El mundo en que vivimos.

Escena 1: Un zumbido. Un proyectil impacta en un barrio. Una explosión que lo absorbe todo va seguida de un derrumbe. Crece de repente una montaña de cascotes y escombros sobre la que queda flotando el polvo de la muerte. Unos segundos de silencio que lo dicen todo. Después, se oyen los gritos, la desesperación, las carreras y las sirenas de los servicios de emergencia. Entre todo ello, la mirada de un hombre que se queda clavada en una mochila abandonada y salpicada de sangre. No es la de sus hijos, pero podría serlo. 

Escena 2: En un refugio subterráneo, repleto de gente del barrio que está a sus cosas, una madre hace malabarismos para moverse sin que el bebé que carga en brazos se despierte, convencer a su hija para que termine las tareas del colegio y calmar la ansiedad de su padre, quien, pese a tantas guerras vividas, nunca se acostumbra al sonido de las explosiones. 

Escena 3: Llueve sobre la arena de una playa del Mediterráneo, acosada desde hace tiempo por los rascacielos que la han ido estrechando y arrinconando contra el mar. El paseo marítimo, otrora lleno de paseantes abriéndose paso entre vendedores callejeros, familias disfrutando de su tiempo libre y enamorados cogidos por la cintura, está ahora repleto de tiendas de campaña. Han ido surgiendo como hongos bajo la lluvia hasta inundar el bulevar y sus jardines. En una de ellas, en forma de iglú, se aprieta una familia de cinco miembros para dormir como puede entre los enseres que han rescatado antes de salir huyendo de su casa. Es su tercer desplazamiento en los últimos dos años. 

Escena 4: Hombres con poder hablan desde sus pedestales frente a las cámaras. Leen o improvisan discursos de héroes y villanos, mezclando arengas sobre misiones salvadoras con amenazas y descalificaciones hacia el enemigo, a veces usando el lenguaje soez que se escucha en las tabernas. Ensalzan lo propio con grandilocuencia, condenan lo ajeno con desprecio y, entre palabra y palabra, inculcan el odio, justifican la violencia, degradan el significado de las palabras paz o justicia, y banalizan el valor de la vida y el de los que estamos vivos. 

Escena 5: Un grupo de amigos termina de comer en un chiringuito. Disfrutan de la sobremesa mientras vigilan de reojo a los niños que juegan desperdigados a su alrededor. Hablan atropelladamente, cruzando conversaciones en las que comparten su indignación por lo mal que va todo y por lo carísimas que salen las vacaciones con los precios a los que se ha puesto la gasolina. 

Escena 6: Cuatro seres humanos se acercan a la cara oculta de la luna. En su trayecto espacial toman fotografías del planeta Tierra, llenas de poesía, misterio y belleza que copan los periódicos y los noticieros. La agencia para la que trabajan las publica en sus redes sociales acompañadas de mensajes positivos sobre la ciencia y sus avances, la vida y la naturaleza, la humanidad y la hermandad de sus pueblos. 

Escena 7: En un autobús camino de algún sitio, un don nadie contempla esas fotografías y mensajes desde su teléfono. Piensa que si, en realidad, para apreciar el valor de la humanidad y la belleza del mundo en que vivimos hay que irse tan lejos, es que realmente estamos perdidos. 

Fernando Travesí Sanz