Por Marina Casado.

“Lo más terrible es que el tiempo termina de improviso. La vida siempre termina alguna vez”. Con esta concluyente afirmación, directa como una flecha sobre nuestra conciencia, comienza la presente antología. Su autora, Kristín Dimitrova, es una destacada poeta búlgara cuya trayectoria literaria se inicia a la par que la vida democrática en Bulgaria, y representa un cambio, tanto en el contenido como en la forma. Un breve estudio preliminar a cargo del escritor Reynol Pérez Vázquez nos ofrece las claves para sumergirnos en su poética. Él ha sido el responsable de traducir la antología al español, y no es la primera vez que lo hace con la obra de esta misma autora. 

En su estudio, nos señala como uno de los principales elementos de la poética de Dimitrova su particular tratamiento de la cotidianidad, capaz de despertar el asombro, con un lenguaje claro y aparentemente sencillo que, sin embargo, encierra una gran hondura, presente ya en los temas que aborda, uno de los cuales se adelanta ya en el título: En una de las paradas del tiempo. 

Desde el primer poema, el lector tiene la impresión, en efecto, de que la poeta detiene el tiempo para fotografiar el instante y mostrar, por ejemplo, una inocente reflexión de su hija acerca de las expectativas vitales a partir de algo tan banal como un chicle, o una partida de ajedrez que simboliza una batalla librada consigo misma, contra la pérdida y la frustración, o la afirmación rotunda de su abuela cuando, oponiéndose a la ciencia, defiende la existencia de Dios simplemente porque ella lo considera así. La sencillez y la verdad que contienen estos poemas hacen que nos sintamos identificados, porque Dimitrova no escribe desde una torre de marfil, sino que dibuja la vida en cada verso. La forma se adapta a esta sencillez, pues lo más importante es el mensaje. Así, define con estremecedora precisión la soledad –“la soledad es / cuando estás con alguien / que no está contigo”–, el amor –“Tú eres eso que llevo dentro de mí, / incluso cuando llevo demasiado / o no llevo cosa alguna”. Las emociones también se reflejan en objetos cotidianos, como una brújula regalada por un antiguo amor que conduce a una honda reflexión: “Es normal que tengas tu propia vida. / Es normal que mire a ratos la brújula”. No obstante, también nos regala imágenes llenas de lirismo, como “un susurro de estrellas perdiendo su brillo” o “una cama sin hacer era tu rostro años atrás”

Otro rasgo característico de su poética, del que ya nos advierte en su estudio Reynol Pérez Vázquez, es la nota de humor y de ironía que se percibe en muchos poemas. Le sirve a la autora para hacer crítica social. Lo vemos, por ejemplo, en “Una postal a los hermanos verdes”, donde los humanos envían saludos a unos hipotéticos extraterrestres y afirman: “Nosotros acá estamos bien / y habitualmente / tomamos pastillas”, o en “Del encuentro entre Jacobo y José”, en el que hace una reinterpretación de un pasaje bíblico en clave humorística. También en aquel otro en que critica la hipocresía de las redes sociales y comienza: “Proletarios de todos los países, / entren en Twitter”. En otros poemas, la crítica social no destila humor, sino gravedad, como en “Durante el viaje”, donde da voz a una mujer que lo ha perdido todo, o “En algún lugar del sudeste de Europa”, en el que la voz poética mira los ojos vacíos de “los cráneos de los asesinados doscientos años atrás”, que se conservan debajo de la cubierta de una iglesia nueva, y esa visión contrasta con la belleza del paisaje natural. A través de la poesía, la autora persigue la justicia y la memoria.               

La familia constituye otro tema fundamental en la poética de Dimitrova, y refleja la parte más íntima de su cotidianidad. Lo enfoca con ternura y nostalgia. Es muy importante la figura de la madre, que aparece desde el comienzo y comparte con la autora un vínculo precioso e inexplicable de confianza, en el que una simple acción como tomar un café se haga en un “oasis de comprensión”. La madre protagoniza la que, en mi opinión, es la parte más bella y grave de la obra: un conjunto de poemas titulado “A mi madre: palabras de despedida”, en los que refleja la ruptura de la cotidianidad que trae consigo la muerte, los pensamientos que solemos tener tras perder a un ser querido –“Perdí también la ira, / […] Podía haber pensado antes / en cortarla yo misma”, y una perspectiva machadiana de la muerte como viaje con “equipaje ligero”. Los objetos cotidianos de la madre, como los medicamentos o los abrigos, cobran un peso espiritual: “A los objetos les lleva / un tiempo más largo darse cuenta”.

También evoca con añoranza y lirismo la figura del padre, fallecido hace aún más tiempo, en imágenes tan potentes como aquella en la que recoge amapolas en “un campo interminable” y estas “se derraman por sus dedos”. Y refleja, a partir de él, la sensación de extrañamiento que produce la muerte: “Todo empezó con el muñeco / que sepultamos con tu nombre. / Sólo tú no estuviste presente”. 

La muerte es un tema fundamental en la obra. No solo la de sus familiares, sino el concepto, en general; incluso la propia. En “Reparación”, el comienzo resulta estremecedor: “A ese niño / le vendrían bien / baterías nuevas. Sacarlo / del frío nicho en la pared, / donde se encuentra”. Reflexiona con ternura y gravedad sobre la muerte de su gato en “Después de siete vidas”: “Lo envolvimos en una tela, luego / en una bolsa de papel limpia de dos asas; / si estuviera vivo, le gustaría”. En otros poemas, la enfoca con humor e ironía, como un viaje en avión en “Estimados pasajeros”.

La última sección del libro, “Sobre la verdad que no aprendemos”, posee un matiz misterioso y sobrenatural, incluso enigmático. La luz se concibe como símbolo de la verdad o el conocimiento. Afirma la autora: “Escribo para volverme / pequeña de nuevo”. 

En conclusión, la presente antología, publicada por RIL, nos ofrece una poesía clara y honda, directa, capaz de remover conciencias, porque su autora, Kristín Dimitrova, habla de temas universales desde una perspectiva íntima con la cual resulta muy sencillo identificarse. Inteligente, irónica y precisa, también crea una belleza de líneas rectas que, al contemplarlas, se van curvando hasta desdibujarse en niebla.