Por Marco Onofrio.
Bernardo Santos, poeta y traductor español, desata también en Italia su vendaval poético con La tempesta del tempo / El vendaval del tiempo (Ensemble, 2024, pp. 180, 18 €), poderoso libro en edición bilingüe, traducido al italiano por Dalila Colucci y por el mismo autor.
Un libro exuberante y oceánico que respira como un solo poema y configura una obra-mundo, de rara belleza e intensidad, que interpela a los infinitos universos del pensamiento y pone en juego buena parte del saber humano (como, por ejemplo, filosofía, semiótica, antropología, política, economía, ciencia, religión, astronomía, biología, ecología, neurología, medicina, química, etc.), trayendo a colación la «flor» de cada disciplina, recogida aquí en pétalos de alta cultura para nutrir la mirada a través de una perspectiva planetaria que responde a llamamientos urgentes de alarma, de emergencia, de peligro inminente.
Por tanto, un libro inquieto, que inquieta: un libro de poesía dinámica, en viaje hacia adentro y más allá de sí misma y del mundo. Santos plantea preguntas que desestabilizan deliberadamente para reavivar la conciencia global del ser humano en estos tiempos de grave crisis.
El «vendaval del tiempo» que da título al libro es, en mi opinión, el fenómeno infinito de la historia, con las personas y las generaciones que «pasan, pasan, pasan» entre «ruido y orden»; a estos tres verbos se opone la escritura por otras tantas veces: «escritura, escritura, escritura», aunque se reflexiona sobre su posible persistencia, compartiendo con ella el destino entrópico de todas las demás cosas:
escritura, escritura, escritura,
un chorro de energía vital,
sonora, calorífica, mecánica,que finalmente acaba,
se destruye, muere,
se olvida, no importa,
ya no está presente,
se pierde
en la oscuridad negra del cosmos
y ya es nada
y no perduran sus efectos
y nadie la recuerda.
Es también la humanidad en la espiral de la historia: galaxias de personas que se agitan en las dificultades y el sufrimiento para después ser engullidas en el vacío, sin dejar rastro en el escenario de su risible aparición, como los comparsas de una película.
Precisamente el cine ofrece la malla arquitectónica y compositiva que el autor utiliza en clave metafórica, tanto de la poesía como de la vida. Leemos en los exerga preliminares: según Bergson, la imagen está a medio camino entre «cosa» y «representación», y el conocimiento es un mecanismo «cinematográfico» interno (también Dino Campana, en el incunable de los Cantos Órficos, hablaba de «cinematografía sentimental»); y Deleuze, quien concibe el cine como restitución de la capacidad de creer en el mundo, es decir, de volver a establecer un vínculo positivo entre nosotros y las cosas, desde que «ya no creemos en este mundo (…) nos aparece como una mala película», palabras hoy más actuales que nunca.
De esta forma, los títulos de los poemas están inspirados en términos técnicos del cine, explicados al final en un glosario, pero, ¡cuidado!, no es una maniobra intelectualista. La idea filosófica de fondo está tomada de Pier Paolo Pasolini y su «cine de poesía». En las Observaciones sobre el plano-secuencia (recogidas en Empirismo eretico), Pasolini reflexiona sobre el hecho de que «el cine (o más bien la técnica audiovisual) es esencialmente un infinito plano-secuencia, como es precisamente la realidad ante nuestros ojos y oídos, durante todo el tiempo en que somos capaces de ver y de sentir (un infinito plano-secuencia subjetivo que termina con el fin de nuestra vida)».
De esto, Santos dice:
Vivimos en un plano secuencia permanente,
en la vorágine imparable de estar vivos,
sin trucos, sin storyboards,
sin posibilidad de repetir la toma
En otras palabras: en la vida siempre es buena la primera toma, incluso cuando no lo es. Es un «play» sin «rewind», y es lo que nos arroja a todos «al final de un hilo frágil» y a merced de lo efímero. El homenaje al cine se realiza en términos explícitos en la página 19, con breves referencias a películas célebres como «2001: Odisea en el espacio», «Blade Runner», «Un perro andaluz», «Muerte en Venecia», «Amarcord», «Viaje a la luna», «El gran dictador», etc., con las que Santos hace un guiño a todo aquel que ama tan locamente como él al séptimo arte.
El motor del libro es un pensamiento y una aproximación a las cosas que yo llamaría eclécticos y abiertos, aunque siempre rigurosos. Escribir y vivir implican una «experiencia integral / que abarca todos los sentidos» y, por lo tanto, un yo fluido y multicéntrico, en perenne «construcción». En cambio, la «forma fluida» de un yo múltiple nos hace menos controlables, nos transforma en minas móviles, peligrosas para el sistema, nos hace «estar listos, abrir el encuadre / perder, tal vez, intensidad, pero abrazar el todo».
Un exceso de memoria y conocimiento rema contra la frescura y la inocencia, es decir, la confianza que nos hace fundirnos con los demás («Ábrete a la multitud») para creer, resonando con Terentius, que «Nada me es ajeno (…) Nada de lo que os sucede / está fuera de mi pecho».
La evolución creadora avanza no quedándose acoplada a las propias certezas burguesas, sino «viajando hacia un estado de lucidez superior / bajando en los abismos de la traición, / del abandono, de la rendición, del no ser». Hay que superar las discontinuidades de la cotidianidad y el «avispero» hipócrita de la siniestra sociabilidad:
Esa mentira del yo,
de la identidad,
de la personalidad,
de la idiosincrasia,
esa gran mentira que compramos
al liberalismo,
al individualismo,
a la meritocracia,
al idealismo,
al mercado,
porque desde un yo unitario,
permanente, sólido,
de límites definidos,
estructurado, arquitectónico,
nos venden más fácil,
nos manipulan más fácil,
nos doblegan mejor.
La escritura como llamada a la verdad esencial, incluso cuando es incómoda, y a la duda fecunda que genera preguntas —de las cuales el libro abunda—. Por ejemplo: ¿qué es la identidad? ¿Cuánto vale como hecho autónomo desde la infancia «que se paga de por vida» a través de «la constante actualización de lo que fuimos, / la brusca irrupción de escenas antiguas»? Y otra vez: ¿qué es la «realidad» o lo que llamamos tal?
El sueño de abrazar al mundo es un límite puro: no hay manera; su vastedad está más allá de nuestra percepción. ¿Y todo lo que queda al margen, todo lo que sucede en otra parte, no aquí, entre los ocho mil millones de seres humanos? ¿Cuánta gente en este mismo momento está muriendo, naciendo, haciendo el amor?
Lo que llamamos realidad
es la nimiedad que aflora
en medio de la infinitud
y que en ella se sostiene.Alrededor, en negro,
los innumerables otros,
el resto del planeta,
lo que acontece en el resto del planeta,
lo que no vimos, donde no estuvimos,
lo que no sabemos, lo que no leímos,
lo que ignoramos que se pueda saber.
Si miro un solo árbol, «el bosque no puedo verlo, / necesito el ojo de Dios, / pero sé que el bosque existe»… y he aquí, en ese «pero», la vía posible para «soñar con cualquier mundo», es decir, para cambiar «la relación señal-ruido». Hay que «cambiar todo, todo, todo»:
Un mundo nuevo
en el que cada cual está avisado
de la crisis planetaria,
de los inminentes riesgos,
en el que cada cual
(…) participa activamente,
siente suyo el devenir.
En «Geografía creativa» (p. 81) se precisa esta nueva posición del ser humano en el mundo: mirar las cosas con ojo crítico, preguntarse el porqué, los orígenes, las causas; moverse con los demás, es decir, crear redes y comunidades, y, sobre todo, no dejarse «paralizar por la enorme tarea», sino dar «el primer paso». La poesía se convierte así en un laboratorio de cambio y futuro sostenible: «Yo alfombré el paso, / puse un ladrillo más, / quité un lienzo de alambrada».
Luchar por la justicia, la reparación y la paz. Sembrar y esparcir amor y, sobre todo, no permanecer indiferentes. Poner en primer lugar a la persona humana, «su bienestar y su deseo / y no el beneficio de unos pocos o el descarte de muchos». Los grandes problemas que vivimos nacen de la ultra-atracción que nos ha «desconectado del planeta que nos alimenta» y del cielo «que lleva el universo a casa».
Para asumir esta conciencia de amor planetario, según la cual «todo es comunidad y todos estamos llamados», bastaría observar un simple hecho: «Vivimos en la superficie de una esfera azul / en la que cualquier punto tiene la misma / distancia al centro. Radio fijo».
Y además entender que entre el macrocosmos y el microcosmos hay una relación de continuidad igualitaria, como muestra la genial poesía con bucles infinitos titulada «Zoom»:
Primero vemos las galaxias,
luego, solo esta pequeña.Vemos a continuación este sol periférico,
esos planetas. Y entre ellos el azul.Los continentes, esa costa, esa playa.
Esa casa, ese patio,
ese cuerpo, esa mano,
la punta del bolígrafo
con el que un poeta escribe:
«Primero vemos las galaxias…»
Así, del mismo modo, hay continuidad entre los diferentes momentos de la historia, como muestra el dolly temporal que capturan las «Escenas» de la última sección del libro. Basta, pues, con «las biografías seleccionadas / de pocas mujeres / y demasiados hombres especiales», ya que:
Toda vida importa.
Toda vida humana
debería ser registrada
en la biblioteca de las biografías (…)
una inmensa biblioteca digital.
Este extraordinario libro —que aúna la enumeración borgiana con el duende de Lorca, el rigor político con la pasión erótica de los cuerpos, el logos filosófico con la sobreabundancia lírica de la «miel que desborda»— es un himno al «amor cósmico y profundo» que podría salvarnos de la catástrofe, y un elogio muy actual a la complejidad, al «pluriverso humano» de nuestro corazón, que encierra el infinito, y de nuestros ojos, que son un «hipertexto».
La escritura quiere y debe adherirse a «todas las facetas, / todos los puntos de vista, / todas las contradicciones» para decirnos que un hombre «es mucho más» que el poco al que nos empeñamos en reducirlo, olvidando que es y sigue siendo un misterio incomprensible.
Solo la poesía, pasando de lo abstracto a lo concreto para navegar por las «músicas del mundo», puede seguir enseñándonos esta apertura creatural a través de la cual percibir y vivir plenamente «la maravillosa irracionalidad» de existir, el milagro mismo de haber nacido.
Traducción de Bernardo Santos.
Texto original: https://marconofrioscrittore.wordpress.com/2026/03/27/la-tempesta-del-tempo-di-bernardo-santos-lettura-critica/

