Horacio Otheguy Riveira.
En 1907 escribió Niebla Unamuno y se publicó en 1914. Un año antes, El sentimiento trágico de la vida, todo lo cual pertenece a la eclosión dramática de los escritores de la Generación del 98, cuando España pierde sus colonias y la monarquía entra en un periodo grotesco de búsqueda infructuosa de valores perdidos.
La calidad de esta nivola se adelanta a muchas corrientes literarias del siglo XX (término acuñado en el mismo texto, para diferenciar su aventura literaria de la novela del XIX con su carga de tensiones melodramáticas). Unamuno rabia, como sus compañeros de generación -cada cual a su manera-, Valle Inclán, Machado, Baroja…
La proximidad con la literatura europea más iconoclasta, se da por adelantado en esta «niebla» vital, la incertidumbre que envuelve la condición humana. Augusto Pérez, el protagonista es un claro antihéroe, un «paseante de la vida» cuya existencia es cuestionada hasta el punto de enfrentarse a su creador, el propio Unamuno, personaje que en esta versión teatral no aparece, como muchas otras constantes, al margen del contexto histórico y la peculiaridad «nivolística» en la que entran personajes y situaciones surgidos del realismo para luego descomponerse, discutirse, ser y dejar de ser, a merced del autor y de la mirada de los otros: una línea pirandelliana que llegaría 14 años después con Seis personajes en busca de autor, y más adelante en varios títulos teatrales y novelísticos, como Así es si así os parece y Uno, ninguno, y cien mil.
En la mente de la autora
Así como Unamuno indaga y rompe esquemas estilísticos, al tiempo que traslada al papel sus propias disquisiciones filosóficas, Fernanda Orazi, que asegura haber llorado al terminar de leer el libro original, produce emocional y técnicamente una especie de deconstrucción dramática en la que los actores se descubren, se comentan, crean personajes y nunca dejan de ser intérpretes a cara descubierta. Un estado emocional artificial que les hace repetir situaciones entre carcajadas y aplausos que se dan a sí mismos. Un disloque que a veces consolida momentos de emoción verdadera.
Sorprende el talento de los intérpretes para encajar en el difícil entramado de la autora-directora, ya que para este espectador resulta poco menos que imposible conectar con el abanico de enunciados y acciones que buscan su trama sin encontrarla.
Un ejercicio que hereda muchos de los elementos del llamado teatro del absurdo, sin otra consistencia que la diatriba entre el deseo de crear y a la vez cuestionar su creación en un discurso extremadamente repetitivo, muy poco gratificante, lo que choca con la energía del reparto que, como ya dije, carcajea demasiado a menudo con sobresaliente estilo, y luego aplaude sus escenas en un lago de incertidumbre.
Espectáculo fallido en el que no encuentro satisfacción alguna.
Diseño de iluminación David Picazo
Dirección Fernanda Orazi
Diseño de espacio sonoro y música Javier Ntaca
con
Diseño de espacio espacio escénico y vestuario Cecilia Molano
Producción NAVE 10 | Matadero, Buxman Producciones y Pílades Teatro



