Cuando todos saben que todos lo saben…

Steven Pinker

Traducción de Pablo Hermida Lazcano

Paidós

Barcelona, 2026

357 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

En la conciencia, pero escondido, guardamos al niño que gritó que el emperador estaba desnudo. La diferencia entre nosotros y el protagonista del aviso es un océano de capas, esas que van formando la principal característica de la conciencia, que es la que se forma por pactos sociales, por pudores sociales y por la necesidad de no hacer daño mientras convivimos. Pero para no caer en el desánimo, de vez en cuando debemos profundizar en la conciencia para asegurarnos que ese crío todavía habita allí, aunque sea muy al fondo. Si se nos ocurre sacarlo a la luz, señalar que tal vez algún emperador esté desnudo, nos encontraremos con una marea social censurándonos, con aquellos que perdieron buena parte de su sinceridad por no bucear hasta su crío a la hora de revisar la conciencia.  Pero en algún momento, todos debemos darnos cuenta de que el emperador está desnudo y darle la razón a quien lo pronunció, aunque luego decidamos que hay que meterle en la cárcel.

El asunto del cuento de Andersen sirve para iniciar este ensayo de Steven Pinker (Montreal, 1954) acerca del conocimiento común. En primer lugar, Pinker debe definir en qué consiste este conocimiento común, para lo cual recurrirá, con frecuencia, a la enumeración sin fin: yo sé que tú sabes, y tú sabes que yo sé que tú sabes, y yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes… No importa, nadie se detiene tanto en ello. Pero no es un mal principio para estudiar el conocimiento común en un mundo hiperconectado, en el que no cesamos de recibir estímulos que buscan la alta intensidad en tiempo corto. A mayores, están los riesgos de las falacias o la hipocresía, de las censuras, de las ambigüedades, de las tensiones entre la expansión agresiva de nuestro conocimiento para promover el entendimiento y el mantenimiento de conocimientos privados. La intención de Pinker será la de intentar explicar cómo preservar cierta armonía humana, que debería ser inherente a nuestra condición.

Partiendo del hecho de que lo que nos hace sociales no es el enfrentamiento, sino la cooperación y coordinación, Pinker elabora un ensayo muy entretenido, en el que da la sensación de estar manejando todo el rato paradojas y juegos de lógica, aunque si nos detenemos a analizar sus tesis, resultará que eso se refiere solo al aspecto, porque hunde su estudio en el conocimiento humano, en intentar explicar parte de la humanidad que nos compone. Hay que decir que en el texto subyace la idea de lo complicado que puede resultar entenderse, al tiempo que navega entre el éxito que es haberlo hecho. El optimismo es parte del proyecto de Pinker, y eso se agradece. Ese optimismo se basa en lecturas, estudio, experimentos psicológicos, y un sinfín de buenos ejemplos que ayudan a hacer del ensayo algo bastante divulgativo. Pinker siempre ha sabido cómo dirigirse al lector para hablarle de las cosas que le afectan o que el lector considera, durante la lectura, que son las que le afectan. El efecto que consigue es el de encontrarnos, por fin, con una cabeza bien estructurada que nos ayuda a poner orden en lo aprendido y en las intuiciones que deberían pasar a formar parte de lo aprendido. Algo que se hace imprescindible cuando nos encontramos con que la comunicación, que conviene tener a buen tono para facilitar la cooperación y la coordinación, pasa por textos, subtextos, lenguaje no verbal, segundas intenciones, todo esto que podría separarnos, y a pesar de ello forman parte de lo común. Pinker vuelve a acertar con este sugestivo ensayo.