Por Jesús Cárdenas.

Hay libros que se tantean con cautela, como quien recorre un terreno desconocido donde cada página invita —o incluso exige— una forma distinta de atención. Otra cortesía, de Javier Yániz Ciriza, pertenece a esa estirpe esquiva y, sin embargo, hospitalaria. Un libro que, en su aparente retirada —«Este poemario es un paso atrás, / una arqueología metafórica / de una derrota. / Una derrota»—, ensaya en realidad una forma insólita de avance: hacia el sedimento donde el lenguaje todavía duda de sí mismo, donde la poesía busca sin terminar de encontrarse.

Desde su disposición en cuatro partes, el poemario propone una lectura reverberante. En este sentido, el poema final —«Este último poema quisiera / ser la oración más clara, / pero creo que es imposible, / porque es una derrota»— actúa como clave que reordena todo lo anterior. Es desde ese cierre donde se comprende el trayecto: la claridad como anhelo y la derrota como condición constitutiva del decir. Así, lo que en un primer momento parecía repliegue se revela como estrategia de resistencia frente a la tentación de la transparencia total.

Por su parte, el epílogo de Juan Álvarez Iglesias sugiere una vía de lectura decisiva: «volver al mundo del amor cortés es regresar al nacimiento del amor». No obstante, Yániz no se limita a una arqueología sentimental; su gesto consiste más bien en reescribir esa tradición desde la intemperie contemporánea, cruzando códigos, geografías y registros. De este modo, el amor cortés deja de ser un repertorio estático para convertirse en una pregunta abierta sobre el cuerpo, el lenguaje y el lugar que ambos ocupan en un presente saturado de signos.

En la primera sección, «Amor cortés o de la carne y la lucha por estar aquí», estalla la tensión entre herencia y presente. El poema «Kosovo» irrumpe con una pregunta política e íntima a la vez: «Si hablas de límites, fronteras, dónde empiezas tú? / ¿dónde mi respiración, donde tu boca?». La ironía se filtra en el diálogo —«¿reconoció el gobierno a Kosovo?»—, pero lo que permanece es la inquietud por delimitar el yo en el otro, ese territorio compartido que el lenguaje intenta cartografiar sin lograr fijarlo. Esa imposibilidad dinamiza el discurso.

Algo similar ocurre en «Pequeña», donde la esperanza se mantiene, casi obstinada: «Y, aun así, tengo la esperanza de que en una palabra / se descubra la carne». Se trata, en efecto, de que el lenguaje encarne, de que deje de ser mediación para convertirse en presencia tangible. En esta línea, puede advertirse una cercanía —aunque nunca sumisa— a ciertos presupuestos de la poesía de la experiencia. En «Cambiarlo de sitio es hacerlo nuevo», la cotidianidad se vuelve materia poética: «Donde el sol calla, construiré tu estatua / con los restos de esa espuma de afeitar / que reniega a tragarse mi lavabo». El gesto es doble: por un lado, desacraliza el motivo amoroso; por otro, lo reinscribe en una épica mínima, doméstica, donde lo banal adquiere una intensidad inesperada.

A su vez, el libro se desplaza por coordenadas espaciales diversas —Nueva York, Escocia—, aunque ese movimiento no responde a un afán cosmopolita, sino a una búsqueda de desubicación. En «Colectivo contacto», la geolocalización se convierte en metáfora del deseo: «Mándame tu ubicación, esta tarde estoy libre / para deshacerme contigo y perderme en el mapa». El mapa desorienta; y en esa pérdida se abre la posibilidad del encuentro, que pasa necesariamente por la disolución de las fronteras. En medio de esta cartografía inestable, emerge la reflexión sobre la propia escritura: «Parece que es oficio impostado / u otro Renacimiento cuando / pasamos los días / en perpetua / charla con los dedos». Aquí la ironía se transforma en autoconciencia crítica. El poeta sabe que escribe desde un tiempo saturado de imágenes, de pantallas y de gestos repetidos. «Los ojos vendados en escayola» sugieren, en este sentido, una ceguera autoimpuesta, una dificultad para ver —y, por tanto, para decir— en medio del exceso. Esta sospecha desemboca en una ética de la escritura que asume su precariedad: escribir equivale a interrogar, a desgastar una imagen hasta que deje ver sus costuras. La impostura, así, se revela como condición inevitable del decir contemporáneo; el poema sabe que llega tarde, que todo gesto ha sido ya ensayado, y aun así insiste.

Con todo, el libro plantea el diálogo y la posibilidad de que la palabra aún produzca sentido. La intertextualidad —esa riqueza de voces que lo atraviesa— funciona como forma de comunidad. Cuando leemos «Cuando Whitman quiso fotografiar la promesa americana, / le respondí con la foto de unas gemelas y de un travesti», asistimos a una confrontación de imaginarios: la promesa fundacional frente a la diversidad concreta, encarnada y a veces incómoda del presente. El poeta desplaza a Whitman, lo recontextualiza y lo obliga a dialogar con aquello que su mirada no alcanzó. En esa fricción entre tiempos y cuerpos se abre un espacio crítico donde la tradición deja de ser refugio para convertirse en materia viva, discutible.

Entre las piezas más logradas de esta primera parte destaca «Aquel gesto». En ella, la inexperiencia amorosa se expone sin ornamento, con una mezcla de pudor y deseo: «Aunque solo nos conozcamos de vista, / hablemos del tacto». El poema avanza a tientas, acumulando pequeñas certezas frágiles: «guardo cierta esperanza en que ocurra». Sin épica ni consumación, apenas la expectativa de un encuentro aún no realizado: «Ya solo falta encontrarnos», se dice, como si ese «solo» contuviera toda la dificultad del mundo.

La segunda parte, «Habibi es un río de Murcia o un poema épico morisco que da un nuevo tono a esto de la nueva cortesía», se abre con una advertencia significativa: «Esta parte es un cuento, / un único poema largo que habla / de una ruptura como la nuestra». En consecuencia, varios textos adquieren un carácter de glosa, comentario o exégesis, ya sea para desenterrar tópicos o para desviar el rumbo de lo esperado, como se explicita al final de «Proemio»: «y sobre todo, miénteme».

Algunos poemas adoptan incluso una forma casi argumentativa. Así ocurre en la sección II de «Paisaje regional»:

Hace tiempo que leí los cuadernos de viaje de H. Heine por Alemania, por Italia. Era divertido leer cómo el poeta, aunque intentara distanciarse, se veía envuelto en las costumbres más turísticas de aquellos lugares.

En «Comentario», por su parte, se lee «Zurce estos hilos, quiero oírte». Destaca especialmente «Zarzamora», con resonancias de romance morisco en versículos: «Hazme tu cautiva y si me pides que dialoga (…) Mis murallas están abiertas, habibi, solo falta tu ofensiva sobre el cerco. En el rechazo / del esparto al río, diré que ardió una zarza muda».

En contraste, «Cambiarte de sitio es hacerlo de nuevo» introduce imágenes de corte surrealista y una conciencia de repetición: «tengo miedo de que este cuento / se desdibuje en los labios de otro, / porque siempre repito los mismos gestos, / y he fracasado, habibi». Por su parte, en «Otra nueva cortesía» se afirma con tono retrospectivo: «amé, te amé sin comprender todo lo que te amaba». De este modo, la sección articula una poética de la variación sobre la pérdida, donde el relato amoroso se fragmenta y se reescribe constantemente.

La tercera parte se presenta más cohesionada. Sus composiciones, numeradas, se abren con una cita que enlaza la tradición española e italiana —Garcilaso y Petrarca—, correspondiente a los dos últimos versos del soneto XXII. En estos fragmentos, donde el diálogo con Garcilaso es explícito, se aborda el sufrimiento y la transformación del sujeto tras el desgaste amoroso. Así leemos: «Te vistes con esta luz como un ángel, / son necesarios nuevos nombres / para invocar el daño de tu ausencia». Y más adelante: «Declaración de amor incondicional, / estatua, / levantar otra vez el dedo índice de las estatuas, / bendición bendición de tu gesto».

Tras este desplazamiento hacia una tonalidad más elegíaca, el libro decanta una conciencia más desnuda del dolor, ya sin los velos del juego intertextual o la ironía inicial. «He labrado estos poemas con mi angustia y mi dicha […] / Ilumina la calle con tus faros / porque ahora, tú, ¿me reconoces?», leemos. En ese reconocimiento incierto late preguntas mayores: ¿si persiste o no el otro? ¿sigue siendo el mismo el yo que ama tras la pérdida?

Podemos decir que el andamiaje cultural que sostiene el libro, donde dialogan voces como Tomás Segovia, Marcelo Criminal, William Carlos Williams, Ramón Andrés o Paul Valéry, entre otras, son presencias que funcionan como resonancias que amplifican el conflicto íntimo, inscribiéndolo en una tradición viva que también duda y se quiebra.

En conjunto, Otra cortesía no es un libro complaciente. Su tono oscila entre lo confesional y lo reflexivo, entre lo lírico y lo crítico, sin asentarse por completo en ninguno de esos registros. Sin embargo, esa inestabilidad constituye su mayor virtud: obliga al lector a mantenerse alerta, a no dar por sentado el sentido.

Quizá, al final, la «derrota» de la que habla no sea otra cosa que el reconocimiento de los límites del lenguaje y, al mismo tiempo, la decisión de seguir escribiendo desde ellos. Si la claridad absoluta es imposible, lo que permanece es ese espacio intermedio, titubeante, donde la palabra aún puede rozar algo de verdad. Y es precisamente en ese roce —incierto, fugaz, pero intensamente humano— donde reside la verdadera cortesía del poema.