Carmen María López (Caravaca de la Cruz, 1991) es profesora universitaria y poeta. Ha participado en recitales, presentaciones de libros y talleres de escritura creativa. Es autora de los poemarios Yo también anochezco (Premio Complutense de Literatura 2023), La madre de nadie (VII Premio ESPASAesPOESÍA 2024) y Oración de la lluvia (Premio Adonáis de Poesía 2025). Sus poemas figuran en diversas antologías como Poesía en femenino. Antología de poetas murcianas (Editum, 2025) y medios como Zenda, Anáfora, Culturamas o Vuela Palabra.
Javier Gilabert: ¿Por qué Oración de la lluvia y por qué ahora? ¿Cómo surge la necesidad íntima de entonar esta plegaria poética?
Carmen María López: Oración de la lluvia se escribió muy despacio, de forma intermitente, ante una necesidad de cantar a las cosas pequeñas, de descubrir con ojos nuevos el mundo. No sé qué motivó esta escritura, tal vez un anhelo de recogimiento, de vuelta al pasado, de búsqueda o indagación en mis orígenes, mis raíces. Por eso el poema que abre el libro se titula “Ítaca”, es un poema-pórtico o poema-prólogo donde Ítaca es el río de la infancia.
Adoro la escritura y su silencio
Yo también anochezco (Premio Complutense 2023), La madre de nadie (Premio ESPASAesPOESÍA 2024) y ahora el prestigiosísimo Premio Adonáis 2025. ¿Cómo se gestiona este éxito meteórico y continuado desde el silencio y el recogimiento que exige el oficio de escribir?
Intento no desatender la escritura, que es lo fundamental. Ha sido muy inesperado y todavía me cuesta explicarme en qué momento surgieron estos libros de poesía, si estaban en mí desde mucho antes. Mi carácter introspectivo me ayuda a no perderme en otros laberintos. El poeta Basilio Sánchez tiene unos versos que podrían funcionar como lección de vida: “Uno no escribe un poema para sentirse vivo, sino para que otros sepan que estás vivo”. Escribir me hace sentir viva, pero hay un momento en que la soledad de la escritura da paso a la comunicación con los lectores, al diálogo con esa obra. Entonces ese libro deja de pertenecerte exclusivamente y una parte de él es de los lectores.
A veces con cierta inquietud y desasosiego. Adoro la escritura y su silencio
El libro se articula en dos grandes movimientos: “Lo divino” y “Lo humano”. ¿Qué papel desempeña exactamente esta estructura dicotómica en el volumen? ¿Fue una epifanía o una decisión deliberada durante el proceso de creación?
La estructura surgió a posteriori, cuando me puse a ordenar los poemas para un posible libro. “Lo divino” es un canto a la vida a partir de la mirada atenta
a las cosas pequeñas, pero también un homenaje a los maestros literarios, aquellos autores como Antonio Machado o César Vallejo que han moldeado mi visión del mundo. “Lo humano”, en cambio, desciende a la tierra. Se habla de la fragilidad del ser, de la materia humana, del paso del tiempo, me enfado con Cronos, canto a mis raíces, a la familia, a los orígenes. Esas dos partes se ataron gracias al hilo de la lluvia como forma de recogimiento y de piedad.
La poesía se escribe con palabras pequeñas
A lo largo de la obra, el agua se erige como hilo conductor («Escribir es llover: dar en ofrenda», afirmas). ¿Qué dimensión mística o simbólica tiene para ti esa lluvia constante que empapa los versos y conecta ambos mundos?
Decía Borges que “la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. La escritura como una lluvia que nos bendice y nos baña se convierte en leitmotiv del libro para coser o atar los distintos poemas. Es una lluvia simbólica (si se quiere mística) la que recorre este libro en distintas imágenes (el agua, el río, el líquido amniótico, por ejemplo). La lluvia se asimila a la idea de escribir, porque aunque otros erijan monumentos más perennes que el bronce, la poesía se escribe con palabras pequeñas (palabras parecidas al viento o a la lluvia). Me gusta escribir con el lenguaje del agua. Siempre me inspiró el epitafio que leemos en la tumba de John Keats: “aquí yace alguien cuyo nombre estaba escrito en el agua”.
La mirada ha cambiado
En nuestra charla del año pasado a propósito de La madre de nadie, exploramos el hilo de Ariadna que une a las mujeres y esa «antropología poética» de las madres. Aquí retomamos el tema, pero desde el canto íntimo a una hija aún no nacida. ¿Cómo ha mutado tu mirada literaria sobre la maternidad de un libro a otro?
El hilo de Ariadna sigue en mí (o de algún modo yo soy Ariadna), porque mis poemas se van tejiendo e hilvanando a partir de elementos comunes que me obsesionan: la infancia, la memoria, la familia, las estirpes, la figura de la abuela, la madre o la hija. Estos ejes ya estaban presentes de algún modo en La madre de nadie, que es una especie de carta o tal vez la conversación de una hija con su madre, en sentido íntimo, pero también con la Madre Tierra, la madre universal, el útero del que venimos todos. Oración de la lluviacruza tiempos y memorias familiares, pero desde una perspectiva más simbólica. De hecho, hay una educación sentimental (la de los libros leídos y los artistas admirados), pero también una estirpe familiar (ese árbol genealógico en constante mutación, al que unas veces le crecen ramas y otras se las amputan; y en este punto surge un nuevo diálogo de la abuela con la hija). Es la misma voz, pero inevitablemente la mirada ha cambiado.
Te pongo en el clásico aprieto de la sección: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de Oración de la lluvia, ¿cuáles serían y por qué?
Me quedaría con “Capilla Sixtina”, donde dialogo con Miguel Ángel Buonarroti, el autor del David, sobre esta maravilla que nos legó en los Museos Vaticanos de Roma. Elegiría “Borges se equivoca”, un canto a lo pequeño, al milagro de la vida, a la imposibilidad de capturar lo efímero. Por último, “Oración de la lluvia”, un poema en siete partes (una especie de septología poética) que da título al libro y cruza esas memorias familiares gracias a la plegaria de la lluvia que entono a dos figuras de ese árbol genealógico: la abuela y la hija.
La poesía es una conversación entre los vivos y los muertos
En esta nueva obra el tiempo parece detenerse para llevarnos a un «no-tiempo» de la infancia, la familia y los abuelos. ¿Es la poesía tu forma particular de vencer a la muerte y de invocar la presencia de los ausentes?
Quisiera pensar que sí. No sé si la poesía vence a la muerte. Para mí la poesía es una conversación entre los vivos y los muertos (el arte de “escuchar con los ojos a los muertos”, para decirlo de labios de Quevedo). En un poema del libro “Variaciones en torno a un poema de Chus Pato” dialogo con unos versos de la escritora gallega que leí en Sonora: “Si me preguntas, ¿ves fantasmas? La respuesta es no”. Todo el poema es un volver sobre esta idea, sobre cómo la poesía invoca a los fantasmas, los ausentes, a los seres queridos. Y concluye el poema: “La poesía es mi ofrenda a los difuntos. / Un jardín con espliego, un bosque de palabras”. Para mí la poesía construye una casa con cuatro habitaciones para hablar con los muertos.
Al igual que en obras anteriores, invitas a dialogar a otras voces y rindes homenaje a los clásicos, deteniéndote incluso a contemplar la tumba de César Vallejo en París. ¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores sobre estas apariciones literarias tan relevantes?
Oración de la lluvia es un libro de presencias literarias, un diálogo con la tradición, con los maestros que hemos leído y cuyos versos de algún modo resuenan en nuestra conciencia. En “Collioure, 1939” rindo homenaje a Antonio Machado. Evoco ese episodio triste de la historia de España y de su propia historia, cuando el poeta llegó a Collioure, ese pueblecito de la costa francesa en los Pirineos, ya en el exilio y donde moriría poco tiempo después. Me fijo en un detalle que siempre me inspiró: la nota con unos versos que se encontraron en su gabán: “Estos días azules y este sol de la infancia”. En el libro también está César Vallejo en un poema que surgió después de visitar su tumba en el Cementerio de Montparnasse. César Vallejo prefiguró su propia muerte: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo”. Y fue así. Fueron unos versos premonitorios. El homenaje se trenza aquí con la imagen de la lluvia como forma de piedad, de redención.
La escritura poética fluye con sencillez
Hablando de la tradición, compaginas tu innegable vocación poética con tu labor como profesora titular e investigadora universitaria en Teoría de la Literatura. ¿En qué medida se retroalimentan la teórica académica y la creadora lírica? ¿Se estorban en alguna ocasión?
Profesionalmente me dedico a la docencia y a la investigación, mientras que la creación poética se sitúa en un territorio más libre. Estas parcelas de mi vida no siempre se interconectan y, sin embargo, conviven con cierta naturalidad, aunque muchas veces sin tocarse. Tal vez mi formación filológica pueda, en algún punto, influir o modelar mi visión sobre la creación literaria, pero solo en una etapa inicial, la de pensar el poema. Siempre he sentido que al escribir poesía me distancio de mi “yo académico”, el que escribe libros y artículos de investigación, para dejar espacio a un “yo poético”, más irracional, menos sujeto a las normas de la academia, más libre y visceral. Experimento una metamorfosis. Es como la muda de la piel de la serpiente en un proceso misterioso. La filología está ahí, está Javier Marías, están las lecturas, la cadena de autores, pero en la escritura poética ese saber filológico se adelgaza y no debería verse ni asomar demasiado. Hay un conocimiento de la técnica y de las herramientas poéticas (es mi yo de “teórica académica”), pero en el poema todo eso no debe notarse. La escritura poética fluye con sencillez. Los poemas que a mí más me conmueven son aquellos en los que el ritmo y la música de las palabras fluyen como la oración de una voz de la que desconocemos su origen. Son inexplicables y en ellos de poco sirven la técnica y los recursos retóricos.
¿Ha cambiado tu forma de trabajar o pulir el verso en este poemario con respecto a tus dos libros anteriores, sabiendo que el listón estaba ya tan alto?
Trabajo con paciencia, con el silencio como centinela y la música como vigía. Escribo de forma manuscrita, en cuadernos, a veces incluso apunto ideas o versos en las notas del móvil. Luego todo ese material que ha dormido en el cuaderno es revisitado. Releo los poemas y decido si entre todos ellos puede haber un potencial libro. Me aprendo los poemas de memoria y los recito en voz alta para ver cómo suenan, si eso es poesía, si hay música o el poema carece de verdad. En este libro, además, hay una conciencia mayor del poema breve, la apología de un lirismo reducido a sus elementos mínimos. Más que un trabajo de corrección es un ejercicio de borrado. Coincido con Ada Salas cuando dice que escribir es borrar.
Me interesa el viaje, la aventura de escribir
Sumando el espaldarazo definitivo del Adonáis a todo lo anterior, ¿supone este momento un punto de inflexión en tu producción, ¿En qué nuevos proyectos andas ya inmersa?
Una nunca sabe de forma consciente o racional en qué está trabajando, en todo caso qué le interesa. Sigo escribiendo poemas. Tengo ideas para una potencial novela… Estos proyectos tienen hilos comunes y obsesiones que están vivas en mí: la memoria, la familia, la estirpe femenina… ¿Cómo lo haré? ¿En qué forma? Eso lo desconozco. Me interesa el viaje, la aventura de escribir y averiguarlo. Si lo supiera desde el principio, perdería el interés y no escribiría.
Por último, como lectora devota, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?
Juan Antonio González Iglesias, poeta al que siento muy cercano. Además en la entrevista he mencionado a Chus Pato y Ada Salas. Me encantaría que los tres me leyeran. Sea para ellos mi admiración y entusiasmo.
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Tres poemas de Oración de la lluvia
CAPILLA SIXTINA
Su luz no es de este mundo. ¿Qué colores
para pintar la piel de Dios
o la mano de Adán y que parezca
no un retrato sino cuerpo y vida?
Te miré tantas veces. Me detuve
elevando mi cuello hasta tu altura
y nunca pude ver sino milésima
parte del misterioso orden del mundo.
¿Qué sentiste, maestro Buonarroti?
Besaría tus manos. En ofrenda
sobre tu tumba un ramo de violetas.
O tal vez lirios blancos. Me diría:
la vida es del tamaño de un pincel.
En ella cabe todo: lo divino y lo humano.
BORGES SE EQUIVOCA
Hoy es mágico el mundo: las estrellas
velan el sueño dulce de los vivos.
Hay piscinas azules, bibliotecas.
Las lámparas se encienden en la noche
y leo las historias de lo antiguo.
Miro el pelo dorado de mi madre,
hilatura de sol. Y me conmueven
las arrugas pequeñas de sus manos.
Sé nombrar la infancia, esa palabra.
Pronunciarla despacio y en los ojos
me brota la alegría de existir
y un pájaro en pretérito imperfecto.
Excavo el fondo de mi corazón.
Y venero vivir. Tener pulmones,
respirar doce veces por segundo.
Y sé que es imposible aunque quisiera
guardar en algún frasco de perfume
el olor de mi hija. Capturarlo.
El mundo es un acuario misterioso:
Adoro nadar ahí.
ORACIÓN DE LA LLUVIA
A Carmen Lucía, mi hija.
I
Porque no voy a salir de aquí.
Porque esta casa
es ahora refugio de la lluvia.
Porque en ella puedo
orar pedir por ti
hija aún en el vientre
hija toda de agua
porque te espero dentro
de esta conmoción que es darte vida
y sé que vendrás pronto
hilo blanco de lluvia.
Porque sé que mañana
quizá sea ya muy tarde
para escribir tu nombre
en un charco dorado
porque quizá ya estés
en mis brazos pequeños
escuchando la lluvia.
Por eso el tiempo es hoy
y el momento es ahora
y esta casa es mi ofrenda.
Hija toda de lluvia.
Hilo blanco de agua.

