Rocío Expósito (Barcelona, 1984) es almeriense, del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar. Ha vivido los últimos cinco años en Córdoba. Licenciada en Humanidades y Máster en Estudios Avanzados de Literatura Española y Latinoamericana, es profesora de francés en Educación Secundaria. Actualmente reside en Madrid, donde trabaja en el Centro para la Innovación y el Desarrollo de la Educación a Distancia del Ministerio de Educación.
Participa habitualmente en recitales de poesía en distintas ciudades. Sus poemas han sido publicados en revistas digitales como Zenda o Círculo de Poesía, y ha sido incluida en la antología del Premio Internacional de Poesía Jovellanos publicada por la Editorial Nobel en 2023 y 2024, tras resultar finalista en las ediciones XI y XII del certamen. Asombro, editado por La Garúa, es su primer libro.
También hay paisajes que te forman
Javier Gilabert: Rocío, bienvenida a Culturamas. Es una verdadera alegría recibirte. Llegas con Asombro bajo el brazo, tu esperadísima ópera prima editada primorosamente por La Garúa, que —corrígeme si me equivoco— ya va por su segunda edición; un debut por todo lo alto. ¿Por qué este libro, con este título que apela a la mirada primigenia, y por qué era este el momento exacto para dar el salto a la publicación en solitario?
Rocío Expósito: Muchas gracias, Javier, por la invitación a Culturamas y por la lectura tan atenta de Asombro.
El título tiene que ver con algo bastante sencillo: me asombra el mundo. Me interesa esa forma de mirar que se detiene antes de convertirlo todo en costumbre. Creo que siempre me ha acompañado una idea de María Zambrano: que la única patria verdadera es la de la mirada. Creo que escribo desde ahí.
También tiene que ver con la curiosidad, que para mí es uno de los grandes motores de la vida. Esa curiosidad por lo que nos rodea, por los otros, por el misterio de estar aquí. De algún modo, esa curiosidad intenta dar sentido a lo que el escritor Constantino Molina llama “la hermosísima sinrazón de estar sobre este mundo.”
He vivido en lugares muy distintos y esa vida un poco desplazada te vuelve muy observadora. Cuando una llega a un sitio nuevo mira más, escucha más, se fija en los detalles mínimos. Esa atención está muy presente en los poemas. Pero también hay paisajes que te forman. En mi caso sería imposible separar la idea de belleza de ser de un lugar como Cabo de Gata, con esa luz y esa aridez que “te obligan” a mirar el mundo con más precisión.
Cuando empecé a escribir no lo hacía con la intención de construir un libro. Durante años los versos se fueron gestando en mi cabeza; más tarde empecé a tomar notas, hasta que, en un momento determinado, todo brotó de golpe, como un volcán en erupción. Es lo que yo suelo llamar “un ataque de versos”. Así comenzó la génesis de Asombro.
El libro pasó por varios títulos, pero cuando apareció el poema “Asombro” entendí que esa palabra estaba nombrando todo el libro.
Escribir un poema tiene algo de nacimiento
Tu actividad poética es muy anterior a este volumen. Te hemos leído en Zenda, en Círculo de Poesía y has sido finalista en el Premio Internacional Jovellanos en dos ocasiones (2023 y 2024). ¿Cómo se gesta el paso de escribir poemas sueltos o participar en recitales, a concebir la arquitectura y la unidad de un libro completo como Asombro?
Durante mucho tiempo mis poemas existieron de forma bastante independiente. Algunos se publicaron en revistas digitales, otros los leí en recitales o los presenté a premios, y muchos simplemente quedaron guardados. Como señalaba antes, no escribía pensando en un libro, sino en cada poema como una tentativa autónoma. El paso al libro ocurrió más tarde. En un momento determinado empecé a reunir los textos y a mirarlos en conjunto, y fue entonces cuando advertí que aquello podía ser un libro y que yo empezaba a tener cierta confianza en lo que escribía. En ese proceso también fue muy importante la mirada de algunos amigos poetas que habían leído los textos y que siempre me ofrecieron una crítica muy generosa y muy exigente. Pienso
especialmente en Diego Roel, Juan Andrés García Román o Alberto Guerrero, cuyas lecturas y conversaciones me ayudaron mucho a reconocer el libro que había detrás de esos poemas.
A partir de ahí comenzó un trabajo de ordenación y de poda bastante minucioso. Creo que un libro de poemas no consiste solo en reunir textos, sino en descubrir qué relación guardan entre sí, qué ritmo o qué respiración construyen juntos. En ese sentido recuerdo algo que explicaba Julio Cortázar sobre la escritura: primero aparece la intuición, la imagen, una idea, que puede venir de fuera o de dentro, y después comienza un trabajo mucho más consciente de elaboración, casi de ingeniería del lenguaje. El cineasta Miguel Ángel Puertas lo formula de una manera muy hermosa cuando habla de poner en marcha una “máquina de ingeniería celestial”.
Escribir un poema tiene algo de nacimiento: la intuición inicial es solo el comienzo. Luego hay que corregir, podar, ordenar. Como si “eso” que nace necesitara ser cuidado, lavado y vestido antes de salir al mundo. Vuelvo aquí a Cortázar, que insistía en que en esa fase de alquimia había que ser implacable.
En el caso de Asombro, esa arquitectura terminó organizándose en tres partes: La exacta belleza, Corazón central y El vuelo inmune, que responden a distintas zonas del libro: una mirada más contemplativa hacia el mundo, una zona más íntima y, finalmente, un espacio de mayor apertura y libertad en la escritura.
La poesía es una práctica muy solitaria, pero no necesariamente aislada
La madurez y la calidad literaria de este primer libro llaman poderosamente la atención, no parece un debut al uso. Intuyo que en ese proceso de destilación y criba tus amistades y conocidos en el mundo literario han jugado un papel fundamental. ¿Cuánto hay de ese diálogo constante con otros autores y de esa «red de seguridad» poética en el resultado final de la obra?
Creo que la poesía es una práctica muy solitaria, pero no necesariamente aislada. Una escribe a solas, pero escribe siempre dentro de una conversación más amplia con los autores que ha leído y también con los amigos y amigas con los que comparte la poesía. Pienso que la poesía se escribe en soledad, pero se corrige en conversación.
En ese sentido han sido muy importantes algunos amigos poetas que me han acompañado desde el inicio del proceso de construcción del libro. He mencionado ya a Diego Roel y a Juan Andrés García Román, cuyas lecturas y conversaciones han sido fundamentales durante esa etapa de formación más arquitectónica de Asombro. Son amigos, pero también importantes referentes poéticos para mí. Tampoco puedo olvidar los años que viví en Córdoba, donde entré en contacto con un grupo de poetas y de amigos que fueron decisivos para que me animara a escribir de verdad. Yo leía mucha poesía y en mi cabeza escribía, pero no me atrevía a materializarlo sobre el papel. Estar rodeada de poetas, de lecturas y de conversación literaria, en un ambiente artístico tan vivo, fue lo que me dio el empujón definitivo.
Ya en Madrid he tenido también la suerte de contar con el apoyo y la amistad de poetas que han seguido acompañando ese camino. A ellos, y a todos los amigos que aparecen en los agradecimientos, Asombro les debe mucho.
Y, por supuesto, no puedo olvidar a mis padres. Ellos siempre me animaron a escribir, quizá porque veían que había ahí una pasión que yo misma no terminaba de atreverme a asumir. A veces por pudor, a veces por inseguridad. El libro está dedicado a ellos precisamente por eso, porque a mis hermanas y a mí siempre nos han mostrado la valentía, en todos los ámbitos de la vida. En ese sentido han sido también una forma muy temprana de confianza.
Y si el libro tiene algo de madurez quizá tenga que ver simplemente con el tiempo: son poemas escritos a lo largo de años, leídos y releídos muchas veces, y ese proceso lento de escritura y de corrección acaba dejando su huella.
La poesía me ha dado muchas veces cobijo frente a la intemperie
¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores para adentrarse en las páginas de este libro? ¿Qué efecto, o qué «asombro», esperas provocar en ellos al cerrar la última página?
No estoy segura de que un libro de poemas necesite demasiadas instrucciones de lectura. Quizá la única pista sería entrar en el libro con la disposición de mirar el mundo de otro modo durante unos minutos. Los poemas de Asombro nacen de una atención muy concreta a lo que nos rodea: el paisaje, los gestos mínimos, las cosas que suelen pasar desapercibidas. Me gustaría pensar que la poesía puede ayudarnos a recuperar, o a practicar, esa capacidad de asombro. María Lejárraga decía que la costumbre nos aleja de la felicidad. Yo no sé si mi libro consigue que el lector o la lectora se alejen de esa costumbre, pero me encantaría que, al menos por un momento, se detuvieran a mirar algo tan simple como el color de los almendros, como ocurre en el poema Asombro. Estamos rodeados de belleza y, muchas veces, simplemente pasamos de largo.
A mí la poesía me ha dado muchas veces cobijo frente a la intemperie. Si este libro consigue ofrecer ese mismo refugio a alguien, aunque sea por un instante, qué más puedo pedir.
Siempre estoy persiguiendo la belleza
Llegamos al momento temido de la sección: te pongo en el aprieto clásico de Culturamas. Si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de Asombro para presentarle tu voz a alguien que no te ha leído nunca, ¿cuáles serían y por qué?
No te creas que es tan difícil, porque por momentos una también piensa que lo que ha escrito no vale nada y lo tiraría todo a la basura (risas). De hecho, muchos poemas se quedaron fuera de la versión final del libro, porque ya no me convencían o porque sentía que, a medida que seguía escribiendo, algunos habían quedado atrás. Pero acepto el reto -o el aprieto- y me decanto por tres: “Asombro”, “Como el baile hipnótico de los estorninos” y “La exacta belleza”.
“Asombro” porque en él aparece condensada la pregunta que atraviesa todo el poemario: quién custodia todavía la belleza del mundo y si somos capaces de detenernos a reconocerla.
“Como el baile hipnótico de los estorninos” porque es, en cierto modo, un canto al amor, a la belleza que este es capaz de crear y a esa complicidad que se establece entre dos personas y que puede dar lugar a formas tan bellas e imposibles como el vuelo de los estorninos.
Y “La exacta belleza”, porque en ese poema la belleza aparece ligada a algo tan definitivo como la muerte, que quizá sea lo más certero que tenemos. Lo vivo se mueve, cambia, se transforma, por eso nunca alcanza del todo la perfección. La muerte, en cambio, tiene esa forma cerrada, exacta, que a veces asociamos con lo perfecto.
Al final, los tres poemas son también una muestra de algo que atraviesa todo el libro: de un modo u otro siempre estoy persiguiendo la belleza. Y, quizá por eso, suelo decantarme por el consuelo, por esa idea de la belleza como una forma posible de salvación. Aunque el libro habla de muchas otras cosas, ese es el lugar al que termino volviendo.
Tu trayectoria ha estado muy ligada a los recitales, a la voz viva y al encuentro directo con el público, antes incluso de que tus versos cristalizaran en el papel. Como autora que conoce bien ambos registros, ¿qué pierde y qué gana el poema cuando abandona el escenario y se encierra en el silencio íntimo de la página impresa?
Tengo que decir que una de las cosas que más disfruto desde que vivo en Madrid es precisamente la enorme vida poética que hay en la ciudad. La cantidad de recitales y de encuentros alrededor de la poesía es muy amplia. Siempre que puedo asisto a este tipo de eventos, y lo hago con auténtico placer. Como dicen los franceses: je me régale, porque escuchar poesía y compartir esos espacios con otras personas que aman lo mismo es algo precioso y muy enriquecedor. Pero para que el poema entre de verdad, para que se asiente y se paladee, nada sustituye a ese espacio íntimo entre el poema y el lector. Ahí no hay intermediarios. El lector o lectora puede detenerse, volver atrás, releer un verso, quedarse un momento dentro del poema. En cierto modo ocurre como en uno de los versos de La lluvia, cuando digo que “se cuelan por la corteza rincones”. Eso solo puede ocurrir, o al menos así lo creo, a solas con la página. Ahí empieza la verdadera conversación entre el poema y quien lo lee.
Siempre me he sentido muy cómoda en los lugares pequeños y rodeados de naturaleza
Aquí tocas una de mis debilidades. Aunque naciste en Barcelona, eres de corazón y raíz del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, y pasas parte del año en aquel lugar tan especial. Para mí, ese paraíso es una fuente inagotable de inspiración poética. ¿Qué peso tiene ese paisaje almeriense, esa luz, esa aridez y ese salitre, en la geografía íntima de tu poesía?
En realidad no nací ni me crie allí, pero desde niña el Cabo de Gata ha sido un lugar muy decisivo para mí. Mi familia paterna es de Las Hortichuelas, una pedanía a dos kilómetros de Rodalquilar, donde todos los años pasábamos el mes de agosto. Recuerdo que durante el resto del año iba contando los días que faltaban para volver.
No sé explicarlo muy bien, pero desde muy pequeña aquella luz y la amplitud de los cerros me llamaban con una fuerza muy particular, casi como las sirenas de Ulises. Y terminé sucumbiendo a esa belleza y a esa paz. Siempre me he sentido muy cómoda en los lugares pequeños y rodeados de naturaleza. Aunque en los últimos años he vivido en ciudades, mi vínculo con el Cabo de Gata sigue siendo muy frecuente. Es, de algún modo, mi toma de tierra, mi lugar en el mundo. Me gusta viajar, conocer ciudades, sumergirme en experiencias urbanas, pero siempre necesito volver allí. De hecho, hice un movimiento un poco extraño: normalmente la gente joven se marcha de los pueblos a las ciudades, y yo hice justo lo contrario. Me fui a vivir allí en cuanto cumplí los dieciocho años, cuando aquella zona aún no tenía el valor turístico que tiene hoy y apenas éramos cincuenta o sesenta vecinos. Ahora el lugar se ha puesto muy de moda y, como ocurre con casi todos los sitios, ya no es exactamente lo que era. Pero hay algo que no ha cambiado: la luz, la aridez, ese contraste tan poderoso entre el desierto y el mar. A veces pienso que ese paisaje tiene algo de lo que Alejo Carpentier llamaba “lo real maravilloso”, aunque en este caso sin exuberancias tropicales. Es una maravilla muy sobria, muy desnuda.
Y entiendo muy bien que José Ángel Valente eligiera Almería como uno de sus lugares de vida y de escritura. Hay algo en ese territorio, en su luz, en su austeridad, que transforma la mirada. Supongo que, de un modo u otro, esa forma de mirar termina filtrándose inevitablemente en mi poesía.
El poema es también una forma de indagación
Eres licenciada en Humanidades, profesora de francés y actualmente trabajas en el CIDEAD del Ministerio de Educación. Estás rodeada de lenguaje, de enseñanza y de literatura de forma constante. ¿De qué manera permea esa formación académica y tu contacto diario con otras literaturas en tu búsqueda de la palabra exacta al escribir?
En realidad nunca he tenido muy claro qué quería hacer profesionalmente. He trabajado en cosas muy distintas y no fue hasta bastante tarde cuando entré en el mundo de la enseñanza. Lo que sí tuve siempre claro es que lo mío eran las letras. Por eso estudié Humanidades, una formación que para mí ha sido muy importante precisamente por su amplitud. Las Humanidades abarcan el arte, la historia, la filosofía, la literatura… y todas ellas, de un modo u otro, reflexionan sobre las mismas grandes preguntas que ya se planteaban los clásicos: el amor, la existencia, el tiempo, la muerte. En ese sentido, creo que la poesía participa de esa misma tradición de pensamiento. El poema es también una forma de indagación: una manera de explorar el comportamiento humano, nuestras emociones, nuestras contradicciones. No explica tanto como intenta comprender.
El contacto con otras literaturas y con otras lenguas también ha influido mucho en mi manera de escribir. Cada idioma tiene su música, su forma particular de nombrar las cosas, y eso te vuelve más consciente del lenguaje. Cuando uno aprende otra lengua empieza a percibir con más claridad los matices, las resonancias, la precisión de las palabras. Y en poesía esa precisión es fundamental. Al final escribir un poema consiste, en buena medida, en buscar la palabra justa.
La poesía puede seguir siendo un lugar de resistencia
En tu faceta profesional, como profesora en Educación Secundaria y ahora desde el Ministerio de Educación (CIDEAD), estás en la sala de máquinas de la transmisión del conocimiento, en contacto con las nuevas generaciones. En esta época de hiperconexión, inmediatez y pantallas, ¿qué papel crees que juega la poesía en las aulas? ¿Sigue siendo el poema un lugar de resistencia válido o un asombro posible para los más jóvenes?
Definitivamente, creo que sí. La poesía propone algo que escasea bastante en nuestro tiempo: la atención. Vivimos rodeados de estímulos, de pantallas, de información constante, y por desgracia, de mucha violencia. La poesía obliga a detenerse. Un poema exige tiempo, silencio, concentración, y esa experiencia puede ser muy reveladora para los estudiantes. Cuando un alumno descubre que un poema puede decir algo que él mismo intuía pero que no sabía cómo expresar, ocurre algo muy interesante: de pronto la literatura deja de ser un objeto escolar y se convierte en una experiencia personal. Por eso sí creo que la poesía puede seguir siendo un lugar de resistencia. No tanto frente a la tecnología, que forma parte de nuestro mundo, sino frente a la superficialidad con la que a veces usamos el lenguaje. En el fondo la poesía nos recuerda algo muy sencillo: que las palabras importan, y que en ellas también se juega nuestra manera de entender el mundo.
La poesía, por sí sola, probablemente no transforme la realidad de manera inmediata. Pero sí puede hacerlo a escala individual. Si un estudiante o una estudiante logra abrirse a ella, si un poema consigue tocar algo en su interior, ya está ocurriendo una pequeña transformación. Y al final las sociedades cambian precisamente así: transformando primero a las personas.
En ese sentido también creo que la poesía puede ayudarnos a recuperar algo que estamos perdiendo: una relación más natural con el mundo. No hablo de rechazar la tecnología, sino de resistir esa forma de vida cada vez más acelerada y despegada de la experiencia directa. Como advertía Michel de Montaigne: «Nos hemos desnaturalizado tanto, que no hay ya cosa más salvaje en el mundo que el hombre civilizado.» Quizá la poesía pueda recordarnos, aunque sea por un instante, que seguimos formando parte de la naturaleza y del lenguaje que la nombra. Ahora bien, cómo hacer que todo esto llegue realmente a los jóvenes, cómo afrontarlo en el aula y luchar contra ese Goliat que es la invasión de las redes y de la tecnología en la vida diaria de los chavales… eso ya es otro cantar.
No quiero que la poesía se convierta en algo que me presione
Publicar una ópera prima con esta calidad y ver cómo la acoge el público (y esa segunda edición) marca un punto de inflexión innegable en tu trayectoria. ¿Sientes vértigo ante lo que viene? ¿Hacia dónde se encamina tu escritura después de haber vaciado todo este primer asombro?
Más que vértigo, siento una mezcla de gratitud y de sorpresa. Publicar un primer libro es algo muy especial, y ver que ha encontrado tantos lectores —que incluso ha tenido una segunda edición— ha sido una alegría enorme. Además, me siento muy agradecida con la editorial La Garúa y, en particular, con Joan de la Vega, por el trato tan cercano y por el mimo con el que han cuidado el libro, poniendo una atención muy especial en que fuera un objeto bello.
En cierto modo Asombro reúne poemas escritos a lo largo de varios años, así que sí tiene algo de cierre, es la forma que ha tomado un tiempo largo de escritura, de lecturas y de aprendizaje. Pero al mismo tiempo no siento que haya “vaciado” nada. Cada libro fija un momento, una mirada, pero las preguntas siguen ahí y la vida sigue cambiando. Ahora mismo estoy en una fase bastante abierta. Sigo escribiendo, pero sin la presión de estar construyendo inmediatamente otro libro. Prefiero volver a ese lugar inicial donde nace el poema: la atención, la curiosidad, la intuición de algo que merece ser dicho, dejarme llevar. También tengo claro que no quiero que la poesía se convierta en algo que me presione. Estoy disfrutando muchísimo todo lo que está ocurriendo ahora: el encuentro con los lectores y las lectoras, el calor con el que el libro está siendo acogido, las puertas que se están abriendo, la gente tan maravillosa que estoy conociendo y todo lo que estoy aprendiendo en el proceso. Pero al mismo tiempo quiero seguir protegiendo algo muy importante para mí: que la poesía siga siendo mi espacio de libertad, mi refugio y también una forma de expansión interior. Si algo me gustaría conservar es precisamente eso: la capacidad de seguir asombrándome.
Me gusta mucho esa idea de acercar la poesía a los jóvenes
Más allá de la promoción del libro, ¿en qué nuevos proyectos creativos estás trabajando actualmente?
Más que proyectos muy definidos, ahora mismo estoy, como decía antes, en un momento bastante abierto. Sigo escribiendo, tomando notas, leyendo mucho y dejando que los poemas vayan apareciendo sin demasiada prisa. También están surgiendo algunas colaboraciones muy interesantes con artistas de otras disciplinas. Tengo varias propuestas para acompañar exposiciones con textos míos, e incluso algún proyecto que combina pintura y poesía, algo que me parece muy estimulante porque la poesía dialoga muy bien con otras formas de arte.
Por otra parte, estoy recibiendo invitaciones para dar charlas en institutos y centros educativos, algo muy ligado a lo que comentábamos antes. Me gusta mucho esa idea de acercar la poesía a los jóvenes, de intentar sembrar una pequeña semilla, y sobre todo, de asumir esa responsabilidad que siento como docente.
Y luego está una idea que me ronda desde hace muchos años: escribir una novela. A ver si algún día me lanzo. Pero la poesía siempre se me adelanta y termina ganándome la partida (risas). En cualquier caso, intento mantenerme abierta a todo lo que pueda surgir.
Por último, como lectora y autora, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión” en esta sección?
Me encantaría leer la “Primera impresión” de Javier Rodríguez del Barrio, que además publicará en breve su segundo libro, Abril tarde, en la editorial RIL. Javier es un poeta muy honesto, con una mirada muy reflexiva y muy exigente sobre la escritura. Además, tengo la suerte de contar con su amistad y de compartir con él muchas conversaciones sobre poesía, que siempre terminan siendo muy estimulantes. Por eso creo que sería interesante conocer cómo recuerda él ese primer momento de encuentro con la escritura y con la poesía.
Ha sido un placer conversar contigo, Javier. Muchas gracias por este espacio para hablar de poesía. Espero que sigamos encontrándonos entre poemas.
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Tres poemas de Asombro
ASOMBRO
¿Quién custodia el color de los almendros,
que en lo insólito de esta madrugada
cruzan el mundo sólo para recordarnos
que la belleza existe?
COMO EL BAILE HIPNÓTICO
DE LOS ESTORNINOS
A veces el mundo se parece a ellos:
tiemblan cuando el cielo los atraviesa,
se entretienen en la forma,
que no les pertenece.
Así nuestra belleza, sin voluntad,
como el baile hipnótico de los estorninos,
porque a veces también nosotros
nos parecemos al mundo.
LA EXACTA BELLEZA
Oh intemperie, ven.
Oye el pájaro extraviado en esta habitación.
¿Cúal era la forma de los recuerdos?
¿Por qué la hallas, ahora,
en la perfección de los muertos?

