Llevaba tiempo preguntándome por qué no aparecía el deporte en la filosofía si es tan frecuente en la literatura cuando encontré un libro de lo más insospechado. Se trata de un Elogio de la bicicleta, de Marc Augé, el antropólogo francés que se hizo célebre por la noción de no-lugar, esos espacios intercambiables y sin personalidad que el capitalismo internacional ha expandido por el mundo y que los turistas intentamos a veces evitar para encontrar la autenticidad en el extranjero mientras los sufrimos e incluso los buscamos en nuestras propias ciudades. Por supuesto, la lectura de la pequeña obra me resultó obligada aunque fuera solo por saber qué tenía que decir un pensador tan influyente sobre este asunto modesto del ciclismo.
Como el título ya indica, se trata de una loa a la bicicleta como vehículo y al ciclismo como deporte que comienza en todo caso con la memoria de su visión infantil; como el propio Augé advierte, “nadie puede hacer un elogio de la bicicleta sin hablar de sí mismo”, ya que “la bici forma parte de la historia de cada uno de nosotros”. Y esa visión infantil, quizá como ocurriría con cualquier infancia feliz, tiñe el ciclismo de un aura mítica que en su caso se encarna fundamentalmente en Coppi, aunque ya no en Bahamontes, Anquetil ni Hinault, que llegaron en su juventud y madurez, cuando el asombro y el entusiasmo infantil habían ya quedado atrás. (Pero esto no se dice con melancolía, sino con serenidad y casi alegría: “El deporte posee una fuerza capaz de obrar el milagro de que el mito renazca, solo que este reverdece, eternamente joven, para otras generaciones. Y así, nos enseña a aceptar el paso del tiempo”). De este modo, el deporte, y en concreto el ciclismo, es un mito eternamente renovado y repetido; pero es evidente que, si esto es así, el mito está herido de muerte y a punto de dejar de serlo para quienes hoy son niños.
Las causas, según Augé, son sobre todo tres, que podemos ordenar de menor a mayor importancia: el triunfo de la globalización mercantil, representada por los equipos patrocinados por marcas comerciales en lugar de las antiguas selecciones nacionales y regionales (aunque hay que conceder que esto dificulta la identificación del aficionado, me permito dudar de que en el caso del ciclismo, donde la victoria es individual y el favor de los seguidores se otorga siempre a un corredor, nunca a un bloque, esto sea tan importante); el daño provocado por las modernas técnicas de dopaje y la pérdida general de importancia de la bicicleta en la vida cotidiana. Con respecto al dopaje, la herida infligida es grave y de índole literaria, como hemos advertido constantemente en nuestras crónicas del Tour de Francia. Antes, en la época dorada del ciclismo, había, además de aventura, desfallecimientos tremebundos o días de inspiración excelsa que hacían pensar, como en la épica homérica, en la intervención de los dioses: del gran (e irregular) escalador luxemburgués Charly Gaul, recuerda Augé, se decía que corría en función del jump, “un verdadero influjo eléctrico que embarga intermitentemente a ciertos corredores amados por los dioses y que les hace cumplir proezas sobrehumanas[;…] a veces estos lo habitan y Gaul maravilla; a veces los dioses lo abandonan y el jump se agota. Charly no puede más”. Hoy, en cambio, todo resulta sospechoso, lo que impide creer en los héroes, que necesitan, como es sabido, de la suspensión de la incredulidad, y tiene además un algo de sacrílego y obsceno: “Hay una espantosa parodia del jump; es el doping -la cita es de Barthes-: drogar al corredor es tan criminal y tan sacrílego como querer imitar a Dios; es quitarle a Dios el privilegio de la chispa”. En efecto, los héroes científicos como Prometeo o el doctor Frankenstein son sacrílegos y rompen de algún modo el pacto de los hombres con los dioses en que consiste la Edad de Oro, sea esta la paradisiaca visión grecolatina de la armonía con la naturaleza o la ilusión con que un niño mira en la televisión o escucha en la radio las hazañas de sus ídolos.
Pero, en todo caso, es en la tercera razón donde ve Marc Augé la razón definitiva de la crisis de la Edad de Oro del ciclismo, que es en realidad una formulación más vivencial de la anterior: la ruptura del “vínculo entre vida cotidiana y mito”, la desaparición de la bicicleta del día a día de las capas más amplias de la población y su confinamiento “al terreno del deporte y del tiempo libre”, ocupada su antigua posición de preponderancia por el coche, necesario para cubrir distancias crecientes entre el lugar de residencia y el de trabajo. Difícilmente, se diría, puede esperarse la misma conexión íntima en el siglo XXI con deportistas, visto seriamente, exóticos que se empeñan en emular hazañas que tuvieron sentido hace setenta años que con los ciclistas clásicos, gente común, campesina, que sencillamente acometía esas proezas en la misma montura con el que el cartero o el albañil iban y venían del trabajo.
La pérdida es aún mayor, según Marc Augé, precisamente porque afecta a la vida cotidiana y corriente, que se ha visto privada del efecto liberador que, siguiendo una amplia tradición que se remonta al menos a H. G. Wells, que decía sentir fe en el futuro de la humanidad cada vez que veía a un adulto montar en bicicleta, atribuye al velocípedo. En primer lugar, la bicicleta abre, literalmente, nuevos horizontes, nos libera en el espacio sin sacarnos de él como el coche o el avión. Es una idea que compartirían muchos ciclistas aficionados: “Necesitamos la bicicleta para ensimismarnos en nosotros mismos y volver a centrarnos en los lugares en que vivimos”; el ciclismo nos acerca al paisaje en que lo practicamos. En segundo lugar, entrena en una soledad positiva y una relación sana con el propio cuerpo y con el propio esfuerzo, que es necesario dosificar y exigir con el añadido esencial de que fuerza a aprender dentro de los límites propios; “con la bici -recuerda Augé- no se puede hacer trampa”. En tercer lugar, y por la misma razón, la bicicleta enseña a relacionarse con el tiempo y administrarlo, “tanto el tiempo corto del día o de la etapa, como el tiempo largo de los años que se acumulan”; y a la vez, como la magdalena de Proust, ofrece, si se quiere, “una experiencia de eternidad”. En efecto, que montar en bici no se olvida significa también que, al repetirlo, se recupera “muy pronto un conjunto de impresiones (la exaltación del descenso […], el sonido del asfalto bajo los neumáticos, la caricia del aire en la cara y la lente en movimiento del paisaje) que parecían estar esperando esa ocasión para renacer”. Y así, los cicloturistas y globeros entrados en años que salen el fin de semana disfrazados de profesionales no lo hacen en realidad por “el pretexto falaz de mantenerse en forma”, sino jugando a recuperar los placeres de la infancia y, dicho con Proust, a buscar el tiempo perdido para vencerlo.
Por último, la bicicleta impulsa, según Marc Augé, la democracia y los vínculos sociales amables y desinteresados, y esta es la mayor pérdida que lamentar por su declive, y la razón más importante para desear su regreso. A este respecto, Augé comenta ciertos datos e impresiones del sistema municipal de alquiler de bicicletas de París. Por una parte, dice, resulta “muy novedoso” que la mayor parte de los usuarios se ofrezcan a ayudar a los novatos “en una ciudad donde no es muy común que alguien se relacione con desconocidos”. Por otra parte, hay entre los usuarios, más allá de la amabilidad y la solidaridad, una igualdad esencial que hace de la bicicleta una herramienta “radical y profundamente democrática”. Las estadísticas que ofrece Augé son realmente interesantes. Desde su inauguración en 2007 hasta la redacción del libro en 2009, hubo 188.000 abonados, de los cuales el 51% eran hombres por un 49% de mujeres, y de los cuales un 16% tenían entre dieciséis y veinticuatro años, un 44% entre veinticinco y treinta y cuatro y un 22% entre treinta y cinco y cuarenta y cuatro: “Igualdad de uso por géneros; igualdad de uso por edades: la bicicleta iguala y hermana, respetando las diferencias”.
Por eso podría soñarse con una utopía ciclista, a la que Augé dedica la última parte de su libro. Como toda utopía es exagerada, caprichosa e inverosímilmente feliz, pero contiene ideas importantes y me atrevería a decir que difícilmente discutibles. Por ejemplo, en el París ciclista que imagina Augé, el problema del tráfico se ha solucionado y, por tanto y rotundamente, “se respira mejor” y se vuelven a percibir olores y aromas largo tiempo olvidados, entre los conductores de taxis y autobuses reina una desconocida serenidad y un nuevo buen humor… Incluso ha habido un inesperado florecimiento económico de la industria del automóvil impulsado por la investigación y el desarrollo de transportes públicos y el boom de pequeños coches eléctricos para utilizar en verano, por no hablar de los miles de puestos de trabajo creados en las fábricas de bicicletas…
Por supuesto, es un sueño, pero un sueño digno y hermoso. “¡Ojalá que dure!, tiene uno ganas de exclamar. ¡Ojalá pueda la bicicleta llegar a ser el instrumento discreto y eficaz de una reconquista de la relación y del intercambio de palabras y sonrisas!”

