Redacción.
La poesía secreta de una vida
Hay libros que nacen para hacerse visibles de inmediato y otros que, durante años, permanecen en silencio. No porque les falte voz, sino porque su tiempo transcurre lejos del ruido literario. Sillares de cristal pertenece a esa segunda estirpe: la de los libros que guardan durante décadas una conversación íntima con la vida.
Este volumen reúne los poemas escritos por Máximo Gómez a lo largo de más de medio siglo. No se trata tanto de un libro concebido como proyecto editorial desde el principio, sino de la reunión de una escritura sostenida en el tiempo, casi secreta, que fue creciendo al margen de las modas y de las urgencias del mundo literario.
Historiador del arte y profundo conocedor del patrimonio cultural leonés, Gómez ha dedicado gran parte de su vida a estudiar y comprender la belleza en las piedras, en las imágenes y en la historia. Quizá por eso su poesía se levanta también como una arquitectura interior: verso a verso, como quien coloca sillares que sostienen una memoria.
Los poemas recogidos en Sillares de cristal atraviesan distintas etapas vitales —desde los textos juveniles de los años sesenta hasta composiciones mucho más tardías— y permiten asistir a la evolución de una voz que, sin abandonar nunca su tono reflexivo, va depurándose con el paso del tiempo. Hay en ellos una mirada contemplativa, una cierta serenidad que parece nacida de quien ha aprendido a observar el mundo con paciencia.
No es una poesía estridente ni programática. Su fuerza reside precisamente en lo contrario: en la discreción, en la fidelidad a una escritura que se ha mantenido durante décadas como una forma de pensamiento íntimo. Los poemas aparecen así como fragmentos de una vida reflexionada, como pequeñas piezas de un diario interior.
La edición que ahora publica Mariposa Ediciones permite, por primera vez, acercarse a ese itinerario completo. Más que un simple poemario, el libro funciona como una cartografía de la experiencia: un recorrido por los temas que acompañan a cualquier vida —el paso del tiempo, la memoria, la contemplación del arte, la búsqueda de sentido—.
Hay algo profundamente hermoso en este gesto editorial. En un momento en que la literatura parece a menudo sometida a la velocidad de la actualidad, rescatar una obra escrita con la calma de los años recuerda que la poesía también puede ser un acto de paciencia.
Sillares de cristal nos habla, en el fondo, de eso: de la posibilidad de que la poesía acompañe silenciosamente toda una vida.
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El poeta se presenta al mundo
Estos versos no nacen
ante los reflejos de un vaso de whisky,
ni en exóticas colinas
como la de Montmartre,
a las orillas del Sena,
donde autorizados poetas dialogan
sobre la oportunidad
del último Nobel de literatura,
o se extasían ante algún maestro impresionista
que mide, paso a paso,
las tenues pisadas del sol y del agua
sobre la albura del lienzo.
Estos versos nacen al lado
de un arroyo donde beben las vacas
y donde los niños capturan renacuajos.
Nacen al fresco de una tarde soleada,
sin más transeúntes que irisadas libélulas
o el canto de algún mirlo,
colonos del salguero y de los chopos.
Pero nacen arriba, con la fuente,
y bajan con el agua
para alumbrar al valle,
y para que el cielo de la noche
contemple, mientras fluyen,
la fidelidad de sus estrellas.
Atraviesan bosques y parques
de recuerdos que la memoria
va leyendo en cada roca,
en cada árbol,
en cada recodo del camino,
donde la infancia recogió semillas
que florecen ahora en mis cuadernos.

