Silvia Domínguez
El siguiente texto está escrito por José Sacristán y hace referencia a la obra El hijo de la cómica de Fernando Fernán-Gómez. En él, Sacristán recuerda las conversaciones y recuerdos compartidos con el autor, evocando su infancia, su familia y las distintas voces que marcaron su vida. A través de estas memorias introduce el mundo personal y emocional que inspira la obra.
«Si el escritor Delibes me enseñó a mirar, el cómico Fernán-Gómez, a escuchar.
Durante unos cuantos años tuve el privilegio de estar cerca de él y escucharle.
Escucharle, entre otras, la historia de Fernanda López, «la rubia», su bisabuela, de la que heredó el color de pelo y que era de Valdelaguna, un pueblo al lado de Chinchón, el mío. Y de Carolina Gómez, costurera, la abuela que cuidó de su infancia como Natividad López, sus labores, cuidó de la mía.
Intercambiamos y compartimos coincidencias en otras tantas historias.
Historias de supervivencia, de ausencias, miedos, esperanzas, sueños: de libertad, de «llegar a ser alguien», de ser ¿por qué no? Jackie Cooper, «el de La isla del tesoro», y también «escritor de novelas de Salgari».
Firme, orgullosamente resuelta en su melancolía, sonaba la voz de Fernando al recordar aquellos tiempos, al recordarse.
Ecos de Baroja, Galdós, Barea… merodeaban por aquella memoria.
También, a través de la de Fernando, se me antojaban las voces de su abuela y de la mía, la lejana de Carola, su madre, la de María, la criada analfabeta aficionada a la poesía, la de Florentina y el «joder que piernas» de su novio.
La voz del niño soñador, la del meritorio con su puñadito de castañas pilongas en el bolsillo, la del joven enamorado y con prisa, con mucha prisa…
Voces en una sola voz.»
Hay noches de teatro que se disfrutan y se olvidan, y hay otras que dejan una huella silenciosa, casi íntima, como si uno hubiera escuchado una confesión. “El hijo de la cómica” pertenece claramente a esta segunda categoría.
La obra, interpretada por José Sacristán, no es solo una función: es un acto de memoria, un diálogo con el pasado y, sobre todo, un homenaje profundamente humano al oficio de vivir sobre un escenario.
Desde el primer momento en que Sacristán aparece, el teatro parece encogerse. No por pobreza escénica, sino por concentración emocional. Todo se reduce a la palabra, al gesto y a esa presencia escénica que solo poseen los actores que han vivido mucho teatro.
Sacristán no entra en escena como quien interpreta un papel; entra como quien abre una
vieja caja de recuerdos.
La historia se construye como una evocación: la de un hijo que recuerda a su madre, una actriz cómica de aquellas compañías ambulantes que recorrían pueblos y ciudades cuando el teatro era más supervivencia que glamour. A través de sus palabras, se dibuja todo un mundo que ya casi no existe: camerinos improvisados, trenes nocturnos, hoteles modestos, escenarios levantados con más pasión que recursos.
Pero lo verdaderamente extraordinario es cómo Sacristán logra convertir esa memoria en algo universal.
Cada frase parece dicha desde la experiencia real. No hay artificio ni exageración. Su voz —a veces cálida, a veces quebrada— conduce al público por un territorio lleno de ternura, humor y melancolía. Se ríe uno mucho, porque el texto está lleno de ironía y de retratos muy vivos del mundo del teatro; pero también hay momentos en los que la risa se queda suspendida, como si el público comprendiera de repente que detrás de cada anécdota hay una vida entera.
Sacristán domina el escenario con una naturalidad desarmante. Se mueve con calma, como si estuviera conversando con el público en un salón antiguo. No necesita grandes recursos:
basta un gesto, una pausa, una mirada hacia el patio de butacas para que todo cobre sentido.
En algunos momentos parece que el actor desaparece y queda solo la memoria. En otros, emerge el intérprete brillante que sabe exactamente cuándo acelerar el ritmo, cuándo detenerse, cuándo dejar que el silencio haga su trabajo.
Y esos silencios son, quizá, lo más hermoso de la función.
Porque “El hijo de la cómica” no es una obra que busque el aplauso fácil. Es una pieza que respira nostalgia, pero una nostalgia luminosa. Habla del teatro como refugio, como destino inevitable, como forma de vida que exige sacrificios pero que también regala instantes de felicidad irrepetibles.
Hay una idea que atraviesa toda la función: el teatro como herencia emocional. No solo un oficio, sino una manera de mirar el mundo. El protagonista recuerda a su madre no solo como actriz, sino como alguien que entendía la vida con la intensidad de quien sabe que cada función puede ser la última.
En ese sentido, la interpretación de Sacristán tiene algo casi autobiográfico. Después de tantas décadas sobre los escenarios, su presencia añade capas de verdad al texto. Cuando habla del paso del tiempo, de los escenarios que desaparecen o de las viejas compañías, uno tiene la sensación de que no está interpretando: está recordando.
Y ahí reside la magia.
Al terminar la obra, el aplauso no surge de golpe. Primero hay un pequeño silencio, como si el público necesitara volver a la realidad después de ese viaje por la memoria. Luego sí: un aplauso largo, cálido, agradecido.
Porque lo que se ha visto no es solo una función de teatro.
Es un acto de amor al teatro mismo.
Adaptación, interpretación y dirección: José Sacristán
Ayte. dirección: Amparo Pascual
Escenografía audiovisual: Juan Estelrich
Vestuario y atrezo: Picaporte
Diseño de cartel: David Sueiro
Fotografía de cartel: Javier Naval
Jefe técnico: Ignacio Huerta
Jefe de producción: Juan Pedro Campoy
Ayte. producción: Estela Ferrándiz
Diseño y Técnico de iluminación: Tatiana Reverto
Regiduría, maquinaria y vídeo: Juan José Andreu
Gerencia: Cristina Berhó
Guitarra española: Carlos Goñi
Distribución: Rosa Sainz-Pardo, David Ricondo y Eva Esteban
Comunicación y prensa: Isabel Martín y Javier Antolín
Productor: Jesús Cimarro
Espectáculo presenciado en el Teatro Principal de Ourense el domingo 8 de marzo de 2026.
Próximamente en Madrid, Teatro Bellas Artes, a partir del 29 de abril de 2026




