Ha muerto Craig. Lo conocimos este pasado mes de octubre en Amboseli (Kenia), donde nos visitaba, siempre cordial y complaciente, varias veces al día. Asomaba sigiloso a beber agua y retozar en el barro, y allí se dejaba admirar, sabedor de su excelencia. Era fácil encontrárselo de camino al Parque Nacional de Amboseli, lugar conocido también como “tierra de gigantes” por la cantidad de elefantes que lo habitan, atrapando las ramas de los árboles con su trompa y zampa que te zampa sin descanso. Así lo vimos la última vez y así lo recordaremos, en la frontera entre Kenia y Tanzania y con el imponente Klimanjaro de fondo como disputándose con Craig a ver quién es aquí el más grande.

Craig era un descomunal elefante africano. Sus gigantescos colmillos, que le llegaban al suelo, hacían de Craig un animal inconfundible porque quedan muy poquitos de estos que llaman “supertuskers”, que desgraciadamente son objetivo de los cazadores furtivos debido precisamente a sus enormes y codiciadas piezas de marfil. Craig tenía 54 años y falleció por muerte natural según confirma el Kenya Wildlife Service, pero su muerte y, sobre todo, la fragilidad de esta especie aparentemente tan recia y poderosa nos debería estar avisando de que aquí algo no va bien, de que llevamos mucho tiempo haciendo la cosas rematadamente mal y de que, visto lo visto últimamente, no nos espera nada bueno.

Ahora nos enteramos por la prensa de que ha muerto Craig que, por lo visto, era más famoso de lo que pensamos cuando le conocimos, todo un símbolo del gran elefante africano y de la necesidad de cuidar y conservar la vida salvaje. Tusker, la marca de cerveza keniana que tomábamos en Amboseli, debe su nombre a esos grandes colmillos, pero entonces la degustábamos sin pensar en la importancia de nuestro amigo Craig.

Brindemos ahora por él, porque aunque le admirábamos, nunca llegamos a ser del todo conscientes de su verdadera majestuosidad.