Ricardo Álamo.- En la poesía de Miguel d’Ors hay una rara fidelidad que, lejos de empobrecerla, la sostiene y la engrandece. No es un poeta que necesite romper con lo anterior para avanzar, ni que aspire a desmentirse libro tras libro. Sus temas, sus motivos, incluso sus recursos verbales, mantienen una reconocible continuidad; sin embargo, esa persistencia no lo convierte en un epígono de sí mismo, sino en alguien que ha encontrado una voz lo suficientemente verdadera como para no traicionarla. En un tiempo en que la novedad suele confundirse con el valor, la obra de d’Ors recuerda que la profundidad también puede consistir en volver, en insistir, en afinar.

Esa fidelidad se apoya en una tríada que define su manera de hacer poesía: precisión, intensidad y belleza. La precisión no es en él sequedad, sino justeza; cada palabra parece colocada tras haber descartado todas las demás. La intensidad no se impone con estridencias, sino que brota de una mirada que sabe detenerse en lo esencial. Y la belleza, lejos de cualquier ornamento superfluo, surge como consecuencia natural de las otras dos. A estas tres virtudes se suma un rasgo que singulariza aún más su escritura: la ironía. No una ironía destructiva o cínica, sino una forma de lucidez que le permite tomar distancia, incluso de sí mismo, y evitar cualquier tentación de solemnidad excesiva.

De ahí que d’Ors no hable de su poesía como de la Poesía, con mayúsculas y vocación casi sagrada, al modo en que lo hacía Juan Ramón Jiménez, sino que, siempre insatisfecho con sus propias ideas de ella, se aventura a menudo por sus fronteras, buscando ampliar el lenguaje poético con nuevos territorios. Su concepción del hecho poético es más humilde, más modesta si se quiere, pero también más cercana y sincera. En lugar de erigir un templo, parece conformarse con señalar un camino; en vez de proclamar verdades absolutas, sugiere, insinúa, comparte. Y, sin embargo, en esa modestia hay una ambición profunda: la de decir lo verdadero con la mayor limpieza posible. No es extraño, por ello, que sea considerado uno de los mejores poetas españoles contemporáneos.

Entre los temas que recorren su obra, la memoria ocupa un lugar central. La vida pasa —inevitablemente— y lo que queda de ella es, en gran medida, su huella en el recuerdo. Para d’Ors, el pasado no es un refugio nostálgico ni un territorio idealizado, sino una materia viva de la que el poeta debe nutrirse. La memoria no aparece como un archivo ordenado, sino como un espacio en el que conviven lo íntimo y lo cotidiano, lo significativo y lo aparentemente trivial. En sus poemas, el pasado se actualiza, se interroga, se ilumina desde el presente, dando lugar a una reflexión constante sobre el tiempo y la identidad.

Ligado a esa memoria está también el paisaje, y de manera muy especial Galicia. Sus pueblos, sus gentes, sus atmósferas reaparecen con frecuencia en sus versos, pero no bajo el prisma de la tradición más reconocible. A diferencia de Rosalía de Castro o de Álvaro Cunqueiro, cuya mirada tendía a lo melancólico o a lo fabulador, d’Ors ofrece una visión más fresca, más abierta, incluso más risueña. Su Galicia no es tanto un símbolo como un espacio vivido, lleno de matices, donde la emoción convive con una cierta ligereza y donde la ironía vuelve a desempeñar un papel fundamental. Es una tierra reconocible, pero también reinterpretada desde la experiencia personal y el paso del tiempo.

Otro de los aspectos más llamativos de su poesía es la presencia del “yo”. O, más exactamente, de los “yoes”. Porque en sus poemas no habla una única voz homogénea, sino una pluralidad de identidades que corresponden a las distintas etapas de su vida. El niño, el joven, el adulto, el hombre que mira hacia atrás: todos ellos comparecen, dialogan, se contradicen en ocasiones. Esta multiplicidad no fragmenta la obra, sino que la enriquece, al mostrar la identidad como un proceso en constante transformación. El “yo” de d’Ors no se afirma de manera rotunda, sino que se explora, se matiza, se pone en cuestión.

Así, su poesía se construye como un espacio donde conviven la fidelidad y el cambio, la memoria y el presente, la emoción y la ironía. Un territorio en el que la modestia no excluye la ambición, y donde la voz del poeta, lejos de imponerse, se ofrece como una invitación a mirar con más atención, con más claridad y, quizá también, con una leve sonrisa.

En Tiempo de descuento (Editorial Pretextos), el lector, la lectora, podrán encontrar una muestra —para mí, la más lograda— del modo de hacer poesía de Miguel d’Ors, que nunca defrauda ni patina, como les ocurra a algunos poetas cercanos a él y de cuyos nombres es mejor no acordarse. Pero antes de someterlo a mi interrogatorio, aquí va un ejemplo de lo que digo:

 

LAS ÚLTIMAS CASTAÑAS

 

Apenas quedan cuatro pobres hojas

del color del tabaco en los grandes castaños

que hace tan poco, espléndidos, lucían

como heraldos triunfales anunciando

la vuelta del otoño con sus dones.

El otoño se acaba. Ya han llegado los fríos;

ya no hay nadie vagando por los soutos

con su bolsa, rompiendo el silencio del monte,

rebuscando en el suelo

donde por los erizos abiertos se asomaba,

limpia y bruñida, una

nueva generación de castañas. Y el mismo

cielo parece, gris y airoso y feo,

querer abandonar

a sus viejos amigos, los castaños.

Pero yo también amo este momento.

Las últimas castañas, raquíticas, chafadas

por el paso del tiempo y las primeras lluvias,

yacen entre hojarasca

que va descomponiéndose y volviendo a la tierra,

y tanta muerte va nutriendo así la vida

nueva que llegará en la primavera

vestida de futuro.

Esas tristes castañas, confundidas

con la broza y el barro, esta mañana

ya han nutrido en mi alma estos humildes versos.

Y una lección: que todo lo que ha muerto

en mí, si fue esplendor alguna vez,

ha de ser alimento de mi vida futura.

                       

                                   Monte da Tomba, 15-XII-2023

 

-Después de una larga y brillante carrera literaria como poeta, ¿cómo es que aún sientes cierta inquietud a la hora de publicar un libro?

Precisamente por tener ya una carrera larga como poeta (brillante, lo que se dice brillante, la mía no lo ha sido, la verdad) hay más riesgo de repetirse, amanerarse, caer en la tentación de “reinventarse” haciendo piruetas sin precedentes o incurrir en ocurrencias seniles. Esos riesgos eran lo que me inquietaba. No quisiera morir llevando ya unos años literariamente cadáver.

-¿Crees que la senectud es un obstáculo para la autocrítica o, como tú mismo dices, hace que el poeta viejo pierda «la capacidad autoscópica hasta el punto de tomar por poesía las penosas debilidades de una mente senil»?

No se puede generalizar, pero a la vista de todos están casos como los de Manuel Machado o Jorge Guillén, y algunos más cercanos de cuyo nombre no quiero acordarme, que dan pie a contestar afirmativamente. Hay que saber decir a tiempo, como Toni Kroos, “Hasta aquí hemos llegado”.

-Si hasta ahora en tu poesía no has renunciado a tus temas, a tu estilo, a tu modo de versificar, o, en fin, a tu propia voz, ¿se te ocurriría alguna razón para «reinventarte» como poeta? O, aún más, ¿los poetas que «evolucionan» son por ello mejores poetas, o, en el fondo, se traicionan a sí mismos?

Hay en todos los poetas una evolución que es consecuencia lógica de la experiencia vital y literaria, y que se produce de forma natural, orgánicamente, sea consciente de ella o no el que la experimenta. Un ejemplo perfecto que tenemos muy a mano es el de Eloy Sánchez Rosillo. Pero una cosa es eso y otra muy distinta la evolución que es fruto de una decisión o autoimposición voluntarista, no de un proceso natural, y que por tanto no obedece a una verdadera necesidad interior y siempre es una falsificación.

 Tiempo de descuento, así titulas por el momento tu último libro…, ¿por qué?

Estoy acercándome a los ochenta años. Mi vida terrena, en lo sustancial, ya está cumplida: he concluido hace varios lustros mi carrera profesional, mis hijos ya están criados y “colocados”, a mi obra literaria ya ninguna prolongación va a añadirle ni quitarle un gramo de valor, la edad ya no me permite superar mis logros como montañero… Fuera de la virtud teologal de la Esperanza ya no tengo mucho que esperar. En definitiva, no puedo evitar la sensación de que el tiempo reglamentario del partido se me ha terminado y estoy en un plus que la Providencia me ha concedido graciosamente. Con otras palabras, mi vida actual me recuerda las cintas de cassette, que, acabada la última canción, seguían durante un rato corriendo en silencio.

-Es habitual en ti que feches tus poemas, pero cosa curiosa, los organizas sin ceñirte estrictamente a un orden cronológico, pues unos no son por fecha los que siguen a otros. De hecho, los dos primeros poemas (“Memoria, mala amiga” y “Parece mentira”) de Tiempo de descuento son un ejemplo de lo que haces. ¿A qué se debe tu tendencia a fechar los poemas pero a no ordenarlos por fechas?

Como he intentado explicar en muchas ocasiones, si fecho todos mis poemas no es para que puedan situarse en mi vida personal, en lecturas autobiografistas, sino para que sean situados en mi vida literaria. Lo que me interesa es que se pueda documentar la aparición, la evolución y la desaparición de temas, motivos, formas métricas y recursos expresivos, no unos acontecimientos vitales. Supuestos acontecimientos vitales, debería decir además; porque la poesía, por mucho que se haga con los materiales de la propia experiencia -¿qué otra cosa cabría!-, tiene también bastante de ficción. “Un poco de memoria y otro poco de sueño”, como he dicho mil veces, citando a Ezequiel Martínez Estrada.

Dentro de cada libro, ordeno los poemas en función de sus temas y tonos. No veo qué interés tendría ponerlos en el orden cronológico de su composición, dado que no aspiran a ser documentos para mi biografía.

-En el poema “Doble vida” refieres lo que unas chicas en tu «penosa adolescencia» te sugerían: una vida de ellas distinta a la que realmente tenían. Pero, ¿no crees que lo mismo te pasaría a ti en la imaginación de ellas? Es decir, ¿no crees que todos somos distintos a como nosotros nos imaginamos que somos y que los demás se hacen una idea irreal de lo que verdaderamente somos?

En respuesta a lo primero: nunca fui tan optimista. Estoy seguro de que a aquellas chicas que a mí tanto me atraían y con las que montaba tantas fantasías sentimentales yo les importaba un bledo. Y con mucha razón, siendo yo el que por entonces era.

En cuanto a la segunda pregunta, está claro que una cosa es el que uno cree ser, otra el que los demás piensan que uno es y otra el que uno es realmente, una objetividad que me temo que sólo está al alcance de la mirada de Dios. Sobre esto ya habló Unamuno, entre otros. Y yo mismo escribí un “Poema de un rato”, que terminaba diciendo: “Que me corten esta mano/ si existe en nuestro planeta/especie más numerosa/que un solo ejemplar humano”.

-En el poema “Una pregunta” este mundo de ahora te parece una «empanada», supongo que en todos los órdenes (político, literario, económico, social, etc.). ¿Cosa de viejos o afinidad tuya con el manriqueño «cualquier tiempo pasado fue mejor»?

No, por favor. Pocos tiempos pasados fueron mejores que el nuestro. Piensa que los reyes de las más grandes monarquías de, por ejemplo, el siglo XVIII, no podían ducharse como hoy cualquier obrero de la Volkswagen, ni curarse una gripe tan bien como casi todos nos la curamos hoy, y que tenían esclavos, y pasaban mucho más frío y más calor que nosotros, y tardaban mucho en llegar a cualquier sitio. Otra cosa es que estemos viviendo una progresiva decadencia suicida de Occidente, que yo atribuyo a la ruptura con las raíces de nuestra civilización. Que vienen de Jerusalén, de Atenas y de Roma.

-No sé si lo dices con sorna o no, cuando en otro de tus poemas afirmas que te desvaneces en el anonimato, pero ¿estás seguro de que también se desvanecerá tu poesía? ¿Y si fuera así, para qué escribir entonces?

Bueno, de lo que hablo en ese poema es de que para los que me vean dentro de unos años en esas fotografías (que por otra parte no existen) seré tan desconocido como ahora lo son para mí esas personas que aparecen en ellas a mi alrededor (y que tampoco existen).

Si mis versos pervivirán o no, no lo sé ni creo que nadie pueda saberlo ahora. En el mejor de los casos, su pervivencia sería una forma de inmortalidad, pero al fin y al cabo una forma mortal de inmortalidad, porque este mundo con todo su contenido está llamado a desaparecer.

-Se te tiene por uno de los poetas que mejor conoce y maneja la métrica. ¿Por qué es tan importante para ti que tus poemas se ciñan a una digamos “matemática silábica”?

Vaya por delante que no todos mis poemas, ni en este último libro ni en ninguno de los anteriores, se ajustan a la métrica tradicional. Que quede claro que en este sentido no soy un academicista.

Por otra parte, preferiría que se me tuviera por “uno de los poetas que mejor conoce y maneja la técnica poética”, que es bastante más que la métrica: la técnica comprende también las imágenes y metáforas, el léxico, la adjetivación, los recursos fónicos…

Pero, volviendo a la métrica, pienso que, aunque no debemos identificar la poesía con lo escrito con arreglo a la versificación tradicional, el metro y la rima tienen algunas ventajas: una, que son como apoyaturas que facilitan la memorabilidad de los poemas, porque es más fácil aprender de memoria y recitar un soneto que cinco líneas de prosa; otra, que las exigencias o limitaciones que impone la métrica tradicional obligan al poeta a no conformarse con lo primero que se le ocurre y a buscar mejores formas de expresar las cosas -por ahí me parece que iba Robert Frost cuando dijo que escribir sin metro ni rima es como jugar al tenis sin red-; y otra, que, por el peso de la tradición, mucha gente acepta mejor como poesía lo que se le presenta con metro y rima. Esto último no es fundamental, claro, pero también cuenta a la hora de hacer llegar la poesía al público lector.

-Titular uno de tus poemas “Mein Kampf” es una provocación, una ironía o un mensaje críptico, aunque en ese poema no haya ninguna referencia al nazismo y se centre en lo que es un día cualquiera de tu vida.

Hay, por supuesto, una intención irónica, que quieren subrayar las rimas un tanto funambulescas, al poner ese título tan cargado de connotaciones tremendas a un sonetillo que habla de mi cotidiana y nada tremenda “lucha por la vida”.

-Convertir en palabras que salven los días de las aguas del tiempo…, vienes a decir en el poema “Ahora me toca a mí”. ¿Es esa la más importante labor que tú como poeta te encomiendas? Lo digo porque, en “Mala cabeza”, pareces decir lo contrario. ¿En qué quedamos?

Siempre he creído que la poesía tiene el poder, o la misión, de, digámoslo así,  eternizar lo fugaz. Lo que dije en “Mala cabeza” fue algo que, a mi entender, no tiene nada que ver con eso: simplemente, que no fui capaz de entender y explicar el poder destructor que tiene algo tan universalmente apreciado como es la luz, esa luz que acabó borrando en la foto los rasgos de mi abuelo.

-Subiendo a (o bajando de) un monte, durmiendo y despertándote a altas horas de la noche, incluso en la ducha te asaltan los versos. ¿Acaso eres un poeta a tiempo completo o, por el contrario, a salto de mata?

Lo he dicho ya varias veces: yo no escribo un poema cuando quiero, sino cuando un poema quiere ser escrito por mí.

Es muy frecuente que cuando un novelista es entrevistado en algún medio de comunicación diga que se levanta a tal hora, que a tal otra se pone a escribir, que lo deja a las tantas, etc.; y yo esto lo entiendo, porque un novelista, como un ensayista o un conferenciante, funciona con un plan prestablecido, es decir que sabe lo que ha de hacer, y todo es cosa de ponerse a la tarea y dedicar horas al proyecto -aunque, claro está,  no es imposible que mientras trabaja le vayan surgiendo ideas fuera de programa, pero nunca nada esencial-. Por el contrario, y siempre a mi modo de ver, un poeta que lo sea de verdad no puede sentarse ante su mesa de trabajo a las 10 de la mañana y estar escribiendo versos hasta la 1. Ahora que lo pienso, para componer un poema épico quizá sí (aunque ya nadie hace poemas épicos), pero para la lírica, no. La inspiración viene o no viene, y no se la puede obligar. Te pilla cuando ella quiere y en las circunstancias en que menos te la esperas. Por eso yo estoy siempre disponible. Yo soy “poeta de guardia”, como Gloria Fuertes; es la inspiración la que anda a salto de mata.

-Tus poemas amorosos son sobrecogedores, llenos de gracia y de dar las gracias (por ejemplo, “Tríptico conyugal”, donde dices: Despierto. Con qué paz, / a mi lado y muy lejos, / ella respira. // Las puntas de mis pies / buscan entre lo oscuro / las zapatillas. // Vaya gerardodiego / hacemos, yo en el baño / y ella dormida).

Para mí el amor es prosaico, pero al mismo tiempo un frenesí en busca de la pureza. ¿Cómo lo calificarías tú?

Me pones en un membrete, que diría una concejala de Cultura. Para salir del paso, repetiré una definición que daba mi padre en sus últimos años: “El amor es la voluntad de unir la propia perfección a la de otra persona”. Y ahí lo dejo como tema de reflexión.