Por: Mauricio A. Rodríguez Hernández.

Hay voces que no nacen de un solo territorio, sino de múltiples raíces entrelazadas, como si la memoria viajara de un continente a otro para anclarse, finalmente, en una mesa familiar costarricense donde se discuten el poder, la historia y el porvenir. La voz de Abril Gordienko López es una de ellas: hecha de herencias rusas y croatas, de pulsiones europeas y latidos centroamericanos, de la disciplina heredada de un abuelo marcado por la revolución y de la sensibilidad cultivada en una casa donde la cultura no era ornamento, sino sustancia cotidiana.

En esta conversación con Culturamas, se despliega no solo el retrato de una mujer atravesada por la política, la literatura y el pensamiento crítico, sino también el mapa íntimo de una formación donde la palabra y la responsabilidad pública se aprendieron casi al mismo tiempo. Hija de un médico profundamente humano y de una intelectual brillante, que estuvo a un paso de dirigir el destino cultural de Costa Rica, Gordienko López encarna una tradición familiar en la que el conocimiento, la ética y el compromiso social se entrelazan con naturalidad.

Pero esta entrevista no se limita a la evocación del origen. Es, sobre todo, una reflexión lúcida sobre el presente: sobre un país que resiste sus propias sombras, sobre una cultura que persiste a pesar del abandono institucional, y sobre las tensiones de una sociedad que busca reconfigurarse entre desigualdades, violencias y esperanzas. Desde su experiencia en la sociedad civil y su participación en la vida política, la entrevistada propone una mirada donde la cultura no es un lujo, sino una herramienta esencial de cohesión, prevención y transformación social.

Asimismo, la conversación se abre hacia uno de los debates más urgentes de nuestro tiempo: el papel de la inteligencia artificial. Lejos de los extremos, Gordienko López ofrece una perspectiva matizada, consciente de sus riesgos y posibilidades, en la que la tecnología puede tanto empobrecer la creación como expandirla, dependiendo, siempre, de las decisiones éticas, sociales y regulatorias que la acompañen.

Entre la memoria de revoluciones pasadas y los dilemas del futuro digital, entre la herencia familiar y la responsabilidad pública, esta entrevista invita al lector a recorrer una trayectoria donde convergen la literatura, la política y la cultura cívica. Leerla es asomarse a una conciencia crítica que, sin renunciar a la complejidad, insiste en una convicción fundamental: que la cultura, cuando es viva, libre y compartida, sigue siendo una de las formas más profundas de construir democracia.

Mauricio A. Rodríguez Hernández: Usted ha mencionado en otras ocasiones la importancia del entorno familiar en la formación del carácter. ¿De qué manera crecer en la casa de las familias Gordienko Orlich y Gordienko Kovalenko moldeó su sensibilidad política y su comprensión temprana del poder, la autoridad y la responsabilidad pública?

Abril Gordienko López: En la formación de mi carácter tuvieron tanta influencia mis raíces Gordienko Orlich (ruso-croata, pero también ramonenses, por parte de una bisabuela paterna), como las López Odio, por un lado de origen español y por el otro criollo de varias generaciones. Es decir, provengo principalmente de inmigrantes, lo cual, sin duda, marca la idiosincrasia familiar.

Mi abuelo Gordienko huyó de la revolución Bolchevique con apenas 17 años, tras el horror de que sus padres fueran asesinados y su patrimonio saqueado. Tenía formación militar y era sumamente estricto. Además, había quedado viudo con 5 hijos pequeños. Probablemente por su historia, en mi familia se respetaban mucho las jerarquías y las estructuras; también estuvo muy presente el temor a los regímenes totalitarios.

Mi papá era médico y tenía una gran sensibilidad social. Toda su vida profesional se desempeñó en el Hospital San Juan de Dios (HSJD), de la Caja Costarricense de Seguro Social. Trataba a sus pacientes del HSJD con el mismo compromiso y dedicación que a sus pacientes de la práctica privada. Cuando a su consultorio privado llegaban pacientes de escasos recursos, no les cobraba por atenderlos. Papá además era un apasionado de la geografía y la historia y un lector voraz, aunque no tanto como mi mamá.

Mi mamá era excepcional en todo sentido y un poco atípica para su generación, pues pocas mujeres cursaban estudios superiores. Ella entró a la Universidad de Costa Rica donde se bachilleró en 2 carreras (filosofía y filología); era una mujer muy culta. Católica practicante y de una profunda espiritualidad, lo que contribuyó a que tuviera una honda sensibilidad por las personas más vulnerables. Creció marcada por los hechos del 48, pues su papá era “mariachi de hueso colorado” y vivió las consecuencias políticas, sociales y económicas de quienes participaron en el grupo que perdió la revolución.

Mamá era una reconocida intelectual, la primera directora del Colegio Científico de Montes de Oca (que creo que fue el primero de esa modalidad de colegios del país). En 1990 fue nombrada ministra de Cultura, pero no pudo asumir el cargo por un quebranto de salud.

Lo anterior explica que en mi casa el quehacer cultural y académico, la política y la geopolítica eran platos diarios en la mesa familiar. No siempre me parecieron interesantes, por supuesto, y mi papá me llamaba la atención por eso. En mi adolescencia me regañaba por no interesarme en leer los periódicos (a casa llegaban todos los que circulaban en aquellos años).

Pero al final, con el paso de los años, esa cultura familiar permea y te ayuda a construir tu visión sobre el poder, sobre las estructuras jerárquicas, sobre la capacidad de la política y del Estado para mejorar la calidad de vida de las personas (o de reprimirla). Tal vez por ser hija de un médico y de una profesora es que llevo engranados en mi ser el valor de la salud pública y de la educación como principales generadores de valor social, de bienestar, de movilidad y de desarrollo humano.

Nota: Mi padre era Gordienko Orlich (mi abuelo era Gordienko Kovalenko -aunque en realidad su apellido materno era Kononov, pero por alguna razón cuando llegó a CR quedó mal registrado).

MARH: En un país donde la cultura suele ocupar un lugar secundario en el debate político, ¿podría mencionar a un escritor, una artista plástica, un cineasta y un músico costarricense contemporáneos que admire, y explicar qué cree que su obra revela sobre la Costa Rica actual?

AGL: Literatura: Cristina Rossi, Catalina Murillo, Isabel Gamboa Barboza, Carlos Cortés, Fernando Contreras, Laura Vázquez, son algunos de las autoras y autores que me gustan, que tienen mucho talento y abordan temas sustantivos, densos, incómodos, y necesarios.

Músicos: Tapado Vargas, Mal País y Debi Nova que son tal vez los más reconocidos, pero sé hay muchos otros buenos músicos, en especial jóvenes.

Artistas plásticas: me gustan la pintura sensible de Ariane Garnier, la audacia de Rossella Matamoros y la originalidad de Loida Pretiz.

Las cineastas Laura Astorga y Antonella Sudassassi, que impulsan la conciencia colectiva, que generan cambios sociales y culturales a través de su trabajo artístico. Me alegra mucho el impulso que está tomando el cine costarricense, a pesar de que el tico es un mercado pequeño para la producción de cine.

En el campo del teatro, la intérprete por excelencia: Eugenia Chaverri.

Lo que revela la existencia y la obra de estas artistas y creadores, es su perseverancia, su compromiso real e inclaudicable con su oficio y con su llamado creativo a pesar de que el Estado costarricense abandonó el fomento del arte y la cultura desde hace años, muchos años.

El trabajo de estos y de otras artistas revela no solo que hay mucho talento, sino que hay necesidad enorme de muchos más espacios de encuentro cultural y creativo.

MARH: Desde su experiencia en organizaciones como Academia de Centroamérica, Fundación Yamuni Tabush y Horizonte Positivo, ¿qué políticas culturales considera urgentes para el próximo gobierno y cuáles deberían tener prioridad inmediata dentro de su fracción política?

AGL: Todas las organizaciones de sociedad civil en que participado me han dejado aprendizajes y, por supuesto, inquietudes, que me movilizan e impulsan a promover cambios. Creo que el Estado por sí solo no puede resolver todos los problemas sociales y las necesidades; recurrir al apoyo de la sociedad civil y del sector privado a través de alianzas público privadas no solamente aporta recursos necesarios, sino que educa, involucra y compromete a la sociedad civil, al empresariado, a la ciudadanía.

MARH: Si le correspondiera asumir el Ministerio de Cultura, ¿cuáles serían sus tres prioridades estratégicas y cómo articularía cultura, educación y desarrollo humano en un contexto de crecientes desigualdades sociales?

AGL: En tiempo de escasez económica como el actual, recurriría a fondos y gobiernos internacionales y al sector privado costarricense para colaborar en el impulso de la cultura, la creatividad y el arte en todas las comunidades, en los centros educativos, en los pueblos.

En Costa Rica debemos acercar más la cultura, la música, la literatura y el arte a las personas de todos los estratos sociales y de todo el territorio nacional.

Entre otras cosas, fomentaría la creación de bibliotecas y ludotecas de puertas abiertas como centros de reunión social en las comunidades; además de acercar la lectura a las personas, se podrían hacer sesiones de cine, encuentros culturales de todo tipo. Fomentaría actividades un poco olvidadas como la narración oral.

Por excelencia, la cultura teje entramado social, eleva aspiraciones, sensibiliza conciencias, promueve cambios y genera oportunidades. Hay todo un mundo de posibilidades de la llamada economía naranja que se pueden impulsar para promover cultura y reactivar las economías locales y nacional.

Hace unos años en un viaje a Pakistán, tuve la oportunidad de conocer a la laureada directora de cine y activista pakistaní Sharmeen Obaid-Chinoy, quien me dijo que ella hace política pública a través de su arte. Sus documentales no solo han ganado premios Oscar y Emmy, sino que provocaron cambios legales en su país, en beneficio de las mujeres. Otra forma mediante la cual esta extraordinaria mujer genera impacto es un cine móvil que recorre el país para presentar gratuitamente documentales y películas en todos los pueblos; así democratiza el acceso a obras no solo de calidad a la vez que impulsa cambios culturales.

MARH: En su novela, Negra noche en blanco, usted explora la violencia estructural y los ciclos que se heredan generacionalmente. Si Costa Rica estuviera hoy atravesando su propia “negra noche en blanco”, ¿qué sombras cree que nos niegan el descanso como sociedad y qué luces aún permanecen encendidas?

AGL: El título Negra noche en blanco es un juego de palabras que alude a una larga noche que los protagonistas pasaron sin dormir (en blanco), a la vez que hacen una retrospectiva de sus vidas, de su vínculo y de sus propios terrores internos. Uno de ellos logra, después de esa noche, redimirse, “salvarse”. En mi opinión, Costa Rica lleva 4 años bastante oscuros, donde han abundado gritos, embates autoritarios, reproches y ataques como los que se viven en mi novela. Pero nuestra institucionalidad democrática y una buena parte de la sociedad costarricense, hemos resistido esos ataques. Esa es la luz, esa es la esperanza. Seguimos. Somos resilientes, como el personaje que se “salva” en Negra noche en blanco.

La obra plantea que el sistema patriarcal no sólo oprime a las mujeres, sino que también daña profundamente a los hombres.

MARH: ¿Cómo dialoga esta idea literaria con su lectura de la crisis social y política actual del país?

AGL: El engranaje del sistema patriarcal requiere tanto de hombres como de mujeres. En este momento particular de nuestra historia patria, a pesar de los buenos indicadores formales de derechos y de participación cuantitativa de la mujer en casi todos los espacios de decisión, estamos viviendo un recrudecimiento de la violencia de género en diversas dimensiones: verbal, física, financiera, política, cibernética, etc. Esto es paradójico, es como si el sistema se resistiera a convivir con la merecida ampliación de los derechos de la mitad de la población. Eso nos habla de hombres que a su vez han sido víctimas de un sistema que en buena medida les niega permitirse ser sensibles y solidarios. Vivimos una época de narcisismos aumentados, de hombres que llegan al poder a gritar y a imponerse. Las tecnologías de la información y las redes sociales amplifican esos modelos de masculinidad dañadas, lo cual, lamentablemente, nos dificulta superar los problemas del sistema patriarcal.

MARH: Frente al avance del crimen organizado en barrios marginados, ¿cree que las políticas culturales y la educación artística pueden ser herramientas reales de prevención y transformación social, o han sido romantizadas sin el respaldo estructural necesario?

AGL: Sin duda. Un abordaje de seguridad enfocado en los síntomas, no es suficiente, nunca lo será. Y la cultura es una herramienta valiosa para abordar las causas, las raíces de la descomposición social, la criminalidad joven, la necesidad de construir una identidad y de pertenecer. Hay experimentos interesantes con teatro, música y arte, que acreditan su coadyuvancia en la prevención del delito y la disminución de la violencia en comunidades vulnerables de América Latina.

MARH: En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, ¿considera que estas tecnologías representan una amenaza para la creatividad humana o, por el contrario, una oportunidad para democratizar la creación cultural y el pensamiento crítico?

AGL: Al menos hasta ahora, la inteligencia artificial no es ni villana ni salvadora por sí misma; es una herramienta con efectos mixtos; todo depende de cómo se use. Si predomina su uso automatizado sin criterio, puede homogenizar, aplanar, la cultura y favorecer contenidos superficiales o estériles; también puede debilitar el pensamiento crítico si la gente confía en respuestas automáticas sin verificar autenticidad o enriquecerlas con aportes originales y personales.

Al mismo tiempo, la IA abre posibilidades creativas y democratiza el acceso a recursos: permite experimentar, acelerar procesos y generar formatos nuevos que pueden enriquecer la cultura y fomentar la curiosidad intelectual. Para que sus beneficios prevalezcan sobre los perjuicios, es clave la educación, la transparencia sobre el uso de IA, la implementación de políticas que protejan la diversidad cultural y el desarrollo y el uso ético de estas tecnologías.

Con buenas decisiones sociales y regulatorias, la IA puede potenciar tanto la creación cultural como el pensamiento crítico.

Otra dimensión no pertinente para este cuestionario, pero igualmente importante, son los posibles dilemas que el uso de IA puede plantear sobre autoría y justicia en la remuneración de las personas creadoras.

MARH: Como cofundadora y vocera de Poder Ciudadano ¡Ya! y participante en procesos de reforma del Estado, ¿qué rol debería jugar la cultura cívica en la regeneración de la democracia costarricense y en la recuperación de la confianza ciudadana?

AGL: La organización que más ha marcado mi quehacer se llama Poder Ciudadano Costa Rica (PCCR). Es una pequeña asociación comprometida con la salud de la democracia y con las reformas político electoral desde la ciudadanía. Por ejemplo, en 2021 PCCR redactamos una reforma que se convirtió en la única ley de iniciativa popular que ha sido aprobada de forma unánime en la Asamblea Legislativa. La ley #10,018 obliga desde 2021 a los partidos a suministrar el plan de gobierno y las biografías de todas las candidaturas en elecciones presidenciales y legislativas para lograr la inscripción en un proceso electoral. Esta reforma es un hito histórico no solo por su origen ciudadano, sino por los incentivos de calidad y de transparencia que introdujo a los procesos electorales. Podríamos hablar de una cultura de acceso a información que debe ser pública (e increíblemente no lo era) y de transparencia.

El activismo cívico-político electoral ha sido central en mi quehacer por muchos años; no tiene relación con la cultura del arte y la creatividad, pero sí con un concepto más amplio de cultura como forma de apropiación democrática de parte de la ciudadanía de todo espacio social y como forma de construcción participativa de la identidad nacional, lo cual puede incentivar la confianza ciudadana. Por otra parte, sin democracia, la cultura se empobrece y la creatividad se envasa en contenedores rígidos y controlados; sin democracia, el quehacer cultural no puede ser libre, e inclusive, es perseguido. Porque una cultura viva y rica fortalece la democracia; por el contrario, es una amenaza para los autoritarismos y otros regímenes de esa familia. 

MARH: Después de décadas entre el derecho, la política, el activismo cívico y la literatura, ¿en qué punto siente que convergen todas esas dimensiones de su vida y qué responsabilidad ética implica hoy, para usted, tener voz pública en Costa Rica? 

AGL: Imagine un tejido que se forma de hebras de distintos colores y texturas. La persona que soy hoy lleva a su curul en la Asamblea Legislativa de Costa Rica esa riqueza de colores y texturas, esa combinación de experiencias a la que podemos sumar el de ser hija, esposa, madre, abuela y hermana. También fui cuidadora de mi mamá durante 20 años. He sido escritora de artículos de opinión desde los 19 años. En fin, no hay una sola dimensión que me represente o me describa de forma completa porque todas esas vetas me atraviesan y me sostienen. Lo que puedo decir es que creo que la elección como diputada llegó en el momento que debía llegar. Antes hubo oportunidades de participar en política, algunas las rechacé porque no era el momento y otras simplemente no se dieron. Hoy entiendo que las piezas necesarias no estaban en el lugar correcto, no estaban dispuestas para calzar como lo están ahora. Eso en el plano personal. Con respecto al país, siento que atraviesa por una coyuntura de riesgo democrático y me alegra mucho estar en un cargo de decisión, no solo como activista cívica. En estos momentos me costaría mucho ser observadora y no protagonista del acontecer político del país.