Por Silvia Dominguez /
La noche cayó despacio, como si también ella quisiera escuchar. El murmullo del público se fue apagando mientras las luces dibujaban sombras suaves sobre el escenario, y entonces ocurrió: las primeras notas de Luar Na Lubre comenzaron a flotar en el aire, delicadas y antiguas, como si vinieran de otro tiempo.
No fue solo un concierto; fue un viaje. Además, era una noche especial: la celebración de su 40 aniversario, cuatro décadas de música, memoria y raíces. Y eso se sentía en cada rincón del repertorio. Sonaron algunos de sus clásicos más queridos, esos que el público reconocía desde el primer acorde y acompañaba casi en susurros, como si fueran parte de su propia historia. Pero también hubo espacio para sus nuevos temas, frescos y llenos de vida, demostrando que la esencia del grupo sigue creciendo sin perder su alma.
Cada melodía parecía abrir una puerta distinta: a mares brumosos, a leyendas susurradas junto al fuego, a caminos verdes que no aparecen en los mapas. La gaita, profunda y envolvente, marcaba el pulso de una emoción compartida, mientras las percusiones y las cuerdas tejían una atmósfera que abrazaba a todos los presentes.
Hubo momentos de alegría luminosa, en los que los pies casi se movían solos, y otros de una nostalgia tan hermosa que dolía un poco, como recordar algo que no se ha vivido pero se siente propio. El grupo formado por; Bieito Romero (gaitas, acordeón, zanfoña), Nuria Naya (violín), Patxi Bermúdez (bodhrán, tambor), Pedro Valero (guitarra acústica), Xavier Ferreiro (percusión latina, efectos), Xan Cerqueiro (frautas), Brais Maceiras (acordeón), Cristina López (cantante) e Bieito Romero Diéguez (gaita), hizo que el público no solo escuchaba: respiraba al mismo ritmo, como si durante esas canciones todos formaran parte de una misma historia.
Y entre todos los matices de la noche, hubo uno que brilló de manera especial: el de la violinista. Su interpretación fue pura sensibilidad, una voz sin palabras que hablaba directamente al corazón. En sus manos, el violín no era solo un instrumento, sino un hilo invisible que unía emoción y memoria. Cada arco dibujaba una emoción distinta: a veces suave como una caricia, otras intensa como una ola rompiendo en la orilla. Hubo instantes en los que el tiempo parecía detenerse solo para escucharla, y en ese silencio lleno de música, algo se quedaba para siempre.
Cuando el concierto terminó, nadie aplaudía solo por lo que había oído, sino por lo que había sentido. Porque Luar Na Lubre no ofrece simplemente canciones: regala instantes que se quedan viviendo dentro de uno.
Y al salir, bajo la misma noche que había empezado todo, parecía que el mundo sonaba un poco diferente. Más lento, más profundo, más hermoso.
PRÓXIMOS CONCIERTOS
- 1 abril – CAMARIÑAS
- 4 abril – TRUJILLO
- 11 abril – BARCELONA
- 22 mayo – ALMERÍA
- 6 julio – LA PALMA
- 29 agosto – NIGRÁN
- 30 agosto – BOIMORTO
- 11 diciembre – ÁVILA



