decir, surgió a raudales la escritura. El resultado es este volumen, en el que más del sesenta o setenta por ciento es rigurosamente inédito.

 

No existe la tan traída y llevada «poesía de la experiencia»

Publicar una poesía reunida implica decidir qué sobrevive y qué se queda en la orilla. ¿Cómo ha sido ese proceso de edición? ¿Ha cambiado tu forma de juzgar tus propios versos con el paso de las décadas?

Si uno no crece como lector, difícilmente crecerá como poeta. Al lector que soy ahora el Vicente Gallego de los primeros libros no le parece un poeta, sino más bien alguien que pone su pensamiento y sus experiencias en verso con más o menos fortuna, a veces con cierta gracia, a veces con muy poca. La poesía es otra cosa, es algo que procede de otro lugar, no es nunca pensamiento ni ilustración de lo vivido, sino palabra que nace de palabra. No existe la tan traída y llevada «poesía de la experiencia», sino la experiencia soberana de la poesía. No existe tampoco la «poesía pura», sino la pura poesía, no tratemos de lavarle el rostro al agua. 

 

 

Cuando escribimos o leemos poesía el mundo se detiene

Canción del agua a solas sugiere una música que suena sin testigos. ¿Qué efecto —o qué silencio— esperas que provoque en el lector este recorrido integral por tu voz?

Mientras escribe, o por mejor decir, mientras escucha y toma nota, el poeta no piensa nunca en sus lectores, el único lector posible es uno mismo. A lo que alude el título es a la vitalidad propia y exclusiva de la poesía, que nace de sí misma y se nos da como revelación, como regalo inmerecido. Si el poema nos emociona al escribirlo es porque no sabíamos nada de él, porque procede de un lugar oscuro y, sin embargo, ilumina zonas propias a las que nunca hubiéramos podido acceder de otra manera. Cuando escribimos o leemos poesía el mundo se detiene y la fuente mana, no existe más que el verso pronunciándose: esa canción del agua a solas.

 

El poeta no necesita planificar

En este volumen, la disposición de los poemarios parece trazar un río que se ensancha. ¿Fue una estructura deliberada o has descubierto, al unirlos, una coherencia que antes te resultaba intuitiva o invisible?

No hay nada premeditado en mis libros y poemas, todos ellos son producto de una serie de hallazgos imprevisibles, desde los títulos hasta sus posibles correspondencias internas. Uno se va encontrando con la escritura al ritmo que ella impone, no debe forzar nada. El novelista puede trazar su plan —aunque luego lo reformule según las exigencias de la novela—, el poeta no necesita planificar, lo mejor que puede hacer es desnudarse por completo de todo lo sabido y escrito anteriormente. Entonces se puede presentar la ocasión de ser honesto.

 

La poesía no construye identidades, nos ayuda a rebasarlas

¿En qué medida sobrevive en estas páginas el Vicente de Santa Deriva o La luz de otra manera? ¿Es la poesía una construcción de identidad o, en tu caso, un desmantelamiento progresivo de la misma?

Repito que es a ese Vicente al que he procurado quitar de en medio desde el primer libro hasta el último, la poesía no construye identidades, nos ayuda a rebasarlas para ir más lejos, para llegar a reconocernos en lo humano universal. Estamos acostumbrados a poner el «yo» por delante en cualquier faceta de nuestras vidas, pero ese «yo» no existe más que como una vana idea. No hay ningún «yo» haciendo nada, cuando decimos «yo» deberíamos referirnos a la actividad del universo entero en un lugar concreto de manifestación. El poema ocurre —como ocurre que llueve o hace bueno—, no hay nadie que lo haga, no existe ese listillo y, misteriosamente, darse cuenta de esa obviedad redunda en beneficio de la expresión poética.

 

Nada accesorio cabe en poesía

Has cultivado con maestría el haiku en Un gramo menos y Rayos de luz serena. ¿Cómo ha contaminado esa búsqueda de lo mínimo a tus poemas de largo aliento que ahora vemos reunidos?

El haiku obliga a una síntesis radical, pero esa obligación es la misma que atañe también a cada verso en un poema largo, pues nada accesorio cabe en poesía, nada de explicaciones o digresiones innecesarias. Llegué al haiku a través de la sugerencia de un amigo, que me pidió uno para una antología. Le seguí el juego y me puse a intentarlo, pero enseguida me sentí como en casa, pues el alma misma de mis versos se debe a una lectura devota de la lírica de tipo popular, de esas jarchas y cantigas que le hacen el contrapunto a la tradición japonesa, tal vez menos apasionada, pero que también apela a lo esencial. Incluso un haiku puede resultar tremendamente retórico cuando lo inventa el poeta, esa es la clave, dejar de inventar para que hable a través de nosotros el alma de las cosas que nombramos.

 

Tenerse uno presente puede rayar en lo patológico

Tus libros en Kairós hablan de la naturaleza de la realidad. ¿Sientes que el ensayo te permite decir lo que la poesía solo puede sugerir, o son vasos comunicantes de una misma meditación?

Es justo al revés, la poesía —cuando acierta— dice mucho más acerca de lo verdadero que un millón de ensayos en prosa. Ahora bien, la prosa permite un tipo de análisis pormenorizado que no cabe en poesía. La naturaleza de la realidad resulta inexpresable, es lo que somos, no podemos experimentarla a través de la separatividad del pensamiento, pero podemos ser eso que somos de todo corazón, muy simple y llanamente. No hace falta esfuerzo alguno para ser el que somos antes que surja el primer pensamiento, pero sostener nuestras identidades pensadas nos convierte en esclavos de un trabajo feo y agotador, y hace ricos a los psiquiatras y psicólogos. Tenerse uno presente puede rayar en lo patológico, no hay modo de hacer algo como dios manda si uno se tiene presente, ¡quién se acuerda de sí mientras hace el amor o cocina unas lentejas suculentas! Olvidarse uno de sí mismo es lo sano y natural, y de ese olvido saca ventaja la vitalidad inagotable de la vida.

 

No creo en las generaciones, no me siento exponente de nada

Como máximo exponente de tu generación, ¿cómo percibes la salud de la poesía española actual? ¿Ves en las nuevas voces ese «caer en sí» que tú predicas o notas un exceso de ruido exterior?

No creo en las generaciones, no me siento exponente de nada, y no puedo seguir a todos los nuevos poetas que surgen, porque entonces no tendría tiempo para escribir. Como jurado de algún premio compruebo que la poesía sigue gozando de una excelente salud allí donde ella brota de su fuente pura. La poesía es siempre la excepción, por eso nos es posible —y tan grato— reconocerla en cuanto nos salta a la vista, lo demás son libros de versos, artefactos mentales, ganas de figurar como socios en un club del que, como decía Groucho, deberíamos salir huyendo, si admite a gente como nosotros.

 

A la poesía no la podremos nunca convertir en refugio

En tus ensayos mencionas «vivir el cuerpo de la realidad». ¿Es hoy la poesía el último refugio frente a la virtualidad y la desatención que nos rodea?

A la poesía no la podremos nunca convertir en refugio de nada, pues allí donde ella reina, todo lo demás queda borrado, reducido a cenizas. Se trata de un nacimiento sin gestación, de un despertar del sueño de los mundos a la realidad soberana de la palabra viva, la que nos lleva más allá de todas las palabras. 

 

Te pongo en un aprieto de antólogo: si tuvieras que salvar solo tres poemas de toda esta Canción del agua a solas para que te definieran ante la posteridad, ¿con cuáles te quedarías?

Como bien sabes, querido Javier, esa pregunta es una trampa, resulta imposible contestarla de manera definitiva, pero ahí van los títulos de tres poemas que no me parecen mal: Quien la encuentre, Juan de Yepes entrega el espíritu y ¿Quién escribe en la noche? 

 

Lo que escribiré mañana sólo la poesía lo sabe

¿Supone esta reunión un «borrón y cuenta nueva» en tu producción? ¿Hacia dónde se encamina tu escritura después de haber levantado este monumento a tu trayectoria?

Esta poesía reunida incluye todo lo que he dado por bueno desde que comencé a escribir hasta el momento presente, dejando aparte los libros de haikus —que recopilaré en otro momento— y Ni la sal ni el aceite han de faltarme, la elegía a Francisco Brines que no recoge este volumen por haberse publicado en Renacimiento muy recientemente. ¿Hacia dónde me encamino? No tengo ni idea, eso se ve cuando uno ya ha llegado allí donde la poesía lo llevaba, nunca antes. Tengo terminados dos libros de versos más, uno de tankas, y uno en prosa poética que consiste en reflexiones acerca del fenómeno de la escritura. Lo que escribiré mañana sólo la poesía lo sabe, y yo no me cansaré de preguntárselo, ese es mi oficio y mi pasión de vida, todo lo demás son trabajos y obligaciones.

 

Por último, como lector voraz y atento, ¿de quién te gustaría que conociéramos su “Primera impresión” en esta sección?

Juan Pablo Zapater, gran amigo con el que comencé en esto de la aventura poética, acaba de publicar un libro de haikus, que es de lo más fino que ha escrito, sin desmerecer sus libros anteriores de poemas: Yodo en los labios se titula.

 

 

 

***

Tres poemas de Canción del agua sola

 

 

QUIEN LA ENCUENTRE

             A David Pareja

 

 Se hizo sin pensar, me vi partiendo,

bajo el azul de junio,

la rama del hinojo florecido,

que eso dios lo perdona,

pues la parte aquel niño todavía.

 

Tallo verde de insólita frescura,

el que probó una vez

la secreta delicia de tu savia,

cómo va a resistirse

a aspirar ese anís de tu perfume,

a masticar tu carne,

y en aroma y sabor -entre veredas

detenido un segundo-

empeñar el sentido hasta perderlo.

 

¿Es que puede una planta

tan delicadamente darle muerte,

al borde del camino,

al que no pretendía más que olerla?

 

Qué es entonces el mundo, este lugar

del que puede raptarnos

la súbita fragancia de una herida

en un tallo de hinojo.

 

Quien la encuentre, que parta

la rama que lo espera.

 

del libro El junco y la líbelula

 

 

 

 

CANTO XLVIII

(Juan de Yepes entrega el espíritu)

 

¿Qué habrá más delicado que morir?

 

No se molesta a nadie para eso,

nadie se va o se queda y todo brilla

al final por su ausencia meridiana.

 

Unos detrás de otros,

qué paso descuidado de gorriones

dimos al borde mismo

de nunca habernos dado un mal alcance.

 

Toda luz, olvidada de sus muertos,

abre su corazón la madre muerte.

 

Estaba en esas Juan

de Yepes, aquel hombre

de saberse estas cosas en la pura

pobreza de la vista.

 

«¿Qué hora es?», preguntó.

 

«No son las doce aún», le respondieron.

 

«No llegarán a serlas y estaré

cantando ya maitines en la gloria

del Señor de mi amor».

 

Lo lloraban los frailes,

todavía presente y dando ejemplo.

 

Tomaron el breviario,

le quisieron leer

la Recomendación del alma.

 

Él los puso en lo cierto:

«Déjenlo, por amor

de Dios y aquiétense. Dígame, padre,

de los cantares sólo,

que eso no es menester».

 

Oía, de la boca de un amigo,

aquel cantar de amores que él hiciese

crecerse con el suyo y ya iba dócil

quedándose la hora sosegada.

 

 

Pasó por Juan la muerte,

dijo él a su paso: «¡Qué preciosas

margaritas! », y allí

se abrió el claustro a los montes,

quedó la muerte lúcida de sol.

 

No habiendo menester en su morir,

qué delicadamente vio

en su muerte sus flores Juan de Yepes.

 

del libro Ser el canto

 

 

 

 

¿QUIÉN ESCRIBE EN LA NOCHE?

 

Cada verso es el último,

y siempre es el primero.

 

¿Ya cuántas vidas hace

que anochece y la luna

-ese rayo escogido-

nos sorprende a la espera?

 

Escribiendo, escribiendo,

borrándonos, borrándonos.

 

De dónde vienes tú,

dónde vas, escritura,

que corres por los dedos

como un río de arena.

 

Como polvo de oro,

cuando el amor te guía.

 

Y haces que llueva dentro

de todos tus amantes,

y allí crecen vergeles,

canta a solas el agua.

 

Borrándonos, borrándonos,

con qué delicadeza.

 

Cada verso es el último,

y siempre es el primero,

hoy todo se inaugura,

hoy todo se ha cumplido.

 

¿Quién escribe en la noche,

de quién es esta lágrima?

 

del libro A pájaros y migas